PRIMER CUERNO
Sonó el primer cuerno. Los participantes salieron como un malón de ciervos espantados. Los primeros metros fueron disparatadamente violentos; empujones, metidas de pata y agarradas para abrirse paso barranca abajo, entre risas y burlas.
A pesar de haber leído las reglas, Coraje no tenía la menor pista acerca de lo que debía hacer.
Se atrincheró detrás de Lord Bodellier concentrado en no perderlo de vista.
A sus costados veía cómo otros corredores eran eliminados y atrapados con redes que eran lanzadas desde lo alto. Cruzaron un pequeño arroyo.
Desde las orillas comenzaron a aparecer hombres con sogas y lazos que intentaban atraparlos. Lord Bodellier esquivó cada uno de los intentos. Coraje iba detrás soplándole la nuca.
Adelante divisaron una cadena de defensores interrumpiendo el camino.
Lord Bodellier dobló inesperadamente a la derecha adentrándose en el bosque.
La carrera que parecía un gran juego de grandulones empezó a ponerse seria; mientras corrían entre los árboles colina abajo, le pareció que una flecha rozaba su oreja.
—Son somníferas, no están permitidas —dijo Bodellier, al ver cómo la flecha se hundía sobre el tronco de un árbol. Se detuvo para examinarla; miró ajetreado a sus costados, estaba desorientado. Se escucharon pasos cercanos y en pocos segundos se encontraron rodeados por 5 defensores Prusianos.
—Boris, ¿por qué estás tardando tanto? —se lamentó.
De la nada, apareció en escena un hombre grandote y se abalanzó sobre los atacantes dándoles tiempo para escapar.
—¿Qué fue eso? —exclamó el muchacho.
—Es Boris. Defiende para nuestro equipo. Guarda el aire. Nos siguen tres.
—Creo que los perdimos —dijo Bodellier—. Eres rápido, pero no vas a llegar muy lejos en ese estado. Inhala por la nariz, exhala por la boca. Nariz, boca, eso es.
Coraje metió la mano en su bolsillo y sacó el estandarte que le habían dado al comenzar la carrera para secarse el sudor de los ojos.
—Cuida eso, niño —le advirtió.
Sintieron pasos, Lord Bodellier se ajustó los zapatos y se lanzó a correr otra vez. Bodellier era veloz, corría como si quisiera dejarlo atrás, pero Coraje no pensaba darle ese gusto.
—Debemos salir del bosque antes de que se llene de defensores —advirtió.
Aceleraron la marcha y llegaron hasta un claro donde se toparon con todos los corredores de la casa de Pendragon. Se los notaba tranquilos. Charlaban y hacían bromas entre ellos.
La casa de Pendragon solía llegar siempre a las finales. El retador que representaba a la casa era ni más ni menos que Sir Godofrid. Este año buscaba su revancha.
—Lord Bodellier, ¿por qué tan agitado? —se burló uno de ellos.
—Tramposos.
—¿Qué culpa tenemos nosotros de que los demás defensores vayan por las presas fáciles, dejando el camino libre para los más fuertes?
Se escucharon ruidos. Poco a poco fueron llegando corredores de distintas casas, luego sonó el cuerno, señal de que la primera fase de la carrera había terminado. Esto les otorgaba un receso de quince minutos durante los cuales los defensores no podían, en teoría, moverse de su posición ni atacar.
—Bien, esto se está volviendo demasiado popular, corredores de Pendragon. Larguémonos de aquí —ordenó su líder y se marcharon.
—Pueden correr con nosotros —los invitó un hombre de rasgos orientales de la Casa de Minsk, mientras que un grupo de siete corredores de la casa de los Dragones pasó al trote y los saludó con aires de superioridad.
—Buena carrera —dijo uno de ellos.
Más atrás, 5 corredores de la Casa de los Arianos arribaron, bebieron agua y continuaron sin mirar a nadie. Entre los matorrales salió un corredor de la casa de los Cipayos. Estaba herido y escondía sus manos.
—Fue una masacre, todos los cipayos fuimos emboscados por defensores de Pendragon, Dragones y Prusianos —les explicó.
—Enséñame las manos —ordenó Lord Bodellier, pero el corredor se negó y se lanzó a la carrera. Bodellier lo tomó de la camiseta y lo sacudió arrojándolo en el suelo. El Cipayo tenía las dos manos cubiertas con lodo, señal de que había sido derribado con anterioridad.
—No puedes seguir —le advirtió Lord Bodellier.
—Tropecé, lo juro. No fui derribado. Soy el último de mi casa.
Lord Bodellier lo soltó dejándolo ir. —No llegará lejos —sentenció.
Un grupo de diez corredores Prusianos se acercó corriendo con soberbia militar y pasaron de largo.
—Lord Bodellier —lo saludó uno de ellos.
—¿Quedan Lores atrás? —le preguntó.
—No lo creo —contestó el prusiano—. ¿Quiénes van adelante?
—Los Pendragon —respondió Lord Bodellier—. Es extraño, no he visto corredores del Sur, ni del Norte.
—Se emboscaron entre ellos: los del Norte atraparon a todos los corredores de la Casa del Sur y los defensores del Sur, a todos los del Norte. Vaya emboscada.
—¿Y la casa de los Lores? —preguntó Lord Bodellier.
—No he visto Lores —respondió el Prusiano.
—Bien, creo que somos solo tú y yo, muchachito.
—¿Por qué damos tanta ventaja? —protestó Coraje.
—No es ventaja, es estrategia. Estará plagado de defensores allá adelante. Van a quitarse los ojos entre ellos. Nadie va a preocuparse por el viejo Bodellier y un niño. Mejor ir al final. Además, hay que esperar —dijo mirando a su alrededor en busca de alguna señal.
Se escuchó una pisada entre las ramas. Eran diez corredores de la casa de los Lores.
—Lord Magnum —exclamó Lord Bodellier—. Ya estaba empezando a preocuparme.
—¿Quiénes van a la cabeza? —preguntó Lord Magnum.
—La Casa de Uther Pendragon, seguida de la casa de los Dragones, detrás de ellos va un grupo de cinco Arianos, tres Minsk y un cipayo que a mi juicio está descalificado. Los Prusianos acaban de pasar; conté doce al menos.
—¿Y los Borbones?
—Es extraño —dijo Bodellier—. Parece que se los tragó la tierra. El cuerno sonó nuevamente. La carrera estaba en marcha otra vez y los defensores nuevamente al acecho.