El secreto del dragón escondido LORD BODELLIER
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LORD BODELLIER

Coraje decidió ir en busca de Gulliver, el anciano que vivía cerca de los establos.

Tenía la tonta esperanza de que él pudiera ayudarlo a preparar más medicina antes de partir a Nueva York.

Sin embargo, lo único que encontró fue un hombre con la insignia de la Casa de los Lores vomitando compulsivamente contra una pared.

Apareció otro hombre igualmente vestido. —Bernard, ¿otra vez con mareos? —se burló—. Maldita sea, todos los años lo mismo.

—Lo lamento Lord Bodellier —replicó el hombre y volvió a vomitar.

—La carrera comienza en menos de una hora —dijo un tercer hombre apresurado—. Era alto y robusto, probablemente un alfil.

—Parece que perdimos otro corredor —se quejó Lord Bodellier—. De todos modos, este no llegaría muy lejos.

—Hey, tú puro-hueso —dijo Lord Bodellier llamando a Coraje —¿Sabes correr?

—Claro —respondió inflando su pecho.

—¿Tienes Coraje?

El muchacho simplemente sonrió, como si hubiera estado esperando esa pregunta desde la primera línea.

—¿Qué tendría que hacer? —preguntó.

—Correr como si tu vida dependiera de ello —sugirió Lord Bodellier.

Le prestaron un uniforme que le quedaba un tanto grande, con el escudo de un lobo en su pecho.

Luego siguió a Lord Bodellier hasta la partida, donde había unos 300 corredores de otras Casas que conversaban entre sí y hacían bromas.

La Carrera de las Casas era un juego, y si bien los participantes asumían sus roles con seriedad, al final del día, solo habría un ganador dispuesto a retar a Sulhat, y el resto no tendría más remedio que emborracharse para ver el espectáculo.

—¿Conoces el reglamento, cierto, muchacho? —le preguntó Lord Bodellier.

—Lo acabo de leer —respondió preocupado.

—Eso es bueno, algunos entran a la carrera sin tener la menor idea.

Otro de los hombres se acercó y le pasó un estandarte de la Casa de los Lores. Era un pañuelo azul con el dibujo del mismo lobo en su pecho. Le ordenó que lo guardara en su bolsillo.

La adrenalina previa a la largada comenzó a subir. Algunos corredores estiraban sus piernas y daban saltitos, otros se arrodillaban y oraban. Coraje se había metido en la legendaria Carrera de las Casas de Hohenzollern. Su padre iba a matarlo.