El secreto del dragón escondido CORAZÓN
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CORAZÓN

DE HIERRO

Sulhat los guio hasta los calabozos, Benjhamin parecía turbado. Cuando pasaron por la entrada de la celda de Vharis, el vampiro se percató de su presencia. —Niño Coraje —se escuchó una voz infernal.

—Es Vharis —exclamó.

—Ahora no —respondió Benjhamin cortante.

Bajaron por escalones iluminados con antorchas en forma de dragones dispuestas en las paredes, hasta desembocar en una sala donde había objetos de tortura. Olía a ropa sucia y se veían restos de sangre en el suelo.

Atravesaron esa habitación y pasaron a un nuevo recinto donde había una mujer sentada. Tenía las manos y los pies encadenados.

—No es ella —dijo Benjhamin con un simple vistazo.

—Pase lo que pase, venga lo que venga, nuestro amor es nuestro, corazón de hierro —dijo la bruja mirando a Sir Benjhamin a los ojos. Sonnez les matines, Sonnez les matines, Ding dang dong —canturreó con una mirada embriagante mirando al muchacho.

—¿Quién eres? —preguntó Benjhamin.

—Ana Wilson.

Coraje se acercó. No se parecía en nada a su madre, sin embargo había algo en su mirada que lo atraía.

—Agua —rogó con voz dulce.

—No la mires a los ojos —advirtió Benjhamin, pero ya era tarde, el muchacho había caído en su trampa.

—¿Mamá?

Benjhamin sacó un cuchillo.

—No permitas que me lastimen —rogó la wicca y Coraje se abalanzó para protegerla.

—Eso es, buen chico —dijo la mujer.

Sulhat se puso de pie y redujo a Coraje con un simple movimiento. Otro hombre se acercó y con un fierro hirviendo le marcó la frente a la bruja. La mujer gritó provocando un chillido desgarrador seguido de olor a quemado.

—¿Quién eres? —demandó Benjhamin.

—La que tú quieras, corazón de hierro —contestó relamiéndose.

—¿De dónde sacaste eso?

Hace 20 años, cuando Ana y él habían contraído matrimonio en forma secreta, Corazón de Hierro había sido el título de sus votos nupciales: «Pase lo que pase, venga lo que venga, nuestro amor es nuestro, corazón de hierro»

Sulhat la amenazó con fiereza. —Revélate o muere —dijo con un cuchillo en la garganta.

—Mi nombre es Eunice Huntor, alias Carter misiva Nro. 33 del Club de las Cien de Nueva York.

—¿Cuántos años tienes?

—193 —reveló dejando ver su rostro repleto de arrugas.

—¿Quién te envió a Hohenzollern?

—Fue él —dijo señalando a Coraje.

El muchacho negó con la cabeza. —Nunca la había visto antes —aseguró.

—Mocoso mentiroso, me pediste que guardara esto como prueba —la mujer abrió su boca y escupió un anillo plateado con las iniciales W.R.

—Es el silbato de Bullie Rocks —exclamó Coraje.

—Estuviste en su funeral hace menos de un mes —dijo la bruja.

—Imposible —afirmó Coraje.

—Está jugando con tu cabeza —explicó Sulhat.

—El muchacho prometió inmunidad si cumplía con mi parte.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Sir Benjhamin.

—Convertirme.

La puerta de la sala de interrogatorios se abrió. Mathilda entró seguida de cinco soldados.

—Lo último que faltaba, la protectora de animales —se quejó Benjhamin.

—Todos fuera —ordenó Mathilda—, excepto tú y tu hijo.

Sulhat y los demás soldados abandonaron la sala de interrogatorios.

—Conversión —dijo la bruja que continuaba maniatada.

—Silencio, idiota —le ordenó Mathilda—. No existe tal cosa. No sé qué te prometieron, pero aquí no puedes quedarte.

—No van a soltarme, ¿cierto? Van a matarme allá afuera.

—Es el precio de la traición, querida.

—El niño prometió que me ayudarían. Ana tendría piedad. Era una buena chica —dijo la bruja y Mathilda miró a Benjhamin confundida.

—Si vuelve a nombrar a Ana voy a matarla.

—¿Cuál es su relación con Ana Wilson? —preguntó Mathilda.

—Fue mi aprendiz —dijo la bruja—. La muchacha vino a verme desesperada. Le advertí que era un grave error enamorarse de un miembro de la orden de Hohenzollern, pero no quiso escucharme.

—Y la delataste —gruñó Benjhamin.

—No, juró que no, pero cuando tuvieron al niño, eso fue demasiado para el Coven de Nueva York.

Benjhamin se acercó con su cuchillo, Mathilda no se interpuso.

—Maldición —murmuró y solo le arrancó un mechón.

—¿Es cierto lo que dice? —preguntó Mathilda disgustada.

—Juro que jamás la había visto. Hace más de dos meses que partimos de Nueva York. Debe ser un error, aunque el silbato... —confesó confundido—. Ese silbato estaba en mi morral.

—Enciérrenla en una celda con agua y comida —ordenó Mathilda.