LA SALA
DE ARMAS
Coraje y su padre se sentaron sobre unos fardos en el patio de servicio, próximo a las caballerizas; comieron gulasch de carne y arroz que había sobrado del almuerzo. El cocinero miraba feliz cómo el muchacho devoraba. Tres platos sin respirar y doble pastel de manzana.
Con el estómago lleno, caminaron rodeando las caballerizas y salieron a un jardín externo con vista a la montaña. El clima estaba mejorando. Se recostaron al sol y dormitaron un rato mientras el cuerno de Hohenzollern seguía sonando.
Volvieron a entrar al castillo y descendieron dos subsuelos.
La sala de armas parecía un museo de historia antigua.
Se trataba de un salón subterráneo con varias recámaras, repleto de espadas, escudos, lanzas, armaduras, cañones, ballestas y fusiles.
Benjhamin se detuvo frente a una colección de cuchillos.
Faltaba uno. Se arremangó la bota y sacó uno muy parecido que colocó junto a los demás.
—Lo había tomado prestado hace un tiempo —le explicó.
Pasaron a una recámara rectangular que estaba prácticamente vacía salvo por una espada de más de dos metros de altura clavada en el centro. La espada tenía el emblema del león inglés.
—La espada del león, demasiado ambiciosa para mi gusto, prefiero los cuchillos; son rápidos, livianos y siempre puedes esconderte uno bajo la manga.
Pasaron a la sala principal. Se trataba de una recámara circular donde había una gigantesca mesa de madera redonda en muy mal estado y diecisiete armaduras perfectamente lustradas dispuestas a su alrededor.
—¿Es lo que creo que es? —preguntó Coraje sorprendido.
—Es solo una mesa, el resto es literatura.
Avanzaron por un pasillo hasta otra recámara donde había cañones y catapultas de guerra. Coraje estaba fascinado. Tantas armas juntas parecían una clase de historia medieval del Profesor Londres Naranja.
Sir Benjhamin se concentró en un cuadrito diminuto. Tenía la imagen de un perro gran danés, con una llave colgando de su collar. Lo tomó y lo metió en el morral de su hijo. —Sin preguntas —sentenció.
Hablaremos más adelante de este curioso cuadrito, por ahora digamos que Sir Benjhamin prefería llevarse ese souvenir con él a Manhattan.
Luego de recorrer el resto del lugar, pasaron a un cuartucho desordenado, donde había armas rotas y pedazos de cosas sueltas.
—El paraguas —exclamó Coraje.
—Ubicuos —dijo una voz detrás de ellos.
—Sulhat —soltó Benjhamin, con cara de pelea.
—Sería un placer tener un nuevo participante en la carrera de las Casas este año —dijo mirando a Coraje a los ojos. El físico de Sulhat era impresionante, tenía músculos definidos hasta en los dedos de la mano.
—No habrá Juegos para nosotros, nos marchamos mañana.
—¿Qué? —dijo Coraje indignado.
—Lo que escuchaste, mañana volvemos a Manhattan —sentenció su padre.
—Tal vez tengan que demorar la partida. Sir Jules me mandó a llamarlos. Él dijo que los encontraría aquí.
—¿Qué sucede? —preguntó Benjhamin con mala espina.
—Encontraron una wicca en Hohenzollern, estaba haciéndose pasar por sirvienta, la tienen en uno de los calabozos.
—¿Y?
—Van a matarla —afirmó Sulhat—. Será mejor que vengan conmigo, la bruja que atraparon…
—Ya dilo de una vez, Sulhat —ordenó Sir Benjhamin.
—La mujer afirma ser la madre del muchacho.