El secreto del dragón escondido LECCIONES DE
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LECCIONES DE

HOHENZOLLERN

—¿Cómo lo hacen? —le preguntó mientras caminaban colina arriba de regreso al castillo.

—Matemáticas.

—En serio, ¿cómo lo hacen? Quiero aprender a moverme así.

—La pelea es un medio, muchacho.

—¿Puede enseñarme?

—Mis tareas en Hohenzollern a casi nadie importan, dudo que alguien vaya a preocuparse si este viejo no se presenta a trabajar por unas horas, podría enseñarte algunos trucos, después de todo fui yo quien le enseñó todo al Duke Perro.

—¿Quién es el Duke Perro? —preguntó por enésima vez.

—Un traidor, un salvador, quién sabe. Es un misterio por ahora.

—¿Usted podría enseñarme? —preguntó dispuesto a comenzar.

—Claro, vamos a mi despacho, allí podrás empezar por la primera tarea de todo gran luchador.

—¿Qué puedo aprender en un despacho?

—Adivinanzas, matemáticas, postura, concentración, respiración, silencio, lectura, pensamiento, si dominas todas ellas, tal vez alguien se interese en entrenarte.

He visto centenares de muchachos enérgicos como tú salir en un ataúd de Hohenzollern por impacientes.

Los mejores luchadores han aprendido lecciones de este viejo decrépito, hasta el mismísimo Duke Perro —se jactó el anciano.

—Ni me lo diga, debe ser un misterio.

Pasaron al despacho de Gulliver. Básicamente, el lugar consistía en un pequeño establo junto a los caballos, donde el anciano había improvisado una modesta oficina.

El lugar, que olía a heno y bosta, era un caos.

Estaba repleto de libros, papeles y cuadernos a medio escribir desperdigados por la habitación.

Había símbolos escritos en las paredes que Coraje había observado en algunos libros de la biblioteca de su padre.

—Para aprender a pelear, primero hay que aprender a ordenar. Avísame cuando hayas terminado. El hombre cerró la puerta y la trabó desde afuera.

—Hey, ¿no pensará dejarme aquí?

—¿Qué es grande, peludo, parece un oso, pero no lo es?

—No lo sé.

—Una osa.

—¡Viejo estúpido! —protestó Coraje.

—La respuesta más estúpida a veces es la más difícil.

—¿Va a dejarme salir o qué?

—Cuando hayas terminado de ordenar mis cosas, será un placer.

—Maldito.

—La vejez me ha bendecido, para no escuchar, lo que no deseo oír.

—¡Que es un maldito viejo!

—Oh sí, maravilloso día —se burló al otro lado.

—Déjeme salir —ordenó.

—Volveré en un par de horas —dijo asegurando con otra vuelta de llave la puerta.

Coraje se sentó indignado. Podría gritar hasta que alguien viniera a ayudarlo, pero le daba vergüenza. Después de todo el hombre era un viejo indefenso y él había aceptado hacerle un favor a cambio de que lo llevara al campo de entrenamiento.

Coraje se puso a imitar los pasos de pelea de su padre hasta que se aburrió y tras permanecer un largo tiempo sentado, decidió ponerse a ordenar. Al cabo de algunas horas había dejado el lugar en buenas condiciones. Ordenar era aburrido, pero la tarea terminada era satisfactoria.

Comenzó a revisar los rótulos de los libros, ¿Cómo poner a dormir a un Drogll?

Siete formas de asesinar una bruja, Mal de ojos, Tratados de Covens y de Brujas, La Leyenda de los 3 magos, El mapa de los Inmortales, Embrujo de amor, De sicarias y asesinas, entre cientos de títulos.

Uno de los estantes tenía diecinueve grandes volúmenes llamados Tratado sobre las Adivinanzas. Abrió uno al azar.

LA CAVERNA DEL DRUIDA

Un Druida Curandero vivía en una caverna.

Era un hombre sabio y con poderes de curación jamás vistos.

Los caballeros malheridos viajaban a través de miles de caminos para llegar a su encuentro.

El Druida les hacía una pregunta desde adentro de la caverna antes de dejarlos pasar.

Los caballeros debían adivinar la respuesta para acceder a los poderes curativos del excéntrico druida.

Los que contestaban mal a su pregunta, en cambio, morían.

La caverna del Druida era un lugar tenebroso. Cuerpos putrefactos y esqueletos se apilaban en la entrada. La leyenda contaba que solo los caballeros con noble corazón eran aceptados.

Cuenta la historia que un hombre que padecía una terrible enfermedad en la piel había viajado millares de kilómetros hasta la caverna del Druida.

El hombre que no tenía título de caballero ni noble corazón, se había escondido debajo de los cuerpos putrefactos que yacían en la entrada, esperando la llegada de algún guerrero.

Su objetivo era escuchar las respuestas a las adivinanzas del Curandero para así poder él entrar y ser sanado.

Luego de unos días, llegó un hombre moribundo a caballo. Tenía una de sus piernas prácticamente destruida como producto de innumerables batallas.

—¿Eres diez? —se escuchó la voz del Druida retumbando en la oscura caverna.

—Soy cuatro —contestó el caballero parado en la entrada. Entonces el Druida lo dejó entrar y lo curó. A la mañana siguiente el caballero salió de la caverna con sus piernas sanas.

Ese mismo mediodía llegó un segundo caballero. Tenía los ojos vendados ya que había perdido la vista después de que su castillo, sitiado, fuera incendiado.

—¿Eres once? —preguntó el druida esta vez.

—Soy cuatro —respondió el caballero y entonces el Druida lo dejó entrar y lo sanó. A las pocas horas el caballero salió caminando de la caverna con sus dos ojos azules en perfecto estado.

El hombre que yacía escondido entre los cuerpos putrefactos estaba emocionado.

La respuesta a las adivinanzas del Druida Curandero era sencilla: solamente debía decir “cuatro” y lo dejarían pasar.

Estaba listo para probar su suerte cuando llegó un tercer caballero.

El hombre tenía una flecha incrustada en su pecho y su rostro estaba más cerca del color de los muertos.

Apenas le quedaban unos minutos de vida.

—¿Acaso eres trece? —preguntó el Druida curandero desde el interior de la caverna. Su voz retumbaba en las paredes provocando un escalofriante eco.

—Entonces soy cinco —contestó el caballero y el Druida lo dejó pasar. Al cabo de medio día, el hombre salió caminando. Su pecho estaba intacto; lucía más joven y fuerte que nunca.

Entonces el hombre que yacía escondido entre los cuerpos putrefactos quedó confundido.

Hubiera jurado que la respuesta era cuatro, pero no.

Ahora la respuesta había cambiado. Hacía ya tres días que se escondía entre los cuerpos y su impaciencia lo dominaba.

Creyó tenerlo resuelto y deslizándose entre los cadáveres se paró en la entrada de la caverna cubierto con sus telas haraposas que le protegían la piel de las llagas.

—¿Quién anda ahí? ¿Tú no eres un caballero? —dijo la voz del Druida enfadada.

—Soy un comerciante al que se le pegó la Lepra, vengo a curarme.

—En el reino de los dioses, todos los hombres son caballeros —replicó el Druida.

—Deseo curarme —insistió el hombre.

—Lo sé, has estado escondido en la entrada de mi caverna, me lo han dicho el primer caballero, el segundo y el tercero. Has demostrado tener la astucia del caballero y soportado el hedor de los muertos. Te daré una oportunidad.

—¿Eres Nueve? —preguntó el Druida.

—Soy cinco —contestó el hombre dudando.

—¿Estáis completamente seguro?

—Sí, cinco. Soy cinco —gritó el comerciante.

Entonces el Druida lo dejó pasar y lo sanó. A la mañana siguiente el hombre salió de la caverna con su piel resplandeciente, como cuando era un adolescente. Había soportado el hedor de los muertos y había sido lo suficientemente inteligente como para burlar al Druida Curandero.

Cuando estaba a la salida de la caverna, se despidió del Druida con una enorme sonrisa.

—Como todo caballero, debes enseñarme cómo resolviste el acertijo —dijo el Druida antes de despedirlo.

—De acuerdo —replicó el hombre—. Los primeros dos pasaron con el número cuatro. Luego el tercero dijo cinco. Entonces descubrí que el cuarto hombre solo debía repetir lo mismo que el tercero.

Se escuchó el ruido de un arco y una flecha letal atravesó el corazón del hombre que cayó tendido al suelo. El druida jamás salía de su caverna, pero esta ocasión lo merecía. Se acercó al hombre que yacía casi moribundo con un enorme martillo.

—Te daré una última oportunidad —dijo el Druida—. ¿Soy catorce?

El hombre sentía que se moría. Le faltaba el aire y no podía comprender por qué motivo el Druida había sido tan malvado con él: curarlo de la lepra para luego clavarle una flecha en el corazón.

Mientras pensaba, el Druida movía las manos en forma nerviosa sobre el enorme martillo.

El hombre pensaba rápido: los primeros dos caballeros respondieron cuatro, luego el tercero y él habían dicho cinco. La respuesta debía ser seis.

—Seis —respondió el hombre y entonces el Druida con su enorme martillo le partió la cabeza.

Fin.

Se escuchó el sonido de la cerradura. El anciano entró en la habitación y sonrió al ver que su establo estaba en orden.

—No me gusta que me encierren —se quejó el muchacho.

—¿Por qué no pediste salir? He estado afuera todo este tiempo; de hecho, estaba empezando a preocuparme. Veo que has hecho tremenda limpieza. Te felicito. Si quieres, puedes irte.

—¿Por qué el druida de la caverna asesinó al leproso?

—La clave está en la cantidad de letras. Debes responder cuántas letras tiene el número. Es un cuento tonto. No existe tal caverna —dijo una voz ronca desde la puerta del despacho de Gulliver—. Te he estado buscando por horas.

—Papá —respondió con una sonrisa.

El cuerno de Hohenzollern comenzó a sonar en forma intermitente aclamando la llegada de cientos de visitantes para la reunión del Gran Consejo.

—¿Tienes hambre?

—Me comería un caballo.

Sir Benjhamin no pudo evitar reírse. —Me contaron que estuviste espiando el entrenamiento.

—Tenés que enseñarme a moverme así.

—Antes de aprender a pelear, debes aprender a dialogar.

—Tú no hablas demasiado —dijo levantando los hombros.

—¿Eso me convierte en un viejo imbécil? —se mofó su padre.

—Lo siento —dijo Coraje de corazón.

—Eres solo un niño y yo un pésimo padre —dijo y luego lo abrazó.

—¿Te estás muriendo? —le preguntó Coraje.

—¿Quién dijo esa pavada?

—La Dragonesa de Blanco lo sugirió. Podemos llevarte a la cueva del Druida para que te curen —dijo el muchacho.

—Es solo una adivinanza, aunque el mapa de los inmortales no estaría mal.

—Me olvidaba —agregó Coraje metiendo la mano en su chaleco —Sir Jules me pidió que te diera esta llave.