El secreto del dragón escondido LOS CONSAGRADOS
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LOS CONSAGRADOS

En las escaleras Coraje se topó con Sir Jules Le Blanc. El hombre parecía agotado, pero tenía una sonrisa que transmitía seguridad. —Despacio, más de uno ha tropezado fatalmente en estas escaleras.

—Lo siento, señor.

—¿Dónde vas con tanta prisa?

—Busco a mi padre.

—No tengo idea de dónde puede estar.

—¿Y Vharis? ¿Cuándo van a soltarlo?

—¿Se puede saber por qué tanto interés en el sangre fría?

—Somos amigos —respondió y Sir Jules echó una carcajada. La espontaneidad de los adolescentes no dejaba de sorprenderlo.

—Hey, muchacho —volvió a llamar Le Blanc.

—Sí —respondió impaciente.

—Ten —dijo arrojándole una llave—. Tu padre sabrá de qué se trata. ¿Por qué no pruebas buscarlo en el campo de entrenamiento? Algo me dice que puede estar allí.

—Gracias, señor —contestó guardando la llave en su chaleco y siguió escaleras abajo.

De lo que no tenía idea era de dónde quedaba el campo de entrenamiento, salió al patio interno del castillo, pero allí no había señales de ningún entrenamiento.

Consultó con uno de los centinelas del castillo, pero no consiguió una sola respuesta entendible.

Gulliver, el anciano de las adivinanzas en la mesa del desayuno, cortaba flores en un cantero, cuando Coraje lo interrumpió.

—El campo de entrenamiento está al otro lado de la muralla. Si quieres, puedo guiarte.

—Excelente.

—Pero me deberás un favor.

—Lo que sea —respondió el muchacho.

—Reconozco el talento, aunque a veces puedo equivocarme. Si quieres incursionar en el mundo de las adivinanzas podría darte algunos consejos.

—Prefiero las espadas —contestó Coraje.

—Las espadas son como las adivinanzas: si las dominas, puedes engañar a tu enemigo. ¿Nunca has entrenado, verdad?

—No puedo esperar —contestó apretando los labios.

Tomaron un angosto sendero pendiente abajo, tras unos minutos de caminata, desembocaron en un claro. Había un cuadrilátero con piso de piedra en el centro y dos hombres sentados enfrentados, uno vestía una túnica negra y el otro amarilla.

Afuera del cuadrilátero, otra docena de hombres también se sentaban con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Parecían un montón de monjes meditando, vestían túnicas de diferentes colores.

—¿Qué hacen?

—Combaten —respondió el anciano y rió.

—No parecen muy agresivos.

Sir Benjhamin pisó el cuadrilátero de piedra y se sentó en el suelo, formando un triángulo con los otros dos hombres, luego le vendaron los ojos.

Pasaron unos minutos sin que nada sucediera.

Coraje comenzaba a aburrirse. Había pensado que el campo de entrenamiento era un lugar donde la gente se golpeaba, pero esto era más lento que un partido de los Mets.

De pronto, se escuchó un grito. Uno de los hombres en el cuadrilátero se levantó. Debajo de su túnica reveló un brillante sable. El hombre comenzó a tomar carrera dispuesto a atacar a Sir Benjhamin.

Apenas unos segundos antes de cortarlo en dos mitades, Sir Benjhamin giró velozmente sobre su cuerpo, rodó hacia un costado y el sable golpeó el suelo, provocando un chillido.

Sir Benjhamin volvió a sentarse en el suelo, mientras que el otro hombre descubría dos catanas. El atacante se acercó a gran velocidad dispuesto a cortar su cabeza, mas él simplemente se recostó sobre el suelo y luego giró, quedando el hombre de espaldas a él. Luego Sir Benjhamin se puso de pie.

Los dos hombres arremetieron en forma simultánea contra él, pero cuando estaban por golpearlo este apareció en la otra punta del cuadrilátero, como si hubiera desaparecido y aparecido de nuevo.

Los dos hombres volvieron a atacar, pero ahora en forma sincronizada, uno atrás del otro y entonces Coraje pudo ver mejor los movimientos de su padre.

No había desaparecido; simplemente se movía a gran velocidad, esquivando los filosos golpes de sables y catanas, con una tranquilidad poco convencional.

Dos hombres más subieron al cuadrilátero y entre los cuatro atacaron nuevamente a Sir Benjhamin. Uno a uno, su padre fue esquivando los golpes. Se movía a tal velocidad que parecía como si no se moviera.

Sonó una campana. Sir Benjhamin saludó a sus contrincantes y bajó del cuadrilátero, mientras otro hombre también con túnica púrpura como la de él subía para ocupar su lugar.

Sir Benjhamin volvió a sentarse, cruzando las piernas y los brazos y cerrando los ojos. No se había percatado de que su propio hijo estaba observando.

—Tú y tú —dijo una voz detrás de Coraje y Gulliver—, largo de aquí.