El secreto del dragón escondido EL CALABOZO
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EL CALABOZO

Sulhat y un séquito de soldados los escoltaron a través de los laberintos de Hohenzollern. Benjhamin parecía agotado.

—Mañana partimos a Londres —dijo apoyando su brazo sobre la espalda de su hijo.

Coraje estaba desilusionado. Había recorrido un largo camino hasta Hohenzollern, solo para volver al día siguiente.

—¿Qué pasará con ella?

—Mathilda la tomará como su protegida.

—Por un momento pensé que era mamá.

—Trata de evitar sus ojos.

—¿Puedo despedirme de Vharis? —preguntó.

Se detuvieron frente a la celda del vampiro. Era una pesada puerta de hierro sin agujeros. Tenía un bruto candado trabando la cerradura. Benjhamin ordenó al centinela que abriera la puerta, pero el acceso les fue negado. Sulhat susurró algo al oído del centinela y los dejaron entrar.

Vharis aún lucía hinchado después del festín que se había dado con uno de los soldados de Hohenzollern. Su rostro resplandecía. Tenía una suave papada y sus brazos no entraban en la camisa. Su cabello brillaba y sus ojos aún denotaban un halo de sangre producto de la comilona.

—Niño tonto, ¿dónde te habías metido?

—¿Por qué te encerraron?

—Por perderte —respondió el vampiro.

—Se comió a uno de nuestros soldados —retrucó su padre.

—¿Qué harán con él? —preguntó Coraje.

—El asesinato cometido por Vharis fue acorde a los términos del tratado de Hohenzollern con los sangre-frías, quienes tienen derecho a alimentarse cada 100 días.

Había llegado al castillo con el último aliento.

Vharis nos había advertido que estaba famélico.

Deberíamos haberlo dejado ir, pero el hecho de que te hubiera extraviado nos obligó a retenerlo —explicó Sulhat con aires de reproche.

—¿Cuándo piensan liberarme? —preguntó Vharis.

—Hay una parva de soldados haciendo fila por verte libre —le advirtió Sulhat.

El sangre fría miró a Coraje y sus fosas nasales se abrieron ampliamente, el aroma del muchacho aún corría por sus papilas gustativas cuando lo liberó del veneno de araña en la Selva Negra.

—Ahora que el niño apareció, ¿cuándo me retiro de este asqueroso castillo y por dónde paso a retirar mi paga?

—Dinero es lo único que esta rata busca —afirmó Sulhat—. Pero no depende de nosotros. El Consejo tratará su caso.

—Cumplí con mi palabra: traje el paraguas y al muchacho —gritó el vampiro indignado.

—El muchacho llegó solo —lo refutó Benjhamin.

—Claro, desde Manhattan a Hohenzollern; apenas le perdí la vista unos kilometritos antes de llegar.

Coraje no pudo evitar sonreír. A pesar de ser un patán, Vharis le caía bien.

—No es gracioso —dijo su padre—. Un soldado murió.

—No pueden dejarme aquí de por vida. En 100 días volveré a matar y lo saben. No hay puerta que pueda detenerme. Sáquenme de aquí. Teníamos un trato —reclamó con una voz infernal.