LADO B
El muchacho dormía despatarrado, como si hubiera caído desde el cielo. Una pierna para un lado, la otra para el otro costado y los brazos abiertos de par en par con la cabeza hundida boca abajo en la almohada.
Coraje abrió un ojo y le pareció ver a Sir Jules Le Blanc y a su mujer contemplándolo. Se refregó la cara. No había nadie más en la habitación. Había dormido un día y medio. Su estómago dio señales de hambre.
Coraje golpeó la puerta de su padre. Benjhamin se estaba vistiendo. En alguna parte de su cabeza, Coraje tenía guardadas las imágenes tatuadas en el torso de su padre. Lo que no recordaba era la cantidad de heridas en su espalda.
—¿Puedo ver? —preguntó.
Sir Benjhamin se volteó abriendo la camisa y pudo ver la famosa herida en su pecho. Parecía una suerte de quemadura sobre sus pectorales.
—No quiero parecer un pesado, pero creo que deberías pasarte un peine.
—Sí, papá —contestó Coraje columpiando los brazos.
Unos minutos más tarde Coraje bajó al salón. Llevaba el pelo peinado hacia atrás, zapatos, pantalones ajustados, tiradores y una camisa blanca con cuello angosto. Un elegante saco color azul francia completaba el uniforme. Estaba húmedo y frío; parecía que iba a llover.
Coraje sintió un estrujón en la panza. Un nuevo ataque estaba en camino. Metió la mano en el bolsillo y sacó el gotero disimuladamente. Colocó dos gotitas en su boca para prevenir el dolor.
Las mesas estaban llenas de comensales. Coraje encontró un lugar libre, lejos de su padre, quien sonrió al verlo llegar bien peinado.
Tímidamente se sirvió leche caliente con chocolate y comenzó a diagramar un energético emparedado sin percatarse de las miradas.
—¿Hace cuánto que no alimentan a su hijo? —dijo la Dragonesa de Blanco. Se escuchó una terrible carcajada proveniente de la cocina. —Allí sí que saben pasarla bien —se lamentó la Dragonesa.
—Acompáñeme, Sir Benjhamin —ordenó y se levantó de la mesa obligando a todos los comensales a levantarse para saludarla. Coraje fue el último en ponerse de pie, todavía no estaba familiarizado con ciertos protocolos.
—Por la Dragonesa y su honorable marido el Rey de Europa —soltó una de las damas sentadas en la mesa.
—Por el Duke Perro —dijo otro caballero y comenzaron a discutir todos contra todos.
—Me tienen harta. Llévame donde está la diversión. Vamos a desayunar al lado B del castillo. Benjhamin le hizo una seña a Coraje para que lo siguiera y, tomando del brazo a la Dragonesa se dirigieron hasta la cocina.
—Miladi, no puede entrar allí —le advirtió Serafín, quien custodiaba a la Dragonesa en prácticamente todo momento.
—Estaré bien —contestó haciéndole una señal para que no los siguiera.
—¿No les parece que Lord Benjhamin siempre está donde la Dragonesa? —comentó otra de las mujeres en la mesa.
Entraron a la cocina. Los cocineros corrían de una punta a la otra; asistentes lavaban ollas a todo vapor; los hornos se abrían y cerraban dejando salir aromas jamás olfateados. Meseras y meseros llevaban bandejas haciendo malabares.
De pronto, la cocina se detuvo, como si todos se hubieran quedado petrificados. En años de trabajo en Hohenzollern la realeza jamás había puesto un pie en el ala de servicio.
Atravesaron la cocina a paso ligero sonriendo a los sirvientes que seguían duros como estatuas, pasaron una puerta rotatoria que daba a otro salón donde soldados, escuderos, peones, cocineros, mucamas, personal de limpieza, herreros, obreros, albañiles,
carpinteros y todo tipo de proveedores desayunaban. Se respiraba un ambiente jocoso.
—El trabajo es un vínculo poderoso que une a los hombres —afirmó la Dragonesa. Luego se quitó aliviada los zapatos y caminó sin que nadie la reconociera, hasta encontrar un espacio libre donde sentarse.
—Por las barbas del Rey Arturo, La Dragonesa de Blanco —exclamó uno de los hombres en la mesa.
—Solo llámeme Belinda —replicó colocándose una servilleta sobre la cabeza—. ¿Cómo se llama?
—Bobbert de Shiva, primer jefe carpintero en Hohenzollern.
—Cuénteme algún rumor, Bobbert.
—Parece ser que Sulhat puso a dormir a esa cosa que merodeaba el lado Oeste de Hohenzollern. No puedes matar un Drogll, solo ponerlo a dormir y rezar que no despierte —agregó.
Un anciano con ropas haraposas se acercó a la mesa, sentándose frente a la Dragonesa. Llevaba la barba tan larga como sucia. Su pelo estaba revuelto entre canas grises y verdes. El hombre tenía los ojos clavados en un jarrón de leche y, sin levantar la vista, comenzó a tararear una adivinanza.
—Echo fuego por la boca, mato con mi cola… tengo más años que escamas… ojos verdes de serpiente, me gustan las llamas…
—Veo que le gustan las canciones sobre dragones —dijo la Dragonesa de Blanco. El anciano miró a Sir Benjhamin. —De la lluvia me protege, incluso cuando no llueve.
—Excelente —aplaudió la Dragonesa. Luego el anciano posó la mirada sobre Coraje.
—A este no lo conozco —sonrió.
—Les presento a Gulliver, nuestro trovador —explicó Bobbert—.
No le presten atención, está un poco senil —se burló—.
Pobre hombre, hubo un tiempo en que Gulliver supo ser alguien importante en Hohenzollern, escribía las adivinanzas y las contraseñas para entrar al castillo.
Pero desde la llegada de Sir Jules Le Blanc, todas esas tradiciones dejaron de practicarse.
—Maldito Le Blanc —murmuró Gulliver.
—Tranquilo, anciano —agregó Bobbert dándole una palmada.
—Cuéntenos una adivinanza más —rogó la Dragonesa.
—Al ir parece que vengo y al venir parece que voy.
—Cangrejo —exclamó la Dragonesa encantada—. ¿Y alguna que nadie conozca?
—En un cuadro me escondo, bajo la forma de un dragón, yo no domino con mi fuego —dijo bajando el tono—, yo lo hago con mi voz.
—Ese no lo conozco —contestó la Dragonesa.
—Nunca se puede dejar a un dragón vivo fuera de la ecuación, miladi.
¡Momento! Esa frase no es de Gulliver. Es de uno de los escritores más importantes del género.
Esa frase pertenece a… En ese momento tocaron a mi puerta.
Era mi editor. Estaba furioso., acabo de leer el capítulo donde introduces Gulliver, te lo advierto, no puedes citar a ese autor, su familia inicia pleitos contra todos los que lo nombran, ni al autor ni a ninguno de sus personajes.
—¿Puedo dejar la frase? —le pregunté bajando los hombros.
—La frase sí, pero debes aclarar que no es de Gulliver o ninguna editorial se va a atrever a publicarnos.
Serafín irrumpió en el comedor, seguido por nueve hombres uniformados. —Miladi, no debería estar aquí.
—Bien, bien —contestó levantándose y quitándose la servilleta de la cabeza. Todo el salón se arrodilló al reconocer a la Dragonesa de Blanco.
—Por la Dragonesa —dijo uno de los hombres poniéndose de pie.
—Por la Dragonesa —repitieron todos.