El secreto del dragón escondido LOS CUERNOS
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LOS CUERNOS

DE HOHENZOLLERN

Sir Benjhamin abrió la puerta y se acercó para asegurarse de que su hijo respirara, como lo hacía cuando era un bebé. Concluyó que sería mejor dejarlo descansar. Al salir de la habitación se topó con la Dragonesa de Blanco. —Sir Benjhamin, me gustaría conversar. ¿Me acompaña?

—¿Tengo opción? —respondió ofreciéndole el brazo. Benjhamin estaba en deuda con ella, gracias a las recientes sanaciones de su equipo médico, su salud había mejorado notablemente.

—Mañana llegarán decenas de visitantes para la reunión del Gran Consejo. Aborrezco los Juegos de Hohenzollern, me imagino que en su condición va a abstenerse de participar de la Carrera de las Casas.

—Así es.

—Mis curanderas me afirman que pronto se sentirá joven otra vez, pero tenga cuidado: sentirse joven no es lo mismo que ser joven. ¿Cómo se encuentra el muchacho?

—Está durmiendo.

—Me gustaría tener una entrevista con él.

—¿Podría conocer los motivos?

—No —respondió ella con firmeza.

Sir Benjhamin se distrajo al observar por una ventana al Capitán Murdon que se paseaba fumando un cigarro por uno de los patios del castillo. —Lo siento, Miladi, debo irme. Le prometo que lo pensaré —agregó con una sonrisa inimputable.

—Murdon —lo llamó alcanzándolo—. Lo he estado buscando, no he tenido tiempo de agradecerte por traer a mi hijo a Hohenzollern.

—Cualquiera hubiera hecho lo mismo, además, no tenía idea que era tu hijo. Murdon le ofreció un cigarro y él aceptó gustoso.

—He oído que le han dado duro, pero se lo ve bien.

—Hago lo que puedo —contestó Benjhamin.

—Una herida de esas hubiera aniquilado a cualquiera.

—¿Qué puedo decir? No es mi hora, capitán. Parece ser que tengo temas pendientes.

—Me alegra que así sea —exclamó el capitán con una palmada.

—¿Sin rencores? —dijo Sir Benjhamin estrechando su mano.

—Sin rencores, camarada —respondió Murdon, quien guardaba una histórica rivalidad con Benjhamin—. Pero si llega a toparse con el Duke Perro, dígale que aún lo estoy esperando.

Se escucharon seis cuernos. —Más visitas —se quejó Murdon—. ¿Va a participar de los Juegos?

—No lo creo.

—No me refería a usted, sino al niño.

—Jajajja —se rió—. Claro que no.

Durante los próximos minutos, se escucharon doce cuernos más. Lentamente, el salón principal fue llenándose de invitados, cada Lord que llegaba era precedido por una corte de sirvientes.