HABITACIÓN REAL
Sir Benjhamin lo acompañó hasta una habitación en el tercer piso del castillo.
Las heridas en sus pies lo obligaban a ir lento.
Cuando llegaron, su padre llenó una palangana de metal con agua caliente y se los enjuagó.
Por orgullo, Coraje evitó quejarse. El agua caliente le generaba un doloroso placer.
Luego, su padre colocó un ungüento sobre ambos pies.
—En unos minutos debes quitarte el ungüento. Mañana tus pies volverán a estar nuevos; un buen baño en la tina te vendría bien. Es posible que pasen a verte los médicos de Hohenzollern; también sastres y mayordomos. Estamos en un palacio real.
—Gracias —contestó Coraje en señal de tregua.
—Estaré en la habitación de al lado.
En el momento en que su padre cerró la puerta, Coraje soltó el aire; después de haber pasado más de diez años sin verlo, esas dos horas habían sido cuesta arriba.
La habitación parecía el cuarto de un príncipe, no habían pasado dos minutos cuando un mayordomo y su asistente, una joven muchacha, entraron sin golpear.
—Mi nombre es Ricard —dijo el mayordomo con ojos saltones—. Le presento a la responsable de la limpieza de su habitación, la señorita Ginebra. Cualquier problema con ella, ruego me lo haga saber —agregó arrojándole una mirada criminal.
—Está muy flaco y esos pies... ¡Madre mía! Necesita pedicura —dijo la muchacha.
—Ginebra —la retó el mayordomo. Luego le pidió que se subiera a una antigua balanza.
—57 kilogramos, ni uno más ni uno menos. ¡Qué maravilla! Luego midió la cintura, la espalda y la entrepierna.
—Ginebra, acompañe a Lord Coraje hasta el baño para verificar que la temperatura del agua sea la indicada.
—¿Tibio, frío o caliente? —preguntó la muchacha.
—Gracias, está bien —contestó tocando el agua con la punta de los dedos. La bañera parecía una piscina; todo en Hohenzollern era titánico.
—Ginebra, sea discreta —se escuchó la voz del mayordomo al otro lado de la puerta del baño—. Adiós, Lord Coraje —agregó. El hombre dejó la habitación dejándolo a solas con la muchacha.
Ginebra comenzó a desabrocharle la camisa.
—Yo puedo —la interrumpió Coraje.
—Lo siento —contestó—. Si quiere, puedo voltearme, aunque créame, para mi corta edad he visto más hombres desnudos que mi abuela —presumió —¿Lo ayudo con los pantalones? —agregó.
—No, gracias —contestó.
—Me recuerda al Duke Perro —suspiró antes de cerrar la puerta.
Con una suave bata de algodón, Coraje salió de su largo baño.
Había dejado la tina negra de tierra. Desde la ventana que daba al ala norte del castillo, la vista era increíble.
El bosque se acostaba en la ladera de la montaña y las aves sobrevolaban el cielo.
Desde allí podía ver tres puestos de guardia.
El castillo tenía un alto nivel de seguridad con vigías y alertas en todas sus inmediaciones.
Abrió las sábanas, y abrazando una de las almohadas se acomodó en posición fetal. Un sueño pesado lo aplastó; el viaje hasta Hohenzollern había sido agotador.