BANQUETE REAL
Se escucharon pasos de hojalata; Drakar lo levantó en el aire como a una pluma, apretándolo fuerte contra su pecho.
—Vas a matarlo —sonrió Benjhamin aliviado. Su llegada le había quitado tensión al encuentro.
—La última vez que te vi, estabas duro como estatua, jajaja —se rió recordando la encrucijada en el Central Park—. Debo confesarte que creí que íbamos a morir —agregó secándose la transpiración de su frente—. Maldito calor —se quejó.
Coraje se limitó a sonreír. Estaba contento de verlo otra vez.
—Me alegra saber que el joven Coraje llegó a salvo a Hohenzollern —exclamó un tercer hombre que entró caminando en la terraza con aires de realeza—. Bienvenido —dijo estrechando su mano—. Mi nombre es Sir Jules Le Blanc —agregó y le ofreció una suave manta de algodón para tapar su torso.
—Ya me habían dicho que eras bien buenmozo —los interrumpió una mujer que apareció detrás de Le Blanc—. Tienes los ojos de la madre.
—Ella es Mathilda, mi esposa —dijo Le Blanc.
La mujer llamó a una sirviente y ordenó que trajeran comida, bebidas, ropas nuevas y que prepararan una habitación junto a la de Sir Benjhamin.
—Gracias —asintió Coraje satisfecho.
—Además es educado —replicó Mathilda—. Ahora dinos: ¿dónde estabas? Nos tenías preocupados.
En pocos minutos la terraza se llenó de bocadillos de todos los colores y tamaños, acompañados de vino, cerveza, jugos y otros manjares.
—Oh, Dios mío, me retracto. Come peor que Drakar —se horrorizó Mathilda al ver cómo devoraba—. Vamos a tener que trabajar esos modales.
Coraje les relató cada detalle del viaje, desde la aparición de Vharis en Nueva York, los zapatos de Dorothy la descalza, el viaje en el Nautilus, las visiones de la señorita Greenich, el Capitán Anderson, Las Brujas de Portugal, los Jinetes del Mar, el Jörmundgander,
las bodas de Consuelo y cómo Diciembre y Katia habían sido manipulados para intentar matarlo.
Luego les contó sobre el viaje por la Selva Negra con Vharis, el secuestro de Muroni, los hongos que lo hicieron alucinar y cómo casi era tragado por la tierra al toparse con un Drogll.
—Siento haber perdido el paraguas —dijo mirando a su padre.
—Vharis lo trajo —soltó Drakar quien tenía la boca demasiado grande como para guardar un secreto.
—¿Vharis está aquí? ¿Puedo verlo?
—No por ahora —replicó Le Blanc.
—Debemos solucionar urgentemente el asunto del Drogll —afirmó Mathilda mirando a Drakar.
—No cuenten conmigo —respondió el vikingo.
—No, tú irás a Francia acompañado por Vínina Térmula. Llevarás una buena suma de oro para negociar con el Club de París a fin de que desafecten al mayordomo y a la niña. Luego subirás al primer barco con ellos rumbo a Londres —ordenó Le Blanc.
—¡Me perderé los Juegos de Hohenzollern! —protestó Drakar—. Odio Gran Bretaña, odio viajar con mujeres.
—Los juegos pasados hiciste que descalificaran a tu casa; y no seas machista, estamos en el siglo XX, Vínina Térmula es una acompañante de mi más íntima confianza —se mofó Mathilda.
—Serás de gran ayuda en Gran Bretaña, el misterio del Duke Perro es tu próxima misión —dijo Le Blanc.
—¿Quién es el Duke Perro? —preguntó Coraje.
—Hablemos de otra cosa —sugirió Sir Benjhamin.
—Un viejo amigo —agregó Le Blanc.
—¿Tiene que ver con el diario que el abuelo Hugo escondió? —preguntó.
—Así es, el Duque Perro tomó el diario y se nos adelantó a todos, incluso a las wiccas —dijo Mathilda.
—El Duke Perro desapareció de la faz de la tierra; nadie sabe dónde está.
—Debes partir cuanto antes —insistió Le Blanc, el Gran Consejo pronto ordenará ir detrás de él, preferiría que tú lo encontraras primero y lo hicieras entrar en razón; a pesar de su locura, el Duke Perro sigue siendo uno de los nuestros.
—¿Es necesario Vínina Térmula? —se quejó Drakar.
—Ella se ocupará de negociar con el Club de París —explicó Mathilda.
—Me gustaría partir después de los Juegos —rogó el gigante de hojalata.
—Imposible, confía en mí, Drakar, debes salir cuanto antes —agregó Mathilda y eso bastó para que el vikingo dejara de insistir. Mathilda era una bruja conversa, conservaba sus cualidades de vidente y sus consejos, hasta el momento, habían sido de gran ayuda en Hohenzollern.
—Algunos nacimos para seguir órdenes —se quejó el Vikingo con una leve sonrisa.
—¿Qué son los Juegos de Hohenzollern? —preguntó Coraje con la boca llena y un tanto mareado entre tanta conversación. Tenía un trozo de pan en una mano y un pedazo de carne en la otra.
—Su hijo es un animal, Sir Benjhamin —se quejó Mathilda.