El secreto del dragón escondido DROGLL
51%

DROGLL

Coraje caminaba emocionado a paso seguro hacia el castillo. Cada tanto se detenía para admirar la belleza del paisaje. La montaña le permitía ver toda la planicie oeste de Alemania. Bosques y más bosques, rodeados de caminos sinuosos y pequeños poblados.

Sus músculos empezaban a responderle. Los días de hambruna junto a Muroni habían quedado atrás y también había mejorado la tolerancia al sol.

El desafortunado viaje a Hohenzollern estaba llegando a su fin.

Ahora que podía pensar en algo más que simplemente sobrevivir, sus dos preocupaciones eran Diciembre y Katia.

Una vez en el castillo solicitaría ayuda para salir a buscarlos.

La mañana avanzaba rápidamente. Si sus cálculos no fallaban, estaría golpeando las puertas del castillo a media tarde.

El camino dio un giro a la derecha y de pronto, lo vio.

Era imponente; Hohenzollern se mostraba soberbio en la cima de la montaña.

El sol del atardecer pintaba sus paredes de naranja.

Era una construcción enorme, aunque por la distancia aún cabía dentro de la palma de su mano.

Su padre probablemente estaba en alguna de esas ventanas mirando el horizonte.

Con uno de los zapatos prácticamente roto y las ampollas empezando a jugarle una mala pasada, Coraje caminó a pesar de las molestias hasta que el dolor en los pies se volvió insoportable. Era momento de frenar, recuperarse y juntar fuerzas para el tramo final.

Cerca de un vado de agua, encontró un pequeño claro donde acampar a unos pocos metros del angosto camino, junto a una cascada.

Tuvo la mala suerte de que, apenas se alejó del sendero, un jeep verde militar pasó a toda velocidad sin detenerse.

Coraje les gritó, pero no lo escucharon.

El vehículo levantó una ola de agua que mojó la mitad de sus ropas.

El único destino posible de ese vehículo era Hohenzollern y se había perdido la posibilidad de un aventón final.

Enojado, se refrescó los pies en la cascada y luego toda la cabeza.

Llenó su cantimplora con agua helada y arremetió para encarar el tramo final.

Al cabo de unos kilómetros llegó a una curva cerrada donde se veían las huellas frescas de un vehículo que se había salido del camino.

Se asomó sobre el empinado barranco y le sorprendió ver que el jeep que había cruzado unas horas antes estaba ruedas para arriba, incrustado en la copa de un árbol.

Había sangre y el cuerpo de un hombre uniformado asomaba por la ventanilla.

De pronto, Coraje sintió que el suelo comenzaba a vibrar.

Algo grande se acercaba. Se puso en modo alerta sin estar seguro hacia dónde disparar.

Más abajo los árboles caían de par en par entre la boscosa selva.

Algo avanzaba bajo la superficie destruyendo todo a su paso, mientras se tragaba los árboles, las rocas y cuanta cosa se topara.

El jeep fue arrastrado hacia abajo y desapareció bajo la tierra.

Coraje ajustó su morral y comenzó a correr por el sendero pendiente abajo sin mirar atrás, mientras el mundo desaparecía a sus espaldas y Hohenzollern se alejaba una vez más.

Coraje tuvo que salirse del camino para evitar que la cosa que destruía todo a su paso se lo fagocitara.

Tropezó al menos tres veces rodando colina abajo entre ramas y piedras hasta que el monstruoso sonido cesó y se recostó contra un árbol para recuperar el aliento. Sus zapatos eran una miseria.

Tomaba aire abriendo la boca. Se había desviado al menos cinco kilómetros colina abajo.

Le costaba pisar. Con pedazos de su camisa improvisó un vendaje para las plantas de sus pies.

Dio un paso y sintió un agudo dolor en el tobillo.

A ese paso jamás llegaría a Hohenzollern.

El solo hecho de pensar en trepar la colina y retomar el camino lo agotaba. Tampoco le quedaba comida.

Coraje ya no aguantaba pasar una sola noche más a la intemperie.

Había llegado a su límite. A paso lento, comenzó a retomar colina arriba hasta que encontró un sendero en desuso que tenía pisadas frescas de botas.

Las pisadas terminaban en un árbol. Alzó la cabeza. Un hombre estaba trepado en la copa.

—Hey, muchacho, te pagaré bien si me llevas hasta Hohenzollern —dijo el hombre confundiéndolo con un lugareño.

—Capitán Murdon —se presentó bajando ágilmente del árbol. El hombre parecía un atleta—. Sufrimos un accidente. Mi camarada falleció; esa cosa se lo tragó. El sendero a Hohenzollern no es seguro. ¿Conoces algún atajo?

El capitán tenía sangre en el rostro y sus pelos despeinados. Su melena era rubia y los costados rapados. Debería medir al menos un metro noventa; tenía piernas fuertes y brazos bien marcados.

—Hohenzollern —murmuró Coraje y cayó rendido. Ya no podía apoyar los pies. El Capitán Murdon lo ayudó a recostarse. Le curó los pies y los vendó prolijamente.

—No suenas de por aquí.

—¿Qué era esa cosa? —preguntó el muchacho dolorido.

—Drogll: gusano de tierra. ¿Viajas solo?

—Sí, tengo que llegar a Hohenzollern —dijo exhausto.

—Bueno, estás en tu día de suerte —sonrió el soldado; luego lo cargó sobre sus hombros y comenzó a caminar colina arriba.

—¿Desde dónde vienes?

—Nueva York —contestó Coraje.

—Eso está lejos. ¿Y qué viene a hacer un neoyorquino a Hohenzollern? —preguntó el soldado sospechando que no era un niño cualquiera en busca de un trabajo.

—Es complicado —le explicó.

—Con cada palabra, el camino se hace más corto. Cuéntamelo todo —rogó el capitán.

Antes del anochecer llegaron a la entrada oeste del castillo. La guardia hizo sonar dos cuernos, señal de que eran dos los visitantes. Ya nada podía salir peor. Coraje estaba a salvo, el Capitán Murdon lo había rescatado; el infortunado viaje a Hohenzollern había llegado a su fin.