El secreto del dragón escondido FALSA PISTA
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FALSA PISTA

En el extremo sur de la Selva Negra, lejos, pero muy lejos de donde estaba Coraje, Sulhat seguía el rastro de Muroni. Sulhat era un implacable perro de caza; entre sus medallas y hazañas llevaba varias criaturas sobrenaturales en su haber, incluyendo un Drogll.

Al igual que Drakar, era miembro honorable de la Casa de los Guardianes de Hohenzollern y era sin dudas uno de los hombres más rápidos y peligrosos del séquito privado de Sir Jules Le Blanc. Nadie mejor que él para encontrar al muchacho y llevarlo a salvo hasta Hohenzollern.

Vestía una armadura ligera y más de quince cuchillos escondidos en ella.

Lo más intimidante en Sulhat era su mirada desafiante y su falta de paciencia.

Le costó poco encontrar el rastro de Muroni.

Sulhat había tenido que rastrear gigantes en otras oportunidades y conocía sus mañas.

Se mueven lentamente, escondiéndose en cualquier terreno volviéndose casi invisibles.

Los del tipo de Muroni son expertos en camuflaje y disfraz, pero el ojo de Sulhat estaba entrenado.

Lo descubrió desde arriba. Sulhat estaba trepado a un árbol.

Muroni estaba echado en el suelo, casi invisible, si no fuera por una enorme oreja que sobresalía entre los pastizales.

Debía ser silencioso. Fue pasando de rama en rama hasta quedar en posición de ataque.

Se soltó desde varios metros de altura para caer de lleno sobre Muroni.

Todo fue rápido; en pocos segundos Sulhat había logrado maniatarlo de pies y manos. Le llamó la atención que el gigante no opusiera la más mínima resistencia.

—Te mueves, te mato —lo amenazó Sulhat, pero Muroni ni se inmutó.

—¿Dónde está el muchacho? —preguntó Sulhat, mas la única respuesta que recibió fue un profundo ronquido. Cacheteó al gigante en la cara, pero no obtuvo más respuesta que un ojo que se abrió y se cerró. ¡Estaba dormido!

—¿Dónde está el muchacho? —volvió a preguntar sin éxito. Luego lo arrastró a lo largo de medio kilómetro hasta un pequeño afluente de agua colina abajo. Sumergió su cabeza hasta que el gigante reaccionó.

—¿Dónde está el muchacho? —lo amenazó Sulhat con un cuchillo en su garganta.

—¿Quién quiere saberlo? —respondió Muroni.

—Sulhat, guardia real de la casa de Hohenzollern, designado por el gobierno Prusiano como el custodio máximo del castillo de Hohenzollern.

—Dos veces Hohenzollern en una oración —se burló el gigante.

—Contesta —lo amenazó Sulhat con uno de sus cuchillos apuntándole en el ojo.

—Graaaa —replicó Muroni largando un manotazo que tumbó a Sulhat al suelo. Muroni intentó correr, pero a los pocos metros cayó al suelo. Sulhat había tomado la precaución de dejar sus dos pies atados con una gruesa soga.

Sulhat cayó sobre Muroni con toda su fuerza. Rodaron colina abajo golpe a golpe.

Muroni todavía estaba atontado. Había estado durmiendo durante días. Sulhat volvió a amarrar al gigante de pies y manos para interrogarlo.

—Voy a preguntarlo una vez más y luego te cortaré la garganta. ¿Dónde está el muchacho?

—Buen muchacho, lástima que…

—¿Qué, qué? —lo abofeteó en la cara.

—Que huyó, se escapó, graaaa —se quejó el gigante. Las sogas le apretaban las manos—. El muchacho me engañó, me puso a dormir; éramos un buen equipo.

—¿Hacia dónde?

—No lo sé, creo que hacia el oeste, pero podría estar en cualquier lado.

—Maldición —se quejó Sulhat.

—Graaa —se quejó Muroni—. ¿Qué hay en el oeste que tanto te preocupa?