EL ENCANTADOR
DE GALLINAS
Lo despertó un desafinado gallo, cacareando prácticamente en su oreja.
Aún no amanecía. Lo espantó con la mano, cogió el morral; todavía estaba en babia.
No solo un gallo merodeaba su improvisado campamento debajo de un árbol, sino una docena de gallinas.
Con cara de dormido y los pelos despeinados comenzó a caminar de prisa y las aves empezaron a seguirlo.
Las espantó. Hasta les arrojó un manojo de piedras para alejarlas, pero fue en vano. Las aves, lideradas por el gallo, estaban dispuestas a seguirlo por el sinuoso camino hasta Hohenzollern.
La imagen era un tanto ridícula. Coraje iba al frente y un ejército de aves desplumadas marchaba detrás de él como si fuera una gran gallina.
Al mediodía volvió a detenerse para descansar.
Coraje decidió tomar una corta siesta antes de seguir adelante.
Todavía no había cerrado los ojos cuando sintió un picotazo en la boca.
Abrió los ojos; tenía a una gallina intentando meterse en su garganta.
Tomando a la gallina de la cola, la revoleó tan lejos como pudo.
—¿Qué rayos? —maldijo escupiendo. Cogió el morral y se echó a caminar a paso rápido, sin embargo las aves lo seguían sin perderlo de vista. Estaban obsesionadas. Coraje amenazó con matar una para el almuerzo.
Se escucharon caballos acercarse, otra vez.
Esta vez eran pasos pesados seguidos de un enclanche ruidoso de un carro semidestartalado.
Una niña de no más de 10 años de edad viajaba sentada junto al conductor, posiblemente su padre.
La niña saludó amistosamente y Coraje devolvió el saludo.
La niña miraba asombrada cómo las aves se enfilaban detrás de Coraje como si las tuviera entrenadas.
El conductor susurró algo al oído de la niña que le provocó gracia. Luego el carruaje se detuvo.
La niña bajó apresurada —¿Mi padre pregunta si eres un encantador de gallinas?
—Muy gracioso.
—¿Cómo te llamas? —preguntó la niña. Su padre miraba atento desde el carruaje. Parecían amistosos, pero el hombre miraba con desconfianza.
—Te lo diré si me llevan.
—Bien —dijo la niña—. —Apaaaaa —gritó—. ¿Podemos llevar al encantador de gallinas con nosotros?
El carro comenzó a moverse. Coraje se acomodó entre unas bolsas y se dispuso a disfrutar el resto del camino. Las gallinas los siguieron durante un rato hasta que uno de los dos caballos que arrastraban el carro comenzó a defecar bosta en el camino y las gallinas se detuvieron.
La niña que viajaba adelante pidió permiso para ir atrás con Coraje.
—Bien, vas a decirme —dijo mirándolo fijo.
—Mi nombre es Coraje.
—No tu nombre, tonto. ¿Cómo lo haces? ¿Cómo encantas a las gallinas?
—No lo sé, solo me siguen.
—Las gallinas solo siguen a quien les da de comer. ¿Traes maíz contigo? ¿Lombrices? ¿Migas de pan? —le preguntó revisando sus bolsillos.
—¿A dónde te diriges? —preguntó el conductor.
—Hohenzollern —respondió con seguridad.
—Allí solo viajan los que buscan trabajo o gloria.
—Trabajo, mi padre es uno de los mayordomos del castillo —mintió rascándose la nariz.
El sinuoso camino comenzó a ponerse más tosco y hostil. Una de las ruedas del coche de carga se salió de su eje y la carroza quedó manca.
Los dos viejos caballos se detuvieron, como si ya estuvieran acostumbrados a los desperfectos técnicos y el hombre descendió intentando no insultar en voz alta.
—Siempre hace lo mismo, maldice en voz baja para que yo no lo escuche, luego dirá que la rueda está maldita. Después culpará a los caballos y finalmente buscará un chivo expiatorio, probablemente tú; por último dirá que lo pondrá en venta, mas nunca lo hace.
—Maldita rueda. Creo que está maldita. ¡Y estos torpes caballos, que no pueden esquivar ni un pozo! Maldición, seguramente haya sido el sobrepeso —se quejó el hombre—. Cuando termine esta encomienda, venderé esta tonta carreta.
Coraje bajó del carro y sin preguntar se puso a ayudar al hombre a colocar la rueda de nuevo en su lugar. Les tomó un buen rato hacerla encajar; el rulemán estaba flojo. Lo martillaron con una pesada maza y se pusieron en marcha.
Un par de horas más tarde el carruaje se volvió a detener. Era una nueva bifurcación: un camino seguía hacia el norte y otro, aún más angosto, al este —Hasta aquí llegamos, encantador de gallinas —dijo el hombre—. Nosotros seguimos por el camino norte, Hohenzollern está al este.
—Gracias —contestó bajando de un salto.
—Adiós encantador de gallinas, espero que nos volvamos a ver —gritó la muchacha.