El secreto del dragón escondido UNGÜENTO
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UNGÜENTO

Muroni dormía plácidamente cuando Coraje volvió a sufrir uno de sus ataques estomacales.

Estaba atado de pies y manos. Comenzó a retorcerse.

Era la primera vez que sufría un ataque sin poder tomar su medicina.

Comenzó a escupir espuma por la boca, mientras su cuerpo temblaba en el suelo.

Los espasmos se volvieron algo violentos.

Muroni seguía durmiendo profundamente. El hombre de gigantescas proporciones también se automedicaba con sus ungüentos para dormir.

Una de las sogas que lo mantenían maniatado se zafó debido a las fuertes convulsiones y el muchacho logró arrastrarse hasta su morral donde estaba el gotero.

Le había dado uno a Bullie Rocks y cada vez quedaba menos dosis.

Con la mano libre pudo volcar unas gotas debajo de su lengua. Unos minutos más tarde el dolor cesó.

Muroni aún dormía. Coraje se las ingenió con la mano libre para aflojar las sogas de sus pies. Con esfuerzo, se puso de pie. Estaba hecho una lacra humana.

Se acercó lo más que pudo a Muroni. El gigante dormía como bebé. Era su única oportunidad. Metió suavemente la mano en el bolsillo de la túnica del gigante y tomó el ungüento. Con una mano juntó una buena cantidad de pasta y lentamente lo fue metiendo dentro de las fosas nasales de su captor.

Muroni se despertó mareado.

—Si te escapas te mato —lo amenazó. El gigante se puso de pie y se tambaleó, dio un paso adelante y cayó boquiabierto al piso. Sus ojos aún estaban abiertos luchando contra el poderoso somnífero, hasta que se desmayó.

Coraje colocó casi todo el pegajoso ungüento que sobraba sobre la nariz del gigante para asegurarse de que la siesta durara varias semanas, luego guardó una pequeña dosis en su morral. Pensó en atarlo, pero no tenía fuerzas para hacerlo. Lo mejor era escapar.

Encontró algo de comida entre las cosas de Muroni: pan y agua. Colgó su morral en la espalda; con las pocas fuerzas que le quedaban se alejó a paso lento, pero seguro.

Muroni abrió los ojos con gran esfuerzo y una lágrima rodó por su mejilla.

Se había encariñado con su rehén. Para él, juntos hacían una gran dupla.

Muroni había tratado de ser lo más amable posible, pero no conocía otra forma mejor de tratar con la gente.

La figura del muchacho alejándose le provocaba una triste bronca.

Finalmente, cerró los ojos y cayó dormido.

Había ingerido suficiente ungüento como para no levantarse por los próximos tres días.

A medida que Coraje iba recobrando fuerzas sentía más ganas de correr y alejarse lo máximo posible de Muroni.

Ramas. Hojas. Lianas. Telas de araña. Maleza.

Raíces. Iba chocando contra todo, pero era libre otra vez.

Tras unas horas sin detenerse, paró a descansar.

Estaba amaneciendo y estaba completamente perdido.

Se recostó entre unos arbustos camuflándose, copiando las técnicas de Muroni, mimetizándose con el entorno como si no existiera.

Su corazón latía demasiado rápido. El gigante era un sabueso para rastrear animales. Dormitó apenas unas horas y volvió a lanzarse a la carrera.

Se detuvo en un arroyo a beber agua fresca y tuvo que alimentarse con hojas y hongos para no desfallecer ante la hambruna. Muroni había sido muy avaro con el alimento. Lo mantenía débil para que nunca escapara.

Tras comer esos hongos, comenzó a sentir una picazón en la mano, como cosquillas. Notó que sus dedos estaban hinchados. Era una mano enorme. Se lavó la cara en el arroyo para despabilarse. Todo le parecía maravilloso.

—Hola, rana —saludó a un batracio—. Hola, Señor Árbol. ¿Hace mucho que vive por acá?

Media docena de duendecillos se cruzaron por su camino. —¿Qué mira? —le pareció que un enano malhumorado le hablaba. Coraje solo podía sonreír. Estaba completamente alucinado por el efecto distorsionado de los hongos.

El color de los árboles era verde fosforescente.

Giraba en círculos extasiado de placer. Se zambulló en un colchón de pajas secas y utilizando el morral como almohada se recostó para descansar.

Pasaron las horas y se hizo de noche. El muchacho seguía durmiendo con una sonrisa dibujada de oreja a oreja.

Finalmente, abrió los ojos. Entre las ramas de los árboles, el firmamento estrellado se postraba ante él. Era hermoso.

Se quiso levantar, pero algo lo detenía. Lo intentó otra vez. Imposible. El efecto colateral de los hongos era la parálisis. Solamente podía mover los ojos.

Coraje repasó los hechos sucedidos en Nueva York meses atrás. El ataque de la Quimera en Central Park había sido doloroso, como un veneno que entumecía los músculos hasta hacerlos reventar del dolor.

Coraje no se percató de que dos personas lo miraban. Se trataba de un campesino y su esposa, que juntaban leña en el bosque con su carretilla.

—¿Dónde estoy? —preguntó torpemente.

—Memmingen —respondió el hombre.

—Son venenosos —dijo el hombre al ver que Coraje tenía restos de hongos sobre su sweater.

Sin que Coraje pudiera oponer resistencia, la pareja lo ayudó a incorporarse y lo cargó en la carretilla hasta su modesta cabaña, donde le dieron galletas y leche.

Incluso le prestaron ropa limpia mientras las suyas eran lavadas y enmendadas.

La pareja vivía en una pequeña aldea a las afueras de Memmingen, un diminuto poblado alemán en el extremo suroeste del país.

Es posible que, a esta altura, el lector esté pensando que esta es una trampa estilo Hansel y Gretel. Demasiada amabilidad a cambio de nada en una narrativa donde todo sale mal: es dudoso. Pero mi cuarto editor me obligó a darle una tregua al lector, y ya no podía perder más editores.

Coraje les contó acerca de su destino final en Hohenzollern. Cuando los campesinos le enseñaron un mapa local mostrándole dónde estaba, no podía creer el largo viaje que había recorrido a pie.

Había partido desde la frontera de Estrasburgo hacia Friburgo con Vharis. Luego había viajado largas distancias con Muroni, pero no estaba seguro en qué sentido, ya que la mitad de las veces el gigante lo dormía y cargaba en sus hombros como una bolsa de papas.

A la mañana siguiente la pareja de campesinos partiría hacia el norte rumbo a Ehingen a visitar familiares. Le ofrecieron transporte hasta allí. Según le explicaron, desde Ehingen, Hohenzollern estaba a solo 3 días de marcha.

Esa noche Coraje durmió en una pequeña cama improvisada en el living de la cabaña. Hacía más de diez días que dormía a cielo abierto ante la hostilidad del rocío y los mosquitos. El mero hecho de cubrirse con sábanas le producía un placer exquisito.

La mañana siguiente fue aún mejor, tostadas calientes, chocolate hirviendo y wafles. Además, le trajeron sus ropas limpias y enmendadas. Era la experiencia más parecida al Gramercy desde que había comenzado el desafortunado viaje a Hohenzollern.

Coraje ayudó a la pareja a cargar las cosas en la carreta. La mujer lo observaba con un dejo de melancolía. Notó que en la cabaña había retratos de un joven. Pero prefirió no preguntar. Antes de media mañana ya estaban rumbo a Ehingen.

—Dicen que en Uberlinguen vieron un gigante —dijo la mujer indignada.

—No existe tal cosa querida, solo existen los hongos.

Así se la pasaron debatiendo los cuatro días en carreta hasta llegar a Ehingen.

Coraje prefirió guardar silencio y aprovechar para recuperar energía.

Los alemanes sí que sabían darse banquetes.

Durante dos días fue merecedor de wafles, cerdo, pescado, todo tipo de verduras asadas y hasta probó cerveza artesanal.

Al cuarto día llegaron a Ehingen, el final del camino juntos. Coraje se había repuesto: había comido, dormido y traía ropa limpia, incluso sus dolores estomacales habían cedido. De hecho, sentía que cuanto más comía menos dolor sentía.

Coraje sacó de su morral papel y lápiz y se los pasó. —Anoten mi dirección, quiero agradecerles de alguna manera cuando regrese; es el número 16 de la calle 20, en el Gramercy Park, Manhattan.

La mujer se apenó. —No sabemos escribir.

Escritores sin tinta, que dejaron sus estantes vacíos en la Biblioteca de Babel.