LA REGLA
DE LOS 100 DÍAS
Sulhat y sus hombres escoltaron a Benjhamin y a Drakar hasta el ala baja del castillo. El subsuelo era húmedo y repleto de pasadizos; sería fácil perderse con solo dar un giro equivocado.
Los calabozos de Hohenzollern hospedaban a decenas de prisioneros. Benjhamin fue atravesando varias puertas de hierro, detrás de cada portón había una celda escoltada por un soldado. El motivo de los portones de hierro entre celda y celda era evitar motines en caso de fuga.
Sulhat iba saludando a los guardiacárceles y estos le devolvían el saludo con una venia militar perfecta.
—Wen, Hoggis, Helmut, Gardiner, Wolfo, Andersen, Boris, Segismundo, Altun, Jagger, Jordan, Kantor, Li-chan, Groffo, Kobe… ¿Dónde está Kromo? —preguntó Sulhat cuando llegaron a la celda donde Samuel Vharis estaba encerrado.
—Repito: ¿dónde está Kromo? —preguntó enfadado—. Cuando lo encuentren, 100 latigazos limpios en la espalda —rezongó mientras abrían la puerta de la celda a Sir Benjhamin.
—Contrólate —le advirtió Drakar pasándole una antorcha.
La puerta se cerró detrás de Benjhamin. La celda apestaba; estaba sucia y oscura. Apenas llegaba a ver la figura de Vharis ajobachado en un rincón.
—A veces extraño la luz del día, creo que una muerte digna sería ver una vez más la luz del Creador. Cuando era un muchacho en la corte, hace ya no recuerdo cuántos siglos, me agradaba el sol.
Vharis se puso de pie. Estaba hinchado, como un globo inflado. Su rostro estaba tan deformado que apenas se podían ver sus ojos, y sus ropas se habían prácticamente deshecho dejándole el torso semidesnudo.
—Pobre diablo, lástima que terminara así —agregó Vharis chupándose los dedos y dejando ver en el suelo un cadavérico cuerpo al que parecía que le hubieran succionado hasta los órganos.
—Sulhat va a colgarte por esto.
—De todos modos estoy muerto. ¿Por qué iba a privarme de un banquete? —dijo moviéndose con pesadumbre, sus tobillos tenían el tamaño de una pata de elefante.
—O me matas tú, o luego me matan ellos. Da igual. Sin embargo —agregó limpiándose la sangre de la boca—, técnicamente no infringí ninguna ley, han pasado más de 100 días de abstinencia, tengo derecho a beber, el pacto con el Consejo lo permite; un guardia menos. ¿A quién le importa?
—¿Qué pasó con Timotheo?
—Tu hijo podría ser un buen vampiro.
—Te juro que si has convertido al niño no tendré piedad.
—Tranquilo, yo no lo he convertido.
—¿Quién? Dime quién transformó a mi hijo en un sangre-fría.
—Marco, polo, tierra, nadie —se burló Vharis—. Nadie ha transformado a tu hijo en nada.
—¿Dónde está?
—Ese muchacho puede ser muy escurridizo.
—¿Y Diciembre?
—El mayordomo y la niña que viajaba con ellos son encantadores.
—¿Eh? ¿Una niña?
—La novia del muchachito y Diciembre se quedaron en París, han sido troleados por una wicca.
Intentaron matar a tu hijo en una boda, he recibido un balazo por tu muchacho.
No tienes idea cuántas veces he tenido que salvarle el pescuezo a tu hijo —eructó en forma desagradable—.
¿Todo para qué? Para perderlo cuando estaba a punto de lograr mi libertad.
Ahora el viejo amarrete de Le Blanc no querrá pagar.
—¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
—Hace poco menos de media luna, en los senderos de Friburgo, íbamos caminando y simplemente desapareció. Lo busqué durante días sin éxito, hasta volví sobre nuestros mismos pasos, no puedo entenderlo.
—¿Sabes exactamente dónde lo perdiste?
—Sí.
—Debes llevarme de inmediato.
—No puedo moverme. ¿No ves lo gordo que estoy? —volvió a eructar—. Me tomará tres días recuperar mi figura.
—No estás en condiciones de negociar —lo amenazó Sir Benjhamin.
—Es un buen muchacho, ni tú eras tan osado a su edad. ¿Cuántos tiene, 17?
—16.
—Tiene potencial Ben, aunque hay algo en su mirada que me desconcierta. Creo que es la mirada de su madre.
—Ni la nombres.
—¿A quién? ¿A Ana? —bromeó Vharis.
Sir Benjhamin estuvo a punto de abofetearlo, pero necesitaba conservar la calma.
—¿Qué hay con mi paga? —protestó Vharis al ver que Benjhamin se disponía a salir de la celda.
—Sulhat. —Sir Benjhamin sonrió—. Creo que el hombre que buscas está ahí adentro, o estaba.
Sir Benjhamin se alejó caminando con paso acelerado mientras se escuchaban gritos desgarradores desde la celda de Vharis, quien recibiría una cruenta golpiza por asesinar a un miembro de la guardia comandada por Sulhat.
Sir Benjhamin volvió a su habitación, se cambió las ropas elegantes por un vestuario más cómodo, pantalón viejo, botas de cuero, camiseta, un chaleco y su pesado sobretodo donde escondía mil y un cuchillos.
Drakar entró en la habitación sin pedir permiso. Él también estaba listo para partir; no había nada que explicar entre ellos.
—Drakar, tú tomarás el camino norte. Debes apresurarte.
—No creo que sea buena idea ir separados, estás flojo de piernas.
—Tomaré un atajo.
Sonaron dos golpes en la puerta y luego se abrió.
—Con ustedes, la Dragonesa de Blanco —la presentó Serafín.
Una mujer rubia de cabellos eternos, vestida con sedas bordadas en oro y una corona de marfil, entró en la habitación.
Su rostro estaba endurecido, no pestañeaba; apenas sus orificios nasales se movían lentamente dando señales de que respiraba.
Sir Benjhamin y Drakar se arquearon hacia delante saludándola con respeto.
—Lord Benjhamin, se rumorea que está muriendo.
—Se rumorean cosas peores de usted —replicó esbozando una diminuta sonrisa con la comisura del labio.
—Rumores. La gente tendría tan poco de qué hablar si no existieran.
—Estamos ocupados miladi —explicó.
—Lo sé. Acaba de llegar a mis oídos. Los rumores dicen que su hijo está extraviado en la selva, vengo a ofrecerle colaboración.
—¿A cambio de qué, Dragonesa?
—Una disculpa por sus dichos no estaría mal.
—Trato hecho —sonrió Benjhamin entregándole una fotografía vieja del muchacho.
—Serafín —ordenó la Dragonesa—, envíe a tres valientes hombres dispuestos a dar la vida para traer a salvo al pequeño.
Drakar golpeó con su codo el estómago de Benjhamin.
—Miladi —exclamó Benjhamin—, lamento haberla llamado “vieja estéril” frente al consejo.
—Está perdonado, tener hijos es una maldición de la que afortunadamente fui librada de joven.
La Dragonesa salía de la habitación cuando Sir Jules Le Blanc entraba.
—Dragonesa.
—Le Blanc —contestó ella haciendo una leve reverencia.
Sir Jules Le Blanc tomó la palabra —una milicia de cinco hombres saldrá hacia el oeste por la mañana.
—Dudo que Timotheo esté en el oeste —aseguró Sir Benjhamin.
—Podría estar en cualquier lado —replicó Le Blanc.
—Voy a necesitar el paraguas.
—Está guardado en la sala de Armas, si lo tocas, será la última vez que lo hagas. El Consejo se expidió sobre este tema. Tu travesura en Wilspurg nos costó muy caro, Benjhamin, el paraguas está prohibido para ti. Además, no estás en condiciones de salir y lo sabes.
—No puedo quedarme de brazos cruzados.
—A veces, no hacer nada es lo único que podemos hacer.
—Maldición —se quejó Sir Benjhamin. Estaba atado de pies y manos una vez más.