VHARIS
Se arrastraba cojeando. Su pelo estaba sucio y su boca seca. Las ropas rotosas le quitaban toda la elegancia que alguna vez había ostentado. Caminaba encorvado. El viaje le había quitado las ganas de todo. Solo podía pensar en un jugoso banquete.
La torre mayor del castillo de Hohenzollern se imponía sobre la cima. Lo había logrado. Había llegado a Hohenzollern. Se detuvo. Encontrarse con Sir Benjhamin podía resultar un tanto incómodo.
Debería descansar antes de seguir hasta la cima. Se levantó aturdido. Un carruaje tirado por nueve caballos de espléndido porte pasó a su lado sin detenerse. El carruaje iba sin lugar a dudas hasta Hohenzollern.
Tomó impulso para realizar el último tramo. Sin pensar demasiado, siguió al carruaje, un pie detrás del otro hasta la entrada del castillo. Debía apurarse si quería evitar que el amanecer lo sorprendiera. Cuanto más se acercaba más lejos quería estar de allí.
Un centinela apostado sobre el primer puesto de guardia dejó pasar el carruaje tirado por los nueve caballos y luego utilizando su telescopio vio que algo más se acercaba a paso lento.
No podía distinguir bien, ya que todavía estaba oscuro.
El guardia hizo sonar un cuerno advirtiendo la llegada de un extraño.
Sir Benjhamin se lavaba su herida cuando escuchó el cuerno. Podía ser su hijo. Se miró frente al espejo. Debía mostrar un buen aspecto ante la llegada de Timotheo.
Se peinó, afeitó la barba y se puso ropa elegante. Antes de salir de la habitación se volvió a mirar en el espejo para acomodar su camisa. Tenía las palmas sudadas. En su cabeza imaginó un fuerte abrazo.
Bajó las escaleras hasta el gran salón y salió a un pequeño jardín al frente del castillo que prometía una excelente vista a los recién llegados. Drakar se apareció a su lado para darle ánimo.
—Creo que olvidé cómo ser padre.
—¿Hay algo que no quieras controlar? —se mofó Drakar.
—No.
Primero entró el ostentoso carruaje blanco, con sus 9 caballos tirando del coche. Se trataba del carruaje de la Dragonesa de Blanco.
—Tu amiga —se burló Drakar.
Más atrás, a paso lento, una figura se acercaba. Aún no amanecía, a Sir Benjhamin le llamó la atención que fuera solo una figura y salió corriendo a su encuentro seguido de Drakar.
—¿Dónde está mi hijo? —demandó Benjhamin, pero Vharis ni siquiera se animó a devolver la mirada y solamente le ofreció el paraguas.
—¿Dónde está? —gritó Drakar desesperado.
—No lo sé —respondió con voz de ultratumba mostrando sus colmillos filosos dispuesto a dar pelea. Vharis tenía poco que perder.
Benjhamin se abalanzó sobre él y de no haber sido por Drakar el asunto hubiera terminado peor. Se escucharon pasos pesados de soldados. Era la guardia privada de Sir Jules Le Blanc, presidida por Sulhat, uno de sus mejores guerreros. Apresaron a Vharis con pesadas esposas y se lo llevaron.
Sir Benjhamin se quedó parado con el paraguas en la mano y Drakar atontado a su lado.
—Juro que lo mataré.
—Primero tenemos que interrogarlo —respondió Drakar.