El secreto del dragón escondido MURONI
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MURONI

Cuando Coraje despertó ya había amanecido. El sol le quemaba las pupilas. Estaba en una jaula ubicada en un pequeño claro en medio de la boscosa selva. Unos seis metros de altura lo separaban del suelo. Los barrotes estaban hechos con lianas, que apenas le dejaban sacar su cabeza hacia fuera.

Entrecerró los ojos para poder mirar. La luz del sol era insoportable.

Aún tenía su morral colgado, pero no había rastro del paraguas.

Sintió que se avecinaba un nuevo ataque abdominal, primero su estómago se endureció, luego todo el cuerpo se retorció como una víbora y apenas llegó a abrir el morral para beber unas gotas de la medicina antes de desmayarse.

Cuando volvió a despertar lloviznaba. Al menos las nubes tapaban el sol. Seguía en esa jaula. Tenía frío. El viento pasaba entre los agujeros de las lianas. Volvió a asomarse. No había rastros de nadie.

Sacó de su morral una capa para cubrirse del viento y un pequeño cuchillo.

Temblando de frío comenzó a desgastar las gruesas lianas hasta cortar algunas.

Logró pasar la mitad de su torso afuera.

Eran varios metros hasta el suelo. Si saltaba podría fracturarse severamente y quedar postrado en el suelo, mas no veía otra opción.

Contó hasta tres en voz alta: —1, 2, 3. Pero antes de saltar fue interrumpido por una voz grave.

—Si fuera tú, no saltaría —dijo una voz trabada.

—¿Quién habla?

—Mi nombre es Muroni —su voz era gruesa.

—¿Dónde estás? ¿Por qué no puedo verte?

La respuesta fue una lenta risa.

—Muéstrate —ordenó Coraje.

—No me estoy ocultando —respondió. Coraje abrió los ojos aún más para ver. Estaba parado junto a un árbol, era tan grande que le pareció estúpido no haberlo visto antes. El hombre lo cuadruplicaba en altura.

—¿Puede ayudarme a bajar?

—Mmm… eso depende, no tengo ganas de correr tras de ti.

—Prometo que no lo haré.

—Todos dicen lo mismo, luego tengo que matarlos.

—Eres tan alto —susurró con admiración.

—Y feo, dilo, soy muy feo. El hombre se acercó unos pasos hasta la jaula. Debía medir al menos tres metros y medio. Llevaba una capa hecha con pasto, barro, ramas, que lo hacían invisible entre la vegetación. Su sombrero estaba hecho con la cabeza de un oso.

—No estás mal —respondió Coraje. Tenía nariz prominente, mandíbula de tiburón y orejas de elefante.

—¿Qué hacían en mi territorio? —le preguntó.

—¿Tu territorio?

—No me gusta que repitan lo que digo —murmuró—. Tú y ese sangre fría caminaban por mi territorio.

Dudó en contestar. —Vamos a Hohenzollern. ¿Dónde está mi compañero?

—Los chupasangres no tienen compañeros, tu sangre está caliente, puedo olerla desde aquí ¿Eras su presa, cierto?

—No, era mi guía —respondió.

—¿Por qué tomaron mi ruta? ¿Quién los envió?

—No sabíamos que era tu ruta, lo lamento.

—Claro que lo lamentarás —respondió el gigante y luego cortó la soga dejando caer la jaula bruscamente. Lo arrastró fuera de la jaula y lo amarró de pies y manos con sogas.

—Oye, no vas a dejarme aquí —exclamó, pero no obtuvo respuesta. El gigante sacó un trapo de su bolsillo y lo colocó en su boca para callarlo.

—Hablas demasiado para ser carnada —murmuró y se escondió detrás de unos matorrales. La capacidad del gigante para mimetizarse y hacerse uno con la selva era increíble. El hombre podía quedarse en la misma posición como una estatua por horas.

Cayó la noche. Coraje estaba helado. Intentó decir algo,

pero el trapo en su boca le hacía imposible modular.

—Si te la quito comenzarás a hablarme y luego seremos amigos; no me gusta usar a mis amigos como carnada —protestó Muroni.

Entonces el gran hombre sacó de su bolsillo un frasco con un pegajoso ungüento que pasó por la nariz de Coraje, provocando el sueño inmediato.

Cuando Coraje abrió los ojos ya había amanecido otra vez. Le dolían los brazos de haber estado tantas horas atados y tenía hambre.

—¿Eres un demonio? —le preguntó Muroni apuntándolo con su lanza. Coraje aún tenía una mordaza en la boca y apenas podía hablar.

—¿Eres un demonio? ¿Igual que esa sanguijuela chupasangres con la que viajabas? No pareces un demonio.

—Agua —fue lo único que atinó a decir, tenía la garganta seca y los labios cortados.

—Responde o tendré que matarte.

—¿Quién eres? —volvió a preguntarle el gigante—. ¿Quién te ha enviado?

El gigante le soltó las manos y luego los pies. Coraje intentó escapar pero estaba tan acalambrado que cayó al suelo.

—Si vuelves a intentar algo así, tendré que matarte.

Exhausto apoyó la espalda contra un árbol mirando frustrado al gigante.

—¿No piensa dejarme ir? —preguntó.

—No —gritó enfurecido Muroni—. Lo siento —agregó. Su carácter era inestable.

Muroni se acercó y volvió a pasar ungüento en su nariz adormeciéndolo en el acto. Cuando volvió a abrir los ojos estaba atado a un árbol.

—Agua —rogó.

Muroni le soltó las sogas de los pies y las manos. Sin embargo, esta vez Coraje no intentó correr; se sentía demasiado débil para arriesgarse. El gigante le dio de beber y le entregó un trozo de pan que devoró.

—¿Debes dejarme ir? Me esperan en Hohenzollern.

Siete días pasaron. Coraje era su rehén y su carnada para atrapar quién sabe qué cosa que Muroni no quería develar.

—Hacemos buen equipo —lo felicitó el gigante. Coraje estaba atado de pies y manos, deshidratado y desnutrido. Lejos estaban de ser un equipo.

—Tengo que irme —rogó.

—Imposible. Tenemos mucho trabajo por delante; tú las atraerás, yo las atraparé. Le liberó las manos y le arrojó otro tanto de pan. Luego le pasó el ungüento por su nariz y Coraje sencillamente se desmayó.

No es que este narrador haya creado semejante personaje horroroso con tal de evitar la llegada de Coraje a Hohenzollern; es que llegar a Hohenzollern es sencillamente difícil.

Creo que este es un buen momento para cerrar el libro, buscarse una taza de café caliente y pensar en Hohenzollern.

Tal vez en 20 años eso sea lo único que recuerden de esta novela: llegar a Hohenzollern es duro, está lleno de obstáculos e incertidumbres, pero nunca se deben dar por vencidos. Hohenzollern siempre los espera.

Este comentario me costó una pelea con mi segundo editor: «¿Cómo vas a quitar la tensión del cuento y mandar a tus lectores a reflexionar sobre su Hohenzollern? Eres un engreído». El tercer editor lo aprobó.

Volvamos… Muroni era un cazador de wiccas, las odiaba con todo su ser.

Los de la clase de Muroni habían sido fieles aliados de las wiccas en tiempos de la Edad Media, pero con el correr de los años y la modernización ellas habían dejado de considerarlos.

Grandes, feos y torpes ya no eran de utilidad en la era de la tecnología.

Los de la clase de Muroni eran excelentes cazadores, podían camuflarse con su ambiente y atrapar técnicamente cualquier presa.

Asimismo, eran capaces de crear ungüentos y pócimas fabricados con ingredientes naturales para atraer y dormir a sus víctimas.

Los gigantes eran muy territoriales y no les gustaba que nadie merodeara dentro de sus límites.

Muroni era uno de los últimos de su especie y la soledad lo había vuelto, digamos un tanto antisocial.