El secreto del dragón escondido PROFECÍA
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AUTOCUMPLIDA

Coraje pensó que se ahogaba. El agua de la cascada no lo dejaba sacar la cabeza a flote. Tragó un cuarto de litro con la primera bocanada, hasta que sintió un brazo fuerte que lo sujetaba. Era Vharis, quien una vez más lo rescataba.

Salieron del agua, caminaron ribera arriba hasta encontrar un lugar más protegido. La lluvia comenzaba a amainar. Exhausto, el muchacho solo pensaba en descansar, pero Vharis no opinaba lo mismo.

—Hay que seguir.

El sangre-fría lo obligó a caminar empapado, hasta que prácticamente saliera el sol. Acamparon dentro de una cueva. El mapa de Vharis estaba hecho añicos. Según los cálculos del sangre fría estaban en Friburgo. Vharis puso a secar las cosas del morral e improvisó algo para comer.

—¿Quiénes eran?

—No estoy seguro de a qué Club responden, pero sí de que eran aprendices y que nos estaban buscando.

—Gracias —respondió Coraje.

—No me agradezcas, tú eres la encomienda y yo, el cartero —protestó—. El problema es que ahora todos saben que viajamos de noche, nuestra ventaja es una desventaja.

—Tengo más hambre —dijo Coraje.

—Y yo también, arréglate como puedas —ordenó ofuscado. Vharis estaba de pésimo semblante, el viaje a Hohenzollern se estaba haciendo más pesado de lo que había planeado. Había alguien que no quería que Coraje llegara a Hohenzollern, y no era una bruja.

—Hace frío —se quejó el muchacho.

A diferencia de Vharis, quien no sentía calor ni frío, el cuerpo de Coraje estaba húmedo. Necesitaba calor.

—Puedes encender un fuego, pero no muy grande, no queremos dar más pistas.

Las cerrillas estaban empapadas, no había caso.

—Vharis —dijo Coraje sabiendo que este iba a enojarse.

—Muchacho, eres un calambre. ¿Ahora qué?

—No puedo encenderlo.

Golpeando dos piedras como en la Edad Media, Vharis generó un chispazo sobre las ramas y hojas que Coraje había juntado.

Todo estaba húmedo. Tuvo que renegar un buen rato hasta crear una llama digna.

Coraje se quitó casi toda la ropa húmeda; agotado finalmente, se quedó dormido junto al calor del fuego.

Casi doce horas más tarde, Coraje abrió un ojo.

El fuego se había extinguido. Sus ropas ya estaban secas.

Estornudó. Estaba empezando a anochecer.

Con la última gota de luz, Vharis se levantó de su improvisada tumba.

Estaba de mejor humor. El camino desde Friburgo hasta Hohenzollern no estaba tan lejos.

Si se apuraban, en menos de cuatro noches podrían estar en Hohenzollern.

Coraje desayunó un pedazo de pan y bebió agua de lluvia de las hojas.

Rápidamente estaban de nuevo caminando bajo la luna.

Vharis iba adelante del viento para evitar oler el sabor de su sangre.

Caminaron toda la noche sin hablar, solo frenaron para descansar dos veces y continuaron a paso firme por el sendero frondoso.

Era la primera noche sin desgracias ni interrupciones.

—Vamos bien —sonrió Vharis.

Llegando la madrugada, el sendero los llevó al primer claro, donde pudieron admirar el resplandor de la luna que seguía allí, acompañándolos, por encima de la impenetrable Selva Negra.

Coraje sintió un escalofrío correr por su pescuezo, aquel lugar le recordaba a la visión de la Señora Greenich a bordo del Nautilus, en la que Katia y Diciembre morían.

De pronto, la luna desapareció, como si algo se la hubiera tragado. Coraje sintió que lo envolvían en una especie de bolsa y lo cargaban.

—¿Muchacho? —lo llamó Vharis, pero nadie respondió. Solamente había quedado su paraguas en el suelo.