El secreto del dragón escondido INSOPORTABLE
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INSOPORTABLE

Una araña negra y amarilla estaba parada sobre su hombro. Vharis intentó quitársela, pero el insecto se metió debajo de la camisa y comenzó a picarlo en diferentes lugares de la espalda.

Coraje sintió el ardor de los pequeños colmillos incrustándose bajo su piel. Se quitó la camisa como si se estuviera prendiendo fuego.

Vharis revisó la camisa y atrapó a la araña.

La examinó con cuidado mientras el insecto seguía clavando sus dientes en el brazo de Vharis.

Sin embargo, el sangre-fría se mostraba inmune a los sarpullidos.

No parecía una araña intimidante, pero tenía las patas largas y puntitos amarillos sobre el lomo.

Se trataba de una araña avispa muy peculiar.

El vampiro apretó los colmillos del insecto dejando caer una gota del veneno sobre su lengua para saborearlo.

Luego, enfadado, apretó la araña con sus dedos hasta explotarla.

—Creo que estoy un poco mareado —dijo Coraje mientras trataba de rascarse la espalda. Vharis le ofreció agua y se puso a inspeccionar las picaduras. La fiebre subió en segundos.

—Hace frío —se quejó Coraje.

—No podemos quedarnos aquí, pronto va a amanecer.

Se adentraron en el bosque. Vharis cavó un pozo, lo cubrió con ramas y plantas y se enterraron juntos. Coraje transpiraba y temblaba; apenas podía respirar. La fiebre seguía subiendo. Le dolían todos los músculos.

De pronto, sintió un pinchazo en la espalda, y otro, y un tercero.

Eran los colmillos de Vharis succionando su sangre.

Coraje intentó defenderse pero estaba completamente inmovilizado.

Sintió un sueño pesado y cuando despertó ya habían pasado más de doce horas.

Era de noche otra vez. Vharis lo había arrastrado hasta un arroyo y le estaba lavando las heridas.

—¿Qué me hiciste?

—¿Qué crees?

—¿Soy un vampiro? —preguntó.

—Espero que no, solo succioné el veneno.

—Debes revolcarte en el lodo —le ordenó con los ojos enrojecidos.

—No quiero.

—El olor de tu sangre, no lo soporto, debes suprimirlo —explicó el sangre-fría.

Haber probado su sangre para extraer el veneno de la araña-avispa había sido una jugada riesgosa. La sangre del muchacho era dulce y tierna; Vharis apenas podía tolerarla.

Coraje cubrió su cuerpo con barro. Una vez seco, se vistió encima del lodo, colgó su morral y el paraguas detrás de su espalda. Y continuaron a paso rápido bordeando la ribera del arroyo unos kilómetros para volver a adentrarse en la selva.

Vharis estaba de pésimo humor, a pesar de que el cuerpo de Coraje estaba embadurnado en fango para evitar que su olor emanara por los poros. El sangre fría no podía dejar de pensar en su sangre caliente. Era insoportablemente tentador. Se lo notaba en su mirada.

Coraje intentó sacar algún tema de conversación, pero el vampiro rogó que se limitara a caminar.

Su mero aliento le provocaba ganas de devorarlo.

Encontraron un sendero. Tenía dos pares de huellas.

Lo siguieron durante un tiempo hasta que se dieron cuenta de que se trataba de sus propias huellas.

Estaban otra vez junto al mismo arroyo y pronto amanecería.

—Maldición —se quejó Vharis—. Estamos dando vueltas en círculos.

El vampiro rastreó el pozo donde habían pasado la noche anterior, lo cubrió con tierra y ramas.

—Búscate tu propio pozo —gruñó. Vharis sabía que si pasaba otra noche cerca de su cuerpo no lo resistiría.

A Coraje le tomó un buen rato acomodarse, pero imitando la técnica de Vharis pudo armar un pequeño búnker bajo tierra junto al suyo.

Estaba tan cansado que esta vez logró dormirse profundamente, hasta que el sol llegó a su máximo esplendor.

Se despertó pasado el mediodía producto de unas pisadas cercanas.

—Me informaron que andaban por aquí, un sangre-fría y un niño —dijo la voz de una mujer.

Se escucharon más pasos y voces de mujeres acercándose.

—Acamparemos aquí —sugirió una.

Coraje esperó inerte hasta que cayó la noche. Procurando no estornudar, se arrastró sigilosamente hasta el pozo de Vharis.

—Tenemos compañía —susurró.

—Lo sé. ¿Puedes correr? —susurró el sangre fría y Coraje asintió.

—Bien, será mejor que me des el paraguas.

Coraje dudó unos segundos. —El morral también —ordenó el sangre fría—. Debes ir ligero de pies y manos.

Dieron los primeros pasos suavemente. Un grupo de aprendices de brujas acampaba en el bosque. Había dos centinelas junto a un fuego vigilando. Coraje no tuvo mejor idea que pisar una rama seca revelando su posición.

—Corre —gritó Vharis—. No mires atrás.

Coraje se lanzó a la carrera, se sentía liviano y veloz como una flecha.

Trataba de seguir los pasos de Vharis, pero el sangre-fría se movía a una velocidad superior.

Comenzó a llover, primero fueron unas gotas gruesas y gordas lanzadas desde el cielo, seguidas de un chaparrón.

En pocos minutos estaban corriendo bajo un diluvio universal.

Coraje sentía voces y pisadas veloces detrás. Lo estaban alcanzando. No había señales de Vharis por ninguna parte. De pronto, alguien lo tomó por sorpresa derrumbándolo. Se trataba de Vharis.

—Shhh —ordenó mientras se ocultaban detrás de unos arbustos—. Ni respires.

Un grupo de siete mujeres encapuchadas pasó corriendo a toda velocidad sin notarlos.

La lluvia empeoraba. El viento comenzó a soplar arrancando árboles de cuajo. Vharis decidió buscar un escondite seguro donde pasar el resto de la noche. Pisaban sobre agua y lodo y, sin saber cómo, se vieron arrastrados por una corriente de agua que los escupió en un torrentoso arroyo.

Coraje era un buen nadador, pero vestido era difícil moverse en el agua. La corriente los llevaba cada vez más rápido río abajo. Se escuchaba una caída de agua más adelante. Se trataba de una cascada con una caída de más de seis metros.