SI TE MUEVES
TE MUERES
Cruzaron la frontera dejando atrás Estrasburgo.
Caminaron uno detrás del otro a paso ligero; el claro de la luna generaba todo tipo de sombras bajo el tupido bosque.
A la madrugada se detuvieron en un pequeño poblado franco-alemán de unas pocas cabañas.
Vharis tomó prestada una pala y se volvieron a adentrar en el denso bosque buscando un lugar seguro donde acampar.
Vharis comenzó a cavar una fosa, mientras maldecía. El trabajo pesado no era su mayor pasión.
—Bien —dijo el vampiro acostándose en el pozo de dos metros de profundidad—. Ahora debes cubrirme, mañana por la noche seguiremos.
—No pienso meterme en ese pozo contigo —se quejó Coraje.
—No estás invitado.
—¿Y dónde duermo?
—El bosque es grande.
Sin alejarse demasiado, encontró unos matorrales donde se acurrucó. Vharis lo había obligado a meter un aislante en su morral antes de salir del Gramercy; ahora entendía que era para no amanecer mojado. Abrió el paraguas armando una suerte de carpa y se abrigó con toda la ropa que pudo.
Intentar dormir de día era peor que una pesadilla de noche.
A la precaria carpa le cayó el rocío, luego el sol empezó a asomarse.
Se sumaron mosquitos, ranas, caracoles. La temperatura comenzó a elevarse y finalmente, se levantó resignado sin haber pegado un ojo.
Coraje no veía la luz del sol desde que había llegado a París dos días atrás.
Coraje metió la mano en su morral y después de revolver un poco, sacó un par de anteojos oscuros que Vharis también le había recomendado llevar.
Nota para el lector: este no es el bolso mágico de Mary Poppins, ni la señorita Granger.
Es simplemente un pequeño morral bien equipado.
Luego se acomodó entre los matorrales y trató de dormitar el resto del día.
Se despertó con la voz de Vharis —Bien, veamos por dónde seguir —dijo sacando un viejo mapa. Coraje abrió un ojo, ya era de noche.
—Creí que conocías la ruta.
El mapa estaba plagado de anotaciones con cruces rojas en todos los pueblos más importantes: Offenburg, Freudenstadt, Rotenburg, Ballingen.
—Debemos bordear todas las aldeas, sin entrar a ninguna. No queremos llamar la atención, podría haber vigías del Club de Berlín vigilando. Tomaremos el desvío a Rottweil, es un día más de viaje, pero es lo más seguro.
A Coraje le llamó la atención que en el mapa de Vharis había una señal que tenía una advertencia con la palabra DROGLL, escrita en mayúscula.
—¿Drogll?
—Ni preguntes.
—¿Qué son?
—Hay una sola cosa que debes saber sobre los Droglls, si llegas a toparte con uno; corre.
—¿Cómo sabré si me topo con uno?
—Lo sabrás —dijo y su voz se quebró.
—¿Qué sucede?
—No quieres saberlo.
Vharis había vuelto a perder sangre durante la noche y su aspecto estaba desmejorado. Las gotas que había bebido del brazo de Julio no habían sido suficientes.
Katia le había leído a Coraje algunos pasajes sobre vampiros en la biblioteca de su padre.
Si Vharis decidía atacarlo, podría hacerlo de dos maneras: la primera, sorprenderlo hundiendo sus colmillos en su cuello, transformándolo en un joven vampiro.
La segunda sería partirle primero el pescuezo y luego succionar su sangre aún caliente después de muerto, evitando de esta manera la abominable conversión.
El resto de la noche Vharis se mantuvo callado, le pidió a Coraje que caminara unos metros detrás de él, por el sinuoso sendero que los sumergía cada vez más en las profundidades de la Selva Negra.
De esa manera el olor a sangre fresca era menos potente y su cabeza se volvía a centrar en su misión: llevar al muchacho sano y salvo hasta el castillo de Hohenzollern, cobrar la jugosa recompensa y desaparecer por los próximos 200 años de la faz de la tierra.
Vharis no era el único que había desmejorado; los dolores de panza y la falta de sueño tenían a Coraje a media máquina. La sola idea de pasar los siguientes días viajando de noche y durmiendo de día, lo agotaba.
La tupida selva se ponía a cada paso más oscura y el sendero, menos amistoso. Ya no había señales de la luna y apenas lograba ver a Vharis delante de él. Tras tres horas de silenciosa caminata, se detuvieron a tomar un breve descanso.
—Si te mueves, te mueres —dijo Vharis cuando se volteó.