El secreto del dragón escondido EN PELIGRO
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EN PELIGRO

Coraje y Vharis discutían en la entrada de la Capilla de Expiación. El vampiro se oponía a que fueran a la boda, pero el joven insistía; Coraje se negaba a creer que Diciembre o Katia pudieran hacerle daño.

—En este momento Diciembre es un títere, podría asaltar un banco o asesinar al primer ministro francés y luego no recordar absolutamente nada.

—No puedo dejarlos así, Vharis. Al menos podría intentar hablar con ellos.

—Es riesgoso —aseguró Vharis—. Si te mostró un rostro de demonio, fue una advertencia.

—No tengo miedo —contestó.

—Diciembre podría intentar matarte —le advirtió Vharis pensando además en no comprometer su paga.

Coraje estaba decidido, cogieron un taxi por Champs Elysées hasta llegar al palacete donde se celebraba el banquete matrimonial.

Tal como Coraje había supuesto, Diciembre y Katia también habían sido invitados a la boda.

Pasaron a un salón donde servían bebidas y alimentos.

El mayordomo estaba parado en un rincón inerte.

Coraje se acercó para conversar con él. Vharis observaba alerta.

Si algo le llegaba a pasar, se quedaría sin paga.

—Hola —dijo, pero Diciembre ni se volteó.

—Bonita fiesta —agregó.

—Diciembre, ¿te sientes bien? ¿Dónde está Katia?

—Mátalo —susurró Diciembre como si alguien moviera sus labios. De pronto, alguien los interrumpió. —Hola —los saludó Consuelo.

—¡Qué bueno que encontraste a tus amigos! ¿Dónde está la pelirroja? Espero que no te ofendas, pero serás el primero en bailar el vals conmigo.

Lo tomó de la mano y lo guio hasta la pista de baile.

—Es tiempo de irnos —dijo Vharis acercándose.

—Ni siquiera empezamos a bailar —protestó Consuelo.

Un cuchillo rozó un mechón de la novia y se clavó en la pared a pocos metros más atrás. Había sido Katia. Detrás de ella Diciembre desenfundaba un arma.

Vharis tomó del brazo a Coraje y a la velocidad de la luz se escabulleron de la boda. Subieron al primer auto que encontraron, tenía las llaves puestas. Aceleraron. Se escuchó otro disparo.

Coraje miró por el espejo retrovisor. Diciembre y Katia estaban parados en la entrada del palacete. El personal de seguridad los estaba deteniendo.

—No puedo dejarlos así —dijo intentando abrir la puerta. Coraje estaba listo para saltar con el auto en movimiento.

—Detente; si quieres rescatar a tus amigos, primero hay que llegar a Hohenzollern; no hay nada que hacer ahora.

Coraje miró a Vharis y saltó. Rodó por la calle raspándose las rodillas y corrió de regreso.

—Déjenlos ir —gritó forcejeando con el personal de seguridad.

Katia y Diciembre lo observaban sin mostrar emoción alguna, como si fuera un perfecto extraño.

En medio de la trifulca, una bala se disparó accidentalmente y Vharis, quien venía corriendo desde atrás para no perder su paga, cayó al suelo tomándose el abdomen.

Coraje se acercó para asistirlo. —Es solo sangre, de hecho, ni siquiera es mía; debemos irnos. Esta no es la forma de rescatar a tus amigos. Tenemos que llegar a Hohenzollern, Sir Jules Le Blanc y su esposa pueden resolver este problema sin daños a terceros.

—No —se negó Coraje—. No voy a dejarlos.

Consuelo y Los Jinetes del Mar se acercaron. —El sangre fría tiene razón. Deben irse; nosotros los vigilaremos, no presentaré cargos.

Coraje miró a Diciembre buscando alguna señal de auxilio, pero este le mostró un rostro diabólico otra vez; ese no era su fiel mayordomo. Golpeando el suelo con las palmas abiertas subió al taxi con el malherido sangre fría.

Pasaron a retirar sus cosas por el motel y telefonearon a Voltier para que Julio, su lazarillo, pasara por ellos de inmediato.

Antes de medianoche escucharon el ruido de un motor en la entrada.

El coche parecía un automóvil fúnebre, completamente tapiado y oscuro en la parte de atrás para trasladar a Voltier de día en viajes largos.

—Despídanse de Paname, o les traerá mala suerte —dijo Julio antes de que subieran.

Al cabo de varias horas de manejo Coraje intuyó que afuera estaba amaneciendo; lo notó por el calor que empezaba a calentar la cajuela del automóvil.

El auto hizo un brusco giro y Vharis rodó sobre el baúl.

Viajar encerrado en la cajuela de un auto con un vampiro era algo que Coraje jamás había planeado cuando partió de Manhattan.

Julio condujo el resto del día y solo frenó para echar combustible. Estaba por atardecer cuando el auto se detuvo en una colina. Ya habían atravesado Estrasburgo, el último límite con Alemania.

Coraje se despertó acalorado, famélico. Comenzó a patear la puerta del baúl para salir a tomar aire, hasta que Julio le abrió.

El atardecer impregnaba las nubes tiñéndolas de naranja, como anilina al algodón, en una fábrica a cielo abierto. Coraje tuvo que cerrar los ojos para que el naranja fosforescente no le quemara las pupilas.

—Ten —le ofreció Julio unos anteojos —te servirán hasta que vuelvas a acostumbrarte.

—Gracias.

—Cuando conocí a Voltier, me tuvo encerrado en uno de sus calabozos tres meses sin ver un halo de luz —le confesó.

Se escuchó un golpeteo y un quejido dentro del auto. Era Vharis, quien pedía ayuda para salir de la cajuela. Ya estaba oscuro y solo los faros del auto iluminaban la lomada donde habían estacionado.

—Eres muy joven como para andar con vampiros —agregó Julio—. Si deseas escapar puedo detenerlo para darte ventaja.

—Lo necesito.

—Si necesitas de las fuerzas del mal, para alcanzar el bien, es posible que termines alcanzando el mal también —dijo Julio y abrió la cajuela.

El vampiro lucía terrible, había perdido sangre, se quitó la camisa, mas no tenía cicatriz alguna.

—Voy a necesitar una camisa limpia —soltó Vharis y luego arrojó una moneda en el aire que Julio atrapó como un sapo a una mosca. El cuerpo de Julio estaba repleto de pequeñas cicatrices que las mordidas de Voltier le dejaban cada vez que se alimentaba.

—¿Dónde estamos? —preguntó el vampiro.

—En las afueras de Estrasburgo, bajando la colina, encontrarán un sendero que los llevará al otro lado de la frontera hasta tierras alemanas.

—¿Qué pasará con Katia y Diciembre? —preguntó.

—Estarán bien —dijo Vharis dándole una bolsa de monedas a Julio—. Voltier se ocupará de pagar una buena suma al Club de París a modo de fianza temporal.

—¿Temporal?

—No traigo tanto oro encima. Hay que pedir más en Hohenzollern.

Antes de partir, Julio le ofreció su mano a Vharis y este bebió.

Las pupilas de Vharis se abrieron y sus ojos se pusieron rojos.

Fue apenas un sorbo, lo suficiente como para no convertir a Julio en vampiro.

El pobre muchacho era un lazarillo, su tarea era satisfacer los pequeños antojos de los sangre-frías.