VOLTIER
Pasaron el resto del día encerrados en la apestosa habitación. Cuando el sol terminó de caer, Vharis lo despertó.
Coraje bajó de la cama y sintió una terrible punzada en el abdomen. El estómago se puso duro como roca y pensó que las tripas saldrían por su boca. Se arrastró en la oscuridad hasta su morral y echó unas gotas debajo de su lengua. Pocos segundos después, estaba de pie como si nada hubiera pasado.
—¿Siempre te levantas así?
—Solo cuando tengo hambre.
Entraron en un restaurante parisino. Ordenaron dos bifes con patatas; Vharis no probó bocado.
—¿Algún problema con su plato, señor? —le preguntó la camarera.
—Ninguno —respondió el sangre-fría mirando el cuello de la muchacha, mientras que Coraje le cambiaba su plato para seguir comiendo. Últimamente, Coraje sentía que tenía que comer por dos para saciar su apetito.
Luego cogieron un taxi hasta el centro. Se detuvieron frente a una mansión racionalista con rejas negras altas. Vharis llamó tocando una pequeña campana.
Un joven increíblemente apuesto salió a su encuentro. —¿Quién llama?
—Samuel Vharis —contestó con tono engreído.
—El señor Voltier descansa, no puede atenderlos ahora —les explicó el joven.
—Vamos, gordo, sé que estás ahí mirándome desde algún escondite, abre de una vez las rejas —gritó Vharis.
El joven miró hacia una de las ventanas en busca de aprobación. Luego, moviendo las llaves nervioso, abrió. Observó preocupado a Coraje. —Será mejor que el niño espere afuera.
—Viene conmigo —lo cortó en seco Vharis.
La casa estaba oscura; casi todas las ventanas estaban tapiadas.
El ambiente estaba húmedo y apenas iluminado por algunos candelabros.
El joven los guio hasta una sala donde les pidió que tomaran asiento.
Se escucharon pesados pasos, un hombre obeso se presentó en la sala. Su panza era dos veces la de un cerdo.
—Vharis —dijo con una voz gruesa mostrando todos sus colmillos. No parecía muy contento de verlo. Luego miró a Coraje y sus fosas nasales se abrieron.
—Gordo bello —respondió Vharis.
—¿Qué problema traes a Lutecia? —preguntó Voltier. Cuando se trataba de Vharis, siempre había desorden.
—Diablos, gordo, ¿qué te ha pasado? Estás peor que nunca —se burló Vharis al ver el tamaño de su abdomen.
—Acabo de cenar. ¿Entiendes lo inoportuno de tu visita? ¿Simón sabe que estás en la ciudad?
—Simón, Simón, todos le temen hoy día.
—Tengo poca paciencia, dime por qué me molestas a estas horas.
—¿Estás respetando la Regla? —preguntó Vharis aunque ya conocía la respuesta. La Regla de los 100 días era una tradición entre la comunidad de los sangre-fría, que establecía una dieta para alimentarse cada 100 días.
Vharis era un vampiro de la vieja estirpe y estaba acostumbrado a cumplir con La Regla. Sin embargo, algunos chupasangres más afrancesados, como Voltier, se alimentaban en forma desordenada.
—100 días, una vez por semana... ¿qué más da? ¿Has venido a sermonearme sobre viejos hábitos, Vharis? ¿Quién es esta hermosura? —preguntó mirando a Coraje con ojos saltones.
—Timotheo Coraje —lo presentó Vharis.
—Witchhunter —respondió el vampiro con simpatía.
Voltier despreciaba a la comunidad de brujas, y si bien se mantenía neutral, simpatizaba más con los adeptos a la Orden de Hohenzollern. Es por eso que Vharis había acudido a él.
—Necesito un auto y un chofer que nos lleve hasta la frontera con Alemania.
—Vienes a mi casa, pones en peligro mi relación con Simón, te burlas de mi gordura. ¿Y pides favores?
—Pobre Simón, tan acartonado —sonrió Vharis y ambos se rieron a carcajadas.
—Te saldrá caro, tendré que taparle la boca a varios.
—Lo sé, gordo —respondió Vharis y arrojó una bolsa repleta de monedas de oro.
Voltier chasqueó los dedos y el apuesto jovencito que les había abierto la puerta entró en la oscura sala.
—Les presento a Julio. Él los llevará a la frontera. El auto es una maravilla; está diseñado para que no entre un rayo de sol.
—¿A qué hora desean salir? —preguntó el sirviente en forma educada.
—Todos vienen a Voltier cuando están en apuros, sería lindo que alguna vez solo vinieran a visitarme.
—Prometo hacerlo, pero tú debes prometerme que harás un esfuerzo por ponerte a dieta —dijo Vharis y agregó—: mañana, tres horas después de la medianoche.
—A propósito —continuó Vharis con un aire picaresco —¿De casualidad no tendrás dos trajes? Tenemos una fiesta a la que asistir.
—Han venido al lugar correcto —respondió Voltier, quien era un amante de la ropa fina y compraba trajes para todos sus sirvientes.