El secreto del dragón escondido JÖRMUNDGANDER
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JÖRMUNDGANDER

En medio de la noche Coraje sintió una puntada en el estómago que no pudo disimular. Torpemente, abrió su morral y tomó dos gotas como el Dr. Patterson le había indicado. El dolor cesó de inmediato.

—¿Estás bien? —le preguntó Consuelo semidormida y Coraje asintió con un movimiento de cabeza.

—¿Quieres ir a ver el amanecer? —le ofreció y ambos subieron a cubierta. A lo lejos el mar parecía tornarse dorado debido al reflejo del sol, que generaba un espejo de luz que les encandilaba los ojos.

—Mi padre nació en Islandia, él solía contarme historias de marineros nórdicos que eran embrujados por la Jörmundgander, una serpiente marina, que enloquece a los tripulantes.

La Jörmundgander, también conocida como Midgarthormr, está impregnada de escamas doradas que le dan al mar un aspecto de oro líquido.

Los marineros —agregó haciendo una pausa— se lanzan al agua para tratar de recoger el oro, mientras son devorados por ella.

Cuenta la leyenda que Midgarthormr busca comerse su propia cola y cuando lo consiga desatará el Ragnarok, el fin del mundo.

Según el mito, cuando el Ragnarok se desate, la Jörmundgander será controlada por el capitán del barco malnacido, el Naglfar.

—Pero es solo un fenómeno meteorológico —dijo sonriendo—.

Aunque si el agua está dorada, yo no me arrojaría a comprobarlo.

Luego de tres días de navegación divisaron faros en la costa, señal de que en pocas horas llegarían a Francia. Tocaron amarra en el puerto de Trouville, desde allí continuarían por el Sena hasta París. La policía portuaria la obligó a anclar y detenerse para una inspección ocular del velero.

—Bienvenidos a La France —dijo sonriendo el oficial—. ¿Motivo de la visita? —preguntó firmando los documentos.

—Boda —respondió Consuelo. Luego pagó los impuestos y continuó navegando por el Sena hasta el atardecer.

El sol se estaba poniendo cuando Coraje salió a la cubierta. Consuelo estaba aferrada al timón.

—Estamos entrando en París. Hay un motel en la Rue Lagrange, es fácil llegar si sabes algo de francés.

—Croissant —respondió Coraje sonriendo.

—Vas a necesitar esconder esa sonrisa de Donjuán por unos días, ese motel hospeda a lo peor de la ciudad, desde asesinos hasta escritores; el servicio es pésimo, no limpian las habitaciones, pero no te molestarán mientras pagues por anticipado.

A nadie le importará que te presentes con un sangre-fría.

Esperaron a que oscureciera para soltar a Vharis. Cortaron las cadenas que lo tenían atrapado y allí estaba acostado inerte. Consuelo lo apuntó con un arpón directo al corazón.

—¿A qué se debe tanta hostilidad? —se quejó.

—¿Estás seguro que deseas irte con este imbécil? —le preguntó a Coraje.

—Me gustan las mujeres rudas, no gritan hasta el final —dijo Vharis mostrando sus colmillos con arrogancia; Consuelo escupió sobre el suelo en señal de desprecio.

—Hey, muchacho, si mañana siguen por aquí, estás invitado a la boda, el vampiro también puede venir —dijo antes de dejarlos bajar.

La embarcación se detuvo en un muelle semiabandonado en las afueras de París.

Coraje y Vharis se escabulleron entre los árboles adentrándose por el extremo noreste.

Se movían rápido. Vharis se notaba más cauteloso que de costumbre, la capital de la moda no era su ciudad predilecta y lo último que deseaba era cruzarse con su viejo colega Simón.

Antes del amanecer habían llegado al hotel en la Rue Lagrange.

Se trataba de la típica construcción parisina, con una puerta grande en forma de arco, ventanas de hierro altas y techos de doble altura.

El hotelucho, tal como Consuelo lo había indicado, era una pocilga y nadie les prestó atención al llegar.

—Son 5 francos la noche, solo quedan dos habitaciones —advirtió la mujer detrás del mostrador.

—Tomaremos la que tenga menos luz —afirmó Vharis.

—Ambas son una porquería —contestó la mujer tomando el dinero—. Las reglas de la casa son claras, no hay desayuno, ni servicio de limpieza; mucho menos se admiten quejas.

—Excelente —respondió Vharis, dándole una propina adicional.

—Si lo que busca es oscuridad, la habitación del contrafrente en el primer piso es la indicada, hay que tener la luz encendida a la mañana si uno se quiere atar los zapatos.

Cuando entraron, una rata caminaba por la ventana. La habitación estaba llena de polvo y olía a rancio. Las paredes estaban descascaradas.

Antes de quedarse dormido Coraje recordó la cómoda habitación en el Gramercy Park en Manhattan. Eso era una cama, siempre fresca, con resortes firmes y Diciembre al pie del cañón para lo que necesitara.