CONSUELO Y LOS
JINETES DEL MAR
La embarcación que les asignaron era un velero de 60 pies, con tres mástiles en su eje. Según Consuelo, su capitana, se trataba de una nave veloz aunque algo inestable.
El camarote de Vharis estaba en el fondo del velero; trabaron la puerta con robustas cadenas y seis candados. Nada de eso detendría a Vharis en un ataque de hambruna, pero al menos les daría tiempo para saltar por la borda si la cosa se ponía fea. A los vampiros no les gusta el agua.
No era la primera vez que Consuelo tenía que encerrar a un sangre-fría como medida de precaución.
El mismísimo Capitán Richard Anderson había sufrido los encierros y encadenamientos a bordo del Nautilus, cuando se resistía a alimentarse.
Consuelo y los Jinetes del Mar habían permanecido unidos por más de una década, ayudando al Capitán Anderson a pasar desapercibido y encubriendo sus asesinatos a cambio de asilo.
Convengamos que el pasado de Consuelo y los Jinetes del Mar era algo borrascoso.
—Oye, muchacho —sugirió uno de los tripulantes—, podemos deshacernos del sangre-fría si lo deseas y echarlo al agua en plena luz de sol.
—Lo necesito para llegar a Hohenzollern.
—¿No te da escalofríos? —insistió el marinero.
—Un poco.
—Esa mirada helada y que no respiren me ponen los pelos de punta —confesó Gurca.
Se levantó una ventisca marítima; un puño de amuro se zafó y la botavara se disparó directo a la cabeza de Coraje, quien pudo arrodillarse justo a tiempo para esquivarla.
—¡Muévete! —le gritó Consuelo—. El que no trabaja estorba; toma esa soga, jala a babor.
Coraje tomó la soga y jaló a la derecha.
—A babor —lo corrigió Consuelo.
—A la izquierda, niño —le explicó otro tripulante mientras bajaba como mono del mástil más alto. Babor es izquierda. Cuidado —le advirtió.
Una vela menor lo golpeó en el pecho arrojándolo al océano. Todavía no había tocado el agua cuando Coraje vio saltar a Consuelo desde la proa para rescatarlo. Gurca les arrojó una soga para jalarlos a bordo otra vez.
—Tienes suerte de que las aguas estén calmas. En plena tormenta, nadie se arrojaría a rescatarte —lo regañó.
—Lo siento.
—Sería más seguro si te quedaras en tu camarote.
—¿Podrías enseñarme? —preguntó tímidamente.
—Babor es izquierda y cuando alguien grita que bajes la cabeza, solo bájala.