EL CAPITÁN ANDERSON
Vharis y Coraje se movieron sigilosamente por la ciudad, evitando a las wiccas descabezadas del Club de Lisboa, hasta regresar al Nautilus. El Capitán Anderson caminaba por la cubierta del brazo de la condesa de Lotti. La mujer estaba pálida.
A Coraje le llamaron la atención sus ojos grises-amarillos con un dejo de rojo en el centro de sus pupilas. Cuando la mujer lo vio, mostró sus colmillos, pero el Capitán Anderson la contuvo.
—Todavía está aprendiendo a controlarse —dijo extendiendo su mano para saludar a Vharis—. ¿Qué los trae de nuevo por aquí?
—Necesitamos una embarcación rápida y una tripulación de confianza que no tema llevarme con ellos. Tenemos que estar en Berlín en menos de una semana.
—Consuelo y los Jinetes del Mar los escoltarán hasta París. La paga pueden resolverla con ella. ¿Cierto, Consuelo? Considéralo un regalo de bodas.
—¿París? —se quejó Vharis.
—Es lo único que tengo para ofrecer.
Un momento. Seguramente el lector esté pensando: ¿cómo? ¿El Capitán Anderson era el vampiro a bordo del Nautilus? ¿Qué vínculo existía entre Vharis y Anderson? Si no lo dedujeron todavía no se preocupen, Watson tampoco lo vio.
Vharis había elegido ese buque por sus vínculos con el Capitán Anderson, otro vampiro y colega con quien compartía una historia pasada. Viajar a bordo del Nautilus era garantía de tranquilidad.
Respecto a Consuelo y los Jinetes del Mar, se trataba de un grupo comandado por una mujer y 3 marineros que trabajaban para el Capitán Anderson a cambio de asilo.
Unos meses atrás, Consuelo se había enamorado de un pasajero, un principito francés fanático de la aviación quien le había propuesto matrimonio.
Luego de una ardua negociación con el Capitán Anderson, el vampiro había cedido a la petición, teniendo en cuenta la aristocrática posición que el candidato ofrecía.