LA BODA
La boda se celebraba en la Capilla Expiatoria de París. Luego los invitados se trasladarían a un palacete, propiedad de la familia del novio, para el banquete y baile. Bien vestidos y en elegante carruaje, llegaron Coraje y Vharis. La novia ya había entrado y la capilla estaba repleta.
Vharis, por cuestiones obvias, esperó afuera.
Los sangre-frías y las iglesias no son buenos compañeros.
Coraje se acomodó en el ala derecha de la capilla desde donde tenía una buena visual.
La novia estaba radiante, aunque para la alta clase aristócrata parisina estaba un tanto, cómo decirlo, bronceada.
Consuelo llevaba un encorsetado vestido y sobre su cabeza habían armado un peinado, digno de una princesa de Disney. Se escuchaban halagos también sobre el novio, un atleta con un cuerpo escultural.
Consuelo se volteó para dar un último vistazo a su vida de soltera. Se alegró al ver a Coraje a un costado de la iglesia con su elegante smoking. Respiró con una sonrisa y le dio su mano al apuesto novio.
La pareja se había conocido en un accidentado episodio a bordo del Nautilus, cuando un pasajero había caído por la cubierta y Consuelo había saltado al mar para salvarlo.
El resto del viaje, Consuelo y el joven francés se la pasaron paseando por cubierta; el romance fue instantáneo.
A pesar de ser hijo de una adinerada familia aristócrata, el muchacho era sencillo y aventurero.
Antes de terminar el viaje, le había propuesto matrimonio a la flamante marinera, quien aceptó entusiasmada sin saber que el joven provenía de una acaudalada familia.
Faltaba poco para que terminara la ceremonia cuando, al otro lado de la capilla a Coraje le pareció ver a Diciembre. Sentada a su lado, Katia, con su pelirroja cabellera, miraba en forma solemne al altar.
Le llamó la atención la rigidez con la que tanto Diciembre como Katia observaban la ceremonia. Estaban sentados, con las manos a sus costados, la mirada enfocada en el altar y el único indicio de vitalidad era un extraño pestañeo.
De pronto, Diciembre volteó su cabeza y le clavó los ojos. Coraje le devolvió una sonrisa, pero el mayordomo no se inmutó. Entonces Diciembre susurró algo al oído de Katia y ella también se volteó bruscamente para mirarlo. Katia tampoco le devolvió la sonrisa y volvió a mirar al frente.
Algo andaba mal. Lo primero que Coraje supuso fue que le estaban haciendo una broma, pero al cabo de unos minutos dejó de ser gracioso. Tal vez Diciembre y Katia estaban siendo vigilados, pensó.
Diciembre volvió a voltear para mirarlo, pero esta vez la cara del mayordomo no era la misma. Su rostro comenzó a desfigurarse; parecía un demonio.
Afuera de la capilla, Samuel Vharis fumaba un cigarro mirando a la gente pasar y pensando en su glorioso futuro.
Su plan marchaba a la perfección. Necesitaba reunir una considerable suma de oro para completarlo.
No le faltaba demasiado. La recompensa por llevar al muchacho hasta Hohenzollern era vital.
El vampiro tenía deudas por saldar y el resto lo usaría para comprar un pequeño castillo en Bulgaria, donde pasaría los próximos 100 años durmiendo de día y viviendo de noche.
Contrataría, como todo sangre-fría importante, fieles sirvientes, para que le cuidaran las espaldas.
Ya lo había hecho antes de que su fortuna se agotara y estaba cerca de conseguirlo otra vez. Solamente tenía que llevar a Coraje sano y salvo hasta Hohenzollern.
El vampiro estaba por apagar el cigarro cuando un hombre de unos aparentes 35 años se sentó a su lado. Era alto, rubio y muy bien parecido.
—Te iría mejor si dejaras de trabajar para el enemigo —dijo con voz rasposa sin siquiera mover la cabeza.
—Solo trabajo para mí —respondió Vharis enseñando sus colmillos; había reconocido al sujeto cientos de metros antes. Se trataba de Simón Foix-Grailly, un vampiro parisino interesado en una sola cosa: oro. Aunque de apariencia joven, era casi tan viejo como Vharis.
—¿Para qué quieres el oro de Hohenzollern?
No me digas nada: para volverte a esconder los próximos trescientos años, holgazán.
Cuando lo recibas, ¿por qué no inviertes tu botín con nosotros?
Tus problemas financieros estarían resueltos y también tu pellejo.
Un vampiro tan viejo como tú ya debería haber aprendido la lección; vampiros y brujas somos los mejores capitalistas del sistema.
—No me agradan las finanzas, Simón —contestó Vharis.
—¿Por qué eres tan terco?
—Porque puedo —replicó Vharis enseñando sus colmillos.
—Si no gozaras de la protección de la casa de Moethe, estarías muerto —le advirtió Simón.
—Traje tu paga —dijo Vharis y deslizó una bolsa con monedas de oro para ponerle fin a una antigua deuda.
—El Club de París no te quiere aquí, serás un vampiro muerto si no desapareces.
—Pensé que ya estábamos muertos —se burló.
—No es gracioso, Samuel Vharis, las wiccas de París están nerviosas. Hace siglos que no las veía así, el diario de Maddam Thenesis jamás debe ser hallado y, como de costumbre, tú estás involucrado.
—¿Por qué es tan importante? —preguntó Vharis.
—Pensé que solo te interesaba el oro —se mofó Simón esta vez—. El diario de Maddam Thenesis esconde el secreto del dragón. Aquel que lo encuentre tomará el control.
—Esta noche me marcho —replicó Vharis encendiendo otro cigarrillo.
—Esta noche podría ser tarde —replicó Simón—. El mayordomo y la pelirroja fueron troleados por el Club de París, por pedido de Lord Morlocke, deben marcharse ahora.