El secreto del dragón escondido TÉ PARA CUATRO
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TÉ PARA CUATRO

Diciembre levantó la taza de té y bebió sin saber que eso no era una simple taza de té.

—Puaaaaj —se quejó el mayordomo.

—Rápido, beban o se perderán la visión —insistió la Señora Greenich.

Katia levantó la taza y bebió sin pensar. Coraje se vio obligado a repetir la misma acción. A los pocos segundos los tres habían entrado en trance.

—Será divertido —prometió la Señora Greenich.

Los ojos de Coraje se sintieron pesados y el sueño se tornó insoportable.

Cuando los abrió ya no estaba en el camarote.

Estaba agitado, corriendo en la oscuridad, rodeado de una tupida maleza.

Se abría paso entre ramas y hojas que golpeaban su cara.

Corrió hasta un claro, donde la luz del sol le permitió ver a su alrededor.

Estaba en un bosque. Se escuchaban pisadas detrás de él y se lanzó a la carrera nuevamente abriéndose camino, hasta que tropezó cayendo en una suerte de trampa que lo elevó varios metros en el aire.

Se trataba de una jaula aérea hecha con sogas.

Coraje lo veía todo desde su jaula colgante. Katia estaba en el suelo; no se movía; estaba muerta. A pocos metros, Diciembre se desangraba y algo grande se acercaba.

La primera en volver del trance fue Katia. Por más que lo intentó, no pudo retener las ganas de vomitar ese horrible té. Luego Diciembre abrió los ojos y lo primero que hizo fue tocarse las piernas, suspiró aliviado y, al igual que Katia, vomitó.

La Señora Greenich mojó sus labios con la lengua, se la notaba satisfecha.

—¿Qué sucede con él? —preguntó Katia al ver que Coraje seguía en un profundo trance con sus ojos ennegrecidos.

—Todavía sigue con vida, por eso no ha despertado —le explicó la Señora Greenich y luego pellizcó con fuerza el brazo de Coraje, quien abrió los ojos desorientado y al igual que los demás, vomitó.

—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Diciembre intrigado.

—Nada de lo que pasó fue real, pero es lo que va a sucederles si deciden tomar el camino a Hohenzollern juntos.

—¿Cómo puede estar tan segura? —preguntó Coraje.

—Hagan lo que quieran, mi tarea era advertirles.

—¿Qué es lo que sugiere, Señora Greenich? —inquirió el mayordomo.

—El niño y el vampiro deben viajar solos. Es imposible que un grupo de cuatro pueda cruzar la Selva Negra sin ser vistos. La visión fue clara, el único que tiene chances es el muchacho; ustedes solo lo demorarían.

—La bruja tiene razón —afirmó Katia.

—Prefiero que me llamen Señora Greenich, si no es mucha molestia, querida.

—¿Cómo sabemos que no nos engaña? —preguntó Coraje.

—No tienen más remedio que confiar —dijo sacando una bolsita de cuero de su bolsillo y se la entregó a Coraje—. Cuando llegue el momento, deberás entregar estas semillas a una vieja amiga, ella sabrá qué hacer.

—¿Para qué quiero semillas? —preguntó Coraje.

—Georgina te lo explicará llegado el momento.

—¿Quién es Georgina? —preguntó Diciembre.

—Georgina Stormback. Cuando la veas, lo sabrás; creo que tocaremos puerto en la madrugada. ¿Más té? —les ofreció encantada de tenerlos allí.