LA BRUJA BUENA
Cuando el hombre del elegante traje azul abrió la puerta del consultorio, le sorprendió que, en lugar del doctor, hubiera una mujer regordeta sentada en la camilla.
—¿Quién es usted? ¿Dónde está el doctor? —preguntó confundido.
—Soy la Señora Greenich. ¿Y usted?
—Roger Kierg.
—Bien, señor Kierg. ¿Por qué no espera su turno afuera como todo el mundo?
—Pero ¿el niño que acaba de salir?
—De ninguna manera, estoy esperando al doctor aquí desde hace más de media hora. Vamos, afuera antes de que grite; soy una dama.
La Señora Greenich se había hecho pasar por el Doctor Patterson, embrujando a Coraje y a Katia para que no la reconocieran.
Esa misma tarde la mujer golpeó la puerta del camarote de Diciembre. El mayordomo tenía la falsa sensación de que la Señora Greenich estaba emocionalmente interesada en él.
—Diciembre, tenemos que hablar —dijo la anciana respirando pesado.
—Ahora estoy algo apurado.
—Diciembre —replicó la mujer elevando la voz—, estoy harta de sus respuestas evasivas, deje de jugar a la estrella de cine y hágase el favor de comportarse como un caballero.
—Señora Greenich, soy un hombre sin futuro.
—En eso coincido.
—Señora Greenich, lo nuestro nunca funcionaría.
La mujer estalló en carcajadas y dio una fuerte palmada a Diciembre en la espalda. —Usted, jajá, ¿Un viejo verde deshuesado? Me va a matar de un infarto, Diciembre. No voy a negar que su sonrisa es encantadora, pero no.
—Escúcheme bien, a las 9 en punto, en mi camarote, traiga a los niños. Es un asunto de vida o muerte.
A las 9 menos cinco minutos, Coraje y Diciembre golpearon a la puerta de su camarote.
Katia ya estaba allí. Les sorprendió que no hubiera nada para comer ni beber.
Tenían la falsa idea de que la Señora Greenich quería armar una pequeña reunión de despedida.
Faltaba poco para tocar puerto en Portugal.
—Tomen asiento —les indicó señalando una diminuta mesa redonda en el apretado camarote—.
Bien, seré franca; sé perfectamente quiénes son.
Tú eres el pequeño Coraje, hijo de Sir Benjhamin y Ana Wilson.
Viajan a Europa a visitar a tu padre que está malherido.
Llevan consigo un objeto precioso, un paraguas muy especial.
Oh, no se preocupen, no me interesa tomarlo.
—También sé que no viajan solos. Llevan un vampiro con ustedes, no me gustan los sangre-fría, me dan urticaria; él los guiará a través de la Selva Negra hasta el castillo de Hohenzollern, ¿Cierto? Oh, no tienen que contestarme; lo sé todo.
—¿Es una bruja, verdad? —preguntó la señorita Novik.
Diciembre y Coraje se levantaron de la mesa de un salto, mientras que Katia permaneció sentada sin alterarse.
—Las chicas siempre somos más inteligentes. ¿Cómo supo de mi condición, jovencita?
—Las primeras veces pensé que era por casualidad, pero luego empecé a observarla. Usted está siempre un paso adelante.
—Interesante —dijo la Señora Greenich—. Continúe.
—La primera noche me preguntó si tenía novedades de mi padre. Creí que tal vez Diciembre le había contado sobre su desaparición, pero luego le pregunté y esa información no había salido de su boca.
—Y en el restaurante, cuando accidentalmente derramé mi café hirviendo, usted ya había corrido su silla antes de que sucediera o cuando se abrió una puerta intempestivamente en uno de los pasillos y se echó hacia atrás antes de que la golpeara.
Debo confesar que me tenía fascinada: una mujer de su edad, con todo el respeto, Señora Greenich, no puede tener tales reflejos —sentenció Katia en forma soberbia.
—Encima de pelirroja, irreverente —señaló la Señora Greenich con desenfado—. Serías una excelente aprendiz.
—También predijo el clima con exactitud todos los días y se ha anticipado a todas las caídas y resbalones de los marineros —agregó Katia.
—¿Qué les puedo decir? El Capitán Anderson se empeña en poner cera por todos lados —se congració la anciana—. En fin, es imperioso que hablemos. Algo terrible está por suceder. ¿Por qué no bebemos un té y escuchan lo que tengo para decirles?