RETORCIJORGES
Cuando estaba regresando a su camarote, sin ningún tipo de aviso previo, las pupilas de Coraje se dilataron y gotas de sudor comenzaron a salpicar su rostro.
Sintió un dolor agudo recorrer su espalda hasta que el síntoma se develó.
El muchacho se tumbó al suelo doblado en dos.
Sentía que se le salían las tripas y sus músculos abdominales se endurecían. Era su estómago. Estaba por estallar.
Katia estaba saliendo de su camarote cuando lo encontró tirado en el suelo retorciéndose como un gusano.
Con la asistencia de Katia, llegaron a regañadientes hasta la sala de primeros auxilios en el segundo piso del Nautilus.
Coraje se oponía a recibir atención médica y estaba más preocupado por contener el gas en su interior para que Katia no lo escuchara que por sobrevivir.
—¿Quién es? —preguntó una voz aguda al otro lado de la puerta de la enfermería.
—Es una emergencia —respondió Katia.
—¿Alguien muerto? ¿O a punto de morir? —respondió la aguda voz.
—No —replicó la muchacha.
—Entonces no es una emergencia —respondió la voz. Se escucharon cortos pasos acercarse hasta la puerta.
—¿Hay sangre? —preguntó la misma voz.
—No —contestó Katia.
—Bien, adelante. Odio la sangre, los muertos y los moribundos —dijo abriendo el cerrojo. Un hombre de graciosa estatura y guardapolvo blanco los recibió.
—Ya me siento mejor, vamos —sugirió Coraje.
—Luces fatal —contestó el doctor —A ver, abre la boca y di hmmm —dijo inspeccionando la garganta. Luego examinó sus ojos. —Nada bien.
—¿Usted es el doctor que atendió a la Condesa de Lotti? —preguntó Katia—. ¿La que apareció muerta en la cubierta la primera noche? El doctor de baja estatura acomodó sus anteojos y observó a Katia de arriba abajo. —¿Siempre es tan discreta? —se mofó.
—Lo siento —se sonrojó Katia.
—La Condesa de Lotti fue directo a la morgue, no había nada que hacer; pobre chica —sugirió mientras seguía examinando a Coraje.
—Nosotros escuchamos un grito —dijo Katia—. La mujer tenía una mordida en el cuello.
El doctor se puso un poco nervioso —Si fueran ustedes, no repetiría eso, podrían terminar resbalando igual que esa muchacha. No sé con qué lustran esa cubierta. Yo mismo inspeccioné el cadáver, no existió tal mordedura.
—Patrañas —replicó Katia enojada.
—Shhh, bajen la voz, niños —el hombre se sentó en su escritorio sirviéndose un vaso de whisky. —La Condesa fue asesinada.
—Lo sabía —acertó Katia excitada.
—He dicho que bajen la voz, niños —susurró bebiendo un fuerte trago y luego confesó—: es la maldición del Nautilus.
En todos los viajes muere una mujer de la misma manera.
Es una maldición. Tenemos Orden del capitán de dar una versión oficial sobre estas muertes, un tanto diferente de la realidad.
El Capitán Anderson prefiere que nadie sepa la verdad sobre su buque, con tal de mantener a los pasajeros felices y a la Compañía naviera con los bolsillos repletos.
—Les aconsejo que no se entrometan en este asunto.
—¿Por qué el Capitán Anderson encubre los asesinatos? —preguntó Katia indignada.
—¿Tienen idea de cuánto cuesta un buque de estos? El Capitán Anderson es dueño de una parte; miren, Anderson tiene las manos sucias con sangre, encubriendo una y otra vez los crímenes a bordo del Nautilus, para beneficio de la firma mercantil, pero no hay nada que podamos hacer.
—¿Por qué nos cuenta todo esto? —preguntó Coraje desconfiado.
—Porque los niños se creen cualquier patraña —se burló sirviéndose otro whisky. Lo que sí me preocupa, muchachito, es que tienes un severo problema gastroenterológico. ¿Sufres gases?
—No —respondió avergonzado; solo retorcijones.
—¡Retorci-Jorges! —exclamó el médico sonriendo.
—¿Retorci-qué? —preguntó Katia divertida.
—Retorci-Jorges, así los llamamos aquí, en honor a Jorge II, Rey de Inglaterra, quien murió sentado en su retrete, debido a un tremendo retorcijón.
—¿Puedo morir en un retrete? —preguntó Coraje aterrorizado.
—Describa los síntomas.
—Es un dolor cambiante, a veces en la boca del estómago, otras veces abajo e incluso en los riñones, pareciera como si el dolor fuera moviéndose de un lado a otro.
—Será mejor que tu amiga espere afuera —interpuso el doctor —voy a necesitar que te quites la ropa. Katia salió disparada, lo último que quería era ver a Coraje desnudo.
Tras una larga inspección, el doctor, con una sonrisa, explicó: —Bien, pequeño, por suerte has dado con la persona indicada, soy una experta, digo, un experto en remedios caseros.
El médico de baja estatura buscó un banquito de madera sobre el cual pararse para llegar a lo más alto de una repisa.
Comenzó a mezclar botellas de diferentes tamaños y colores, agregando algunos polvos aquí y allá.
Luego vertió todo en un recipiente de vidrio al que le prendió fuego con un calentador, dejando evaporar parte de la sustancia.
Tomó lo que quedó en un recipiente de cristal y lo vertió en un gotero que sacó de su botiquín.
Luego obligó a Coraje a abrir la boca mientras volvía a apoyar el estetoscopio sobre su panza.
Colocó dos diminutas gotas en su garganta y súbitamente los ruidos en los intestinos cesaron. El alivio fue inmediato.
—Eso lo detendrá por un buen tiempo, te aconsejo llevar este gotero contigo a todos lados. Cuando sientas dolor, solo una gota bastará para frenar la molestia. Lo que tienes es severo y no tengo las medicinas correctas ni el tiempo para curarte. Para empezar, en este buque no hay gaviotas.
—¿Gaviotas? —respondió cerrando un ojo.
—Sí, gaviotas, ya lo verás —murmuró amablemente el doctor.
Afuera de la sala de emergencias, Katia esperaba cuando un hombre con una incómoda picazón se acercó. El hombre intentó abrir la puerta, pero Katia lo interceptó.
—Está ocupado.
—Maldición —contestó. Vestía un fino traje azul y corbata ajustada; se movía en forma extraña como si algo le picara en su espalda. La puerta de la enfermería se abrió. Coraje lucía genial, el color había regresado a su rostro y se veía más saludable que nunca.