ASESINATO
EN CUBIERTA
Cuando llegaron a la cubierta, una mujer yacía muerta en el suelo. Su rostro era de horror, estaba como petrificada y tenía una mordedura feroz en el cuello. Dos marineros trataban de animarla, pero no tenía sentido: había fallecido.
El Capitán Richard Anderson, seguido de una decena de marineros, apareció en escena. El capitán vestía un ridículo pijama rojo y llevaba los pelos despeinados bajo su gorra de mando, como si lo acabaran de levantar.
—Ustedes otra vez —dijo—. No es lugar para niños, sáquenlos de aquí —ordenó y agregó—: al cadáver envíenlo a la morgue para que lo revisen y limpien todo antes de que amanezca.
—Capitán —dijo uno de los marineros—, creo que se trata de la Condesa de Lotti; viajaba en el piso de lujo.
—Maldita sea. Esto va a provocarme muchas preguntas al tocar puerto. Realicen una inspección por todos los camarotes, desde la planta baja hasta el piso más alto. Quiero un informe detallado sobre la causa de su muerte y una lista de sospechosos por la mañana.
Estaba por amanecer. Primero fue una pequeña luz naranja que parpadeaba a lo lejos y, en cuestión de minutos, era una bola de fuego enceguecedora que resplandecía en el horizonte.
Un marinero los escoltó hasta sus camarotes. Diciembre aún dormía y la señora Greenich roncaba sin piedad. Se besaron por primera vez. Luego ella se alejó y dijo: —Apuesto que Gigi Summers lo hace mejor.
Coraje le explicó el episodio completo de aquel día, rana incluida. —¿Qué hacías justo ese día en Washington Square? —le preguntó.
Katia pasó su dedo por la mano de Coraje hasta el anillo plateado con las iniciales de Bullie Rocks. Esa noche, antes de acostarse, Coraje se quitó el anillo y lo guardó en su morral.