EL NAUTILUS
Al mediodía, después de haber conducido cuatro horas en La Escafandra, así se llamaba el auto de viaje de los Coraje, llegaron al puerto de Baltimore (Maryland). Samuel Vharis había insistido en tomar el buque desde allí en lugar de Nueva York por motivos que no dieron lugar a discusión.
Para el traslado diurno del vampiro, habían colocado un ataúd sellado lleno de tierra adentro de un tráiler, atado a La Escafandra con enganche tipo tortuga. El tráiler estaba cerrado con candado y cadenas para evitar que nadie entrara ni saliera.
El Nautilus tenía proporciones descomunales, su casco se hundía más de veinte metros bajo el agua y tenía diez pisos de altura. Se rumoreaba en los círculos navales que Sir Thomas Andrews se había inspirado en este modelo cuando había construido el Titanic.
En el piso más alto estaba la cabina del Capitán Richard Anderson, un viejo marinero, acompañado por su tripulación de mayor confianza. En el quinto, el buque contaba con tres restaurantes, un gran salón, dos salas de juego y una terraza para tomar cócteles de la cual Diciembre no dejaba de hablar.
El cuarto era el piso de los camarotes súper lujosos con habitaciones costosas, servicio puerta a puerta a toda hora y muebles de categoría.
En el tercer piso estaban los camarotes ejecutivos donde Diciembre había reservado dos habitaciones.
En el segundo y primer piso estaban los camarotes de clase media; en la planta baja, valga la redundancia, las habitaciones de clase baja, con su propio restaurante para que la gente no se mezclara.
La diferencia de clases era algo con lo que ni Coraje ni quien les cuenta esta historia se sentían cómodos.
Por debajo de la planta baja, el Nautilus contaba con otros cuatro subsuelos, donde estaban toda la maquinaria y los operarios que trabajaban las 24 horas del día para mantener en marcha la brutal embarcación.
En el último, estaba la oscura bodega, donde viajaba el equipaje pesado: automóviles, carrozas, muebles, baúles y animales.
A estos últimos los llevaban por unas rampas hasta la planta baja para que vieran la luz del sol día de por medio.
La clase ejecutiva que Diciembre había contratado ofrecía algunos beneficios, como, por ejemplo, no tener que cargar las maletas.
Un marinero prolijamente uniformado los guio hasta la bóveda repleta de automóviles, donde dejaron el auto y el tráiler con Vharis en su interior.
El vampiro les había encomendado viajar en un tráiler lleno de tierra, traída especialmente desde Egipto.
En uno de los camarotes se ubicaron Coraje y Diciembre. En el otro, la señorita Novik, la cual se mostró aliviada cuando les informaron que compartiría su camarote con otra pasajera. A Katia le aterraba la idea de dormir sola durante las tres semanas que les tomaría cruzar el océano.
Diciembre, agotado tras haber conducido, se recostó a descansar con una bolsa de hielo en la cabeza y un improvisado Martini, mientras que Coraje y Katia se disponían a salir de gira por el Nautilus.
—No se metan en problemas —dijo el mayordomo con los ojos casi cerrados sabiendo que su pedido era imposible.
En la cubierta, la gente se amontonaba para presenciar la partida. Podían apreciarse cientos de luces de colores intermitentes desde las costas de Baltimore. Hacia el otro lado de la cubierta, el desierto Atlántico los separaba de Europa.
Se escuchó una aturdidora bocina que sonó dos veces, señal de que el barco estaba pronto a zarpar.
Se encendieron las calderas a todo motor y un humo blanco comenzó a salir por las altísimas chimeneas que terminaban de darle a la embarcación un parecido a una fábrica de carbón flotante.
Los pasajeros aplaudieron y festejaron levantando las manos en alto.
La población a bordo estaba compuesta en su mayoría por familias que volvían a Europa después de una larga estadía en América; la gran guerra había terminado y muchos regresaban a reencontrarse con los suyos,
aunque no faltaban hombres de negocios y trabajadores que marchaban al viejo continente en busca de hazañas comerciales.
Lentamente el Nautilus comenzó a alejarse y, al cabo de unos minutos solamente se divisaban diminutas luces que parecían luciérnagas volando sobre la costa.
Empezó a refrescar y los pasajeros fueron abandonando la cubierta.
El Nautilus era un barco formidable: tenía una sala de juegos, tres restaurantes y un exclusivo salón, ubicado justo en el centro del barco donde se llevaban a cabo las galas.
El salón principal parecía una mansión, con candelabros de cristal, sillas de bronce y madera tallada. Una orquesta en vivo les dio la recepción.
Entre risas y empujones que anticipaban un beso pasaron por una puerta giratoria y corrieron escaleras abajo para seguir inspeccionando la nave, sin notar un letrero que decía: “Prohibido Pasar”.
Un hombre con una gorra azul, pantalón blanco y un saco cruzado los detuvo: —No se vayan a resbalar, el Nautilus se ha llevado el pescuezo de más de un niño escurridizo. A Katia le pareció que los orificios nasales del extraño se movían en forma curiosa.
—Es área restringida. Solo para personal del barco y ustedes no parecen marineros —les advirtió.
—Lo sentimos —contestó Katia.
El hombre respiró hondo, como saboreando las palabras y el aliento fresco de la muchacha. —Por ser el primer día, voy a perdonarles la vida. Mi nombre es Richard Anderson; soy el capitán del Nautilus, el responsable de llevarlos sanos y a salvo a través de mi océano.
—Timotheo Coraje —contestó el muchacho.
—Coraje… ¿de dónde… me suena…? —preguntó intrigado moviendo su pipa—. Ya lo tengo: James Coraje, infante de marina, año 1888, sin dudas el peor de los alumnos que he tenido, No me digas que eres su hijo.
—Es mi tío.
—Bien, dígale a su tío que el Capitán Anderson no se ha olvidado de él.
—Sí, capitán —respondió Coraje.
—Ahora largo de aquí, esto no es un barco cualquiera, señoritos: es el Nautilus, una ciudad flotante que atraviesa el océano. Hay más de cuatrocientas personas trabajando día y noche para que esta cosa funcione.
—Sí, señor —respondió Katia.
—Y no se involucren con el personal; la mayoría no está aquí por ser un buen ciudadano, ya conocen el dicho: ¡serás lo que debas ser o serás marinero! —dijo orgulloso.
—Señor capitán —lo interrumpió Katia —¿Acaso el Nautilus no es el mismo nombre del submarino en el libro de Julio Verne?
—Escritores, se creen que lo inventan todo. El mío es Nautilus, de antes de que ese holgazán aprendiera a escribir.
—Submarinistas, esos no son marineros: cobardes que se esconden bajo el agua, igual que los escritores, que se esconden detrás de su pluma —se quejó el capitán. De no haber sido crucial para que Coraje continuara su viaje, hubiera borrado las acusaciones del Capitán Anderson de mi ordenador.
—No quise molestarlo —dijo Katia.
—Pero ya lo ha hecho —respondió y dio media vuelta mientras protestaba—: holgazanes, manden a ese tal Verne a trabajar a mi Nautilus, no aguantaría ni un solo día en cubierta.
Cuando regresaron a sus habitaciones del cuarto piso, Diciembre charlaba con la vecina del camarote de al lado. Se trataba de una señora mayor; era regordeta y su sonrisa, generosa. Tomaban té en fina vajilla.
—Señorita Novik, le presento a su compañera de habitación, la encantadora Miss Greenich —anunció Diciembre poniéndose de pie.
—Ay, pero qué preciosura, con esos ojos, querida, podrías ser el centro de atención de cualquier teatro. ¿Sabes bailar o cantar?
—Poco —respondió Katia encogiendo los hombros.
—Miss Greenich es una vieja, digo... una legendaria estrella de teatro —les explicó Diciembre.
—Como pocas veces se ha visto, aunque los años no llegan solos; ya nadie quiere a una anciana en un papel principal, pero jamás aceptaré un rol secundario, no señor, nací estrella y moriré en el espacio —dijo la anciana bebiendo su té.
—Y tú debes ser el guapetón del que tanto me han hablado, añoro la primavera en los jóvenes. Bueno, será mejor que las damas nos retiremos a descansar —dijo con una risita y guardó dentro de un maletín de cuero sus tazas de té de porcelana china.
—El té inglés se toma en todo el mundo, pero solo es inglés cuando se sirve una de estas tazas —sentenció.
El camarote de Katia tenía dos camas, una arriba de la otra, la señora Greenich se acomodó en la de abajo y en pocos minutos ya estaba roncando.
A Katia le generaba algo de claustrofobia tener el techo tan cerca de su nariz, y tardó varios pensamientos en conciliar el sueño.
Se hacía difícil abstraerse con los ronquidos de la Señora Greenich.
A medianoche Katia abrió los ojos harta, el ronquido todavía estaba ahí; no pudo soportarlo más y salió del camarote buscando silencio.
El camarote de los varones era más espacioso y las camas estaban separadas, dispuestas una contra cada pared. Diciembre parecía tener una noche romántica; sonreía dormido mientras balbuceaba piropos en francés.
Coraje, en cambio, no gozaba de su mismo semblante, no lograba conciliar el sueño.
Le ardía la garganta como si un regimiento de caballería galopara por su faringe.
Levantó la vista y sostuvo la respiración.
Coraje vio una enorme babosa pegada en el techo, como si fuera una lombriz gigante, con un solo ojo que lo miraba fijamente.
Se despertó transpirado, solo había sido una pesadilla. Salió de puntillas para no despertar a Diciembre, sin imaginarse que se encontraría a Katia acostada en el pasillo.
—La señorita Greenich ronca más que la Nana Von Montpellier —susurró Katia poniéndose de pie y luego chequeó su aliento disimuladamente. Se escuchó un calamitoso ronquido y ambos se rieron. —Es imposible dormir con esa mujer, lo juro.
—¿Qué hora es? —preguntó Coraje.
—Son las 3:03 —contestó chequeando el reloj que su padre le había obsequiado. Entonces escucharon un grito desgarrador en la cubierta.