El secreto del dragón escondido EL HÁMSTER
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EL HÁMSTER

¿Recuerdan el capítulo en el que Coraje le dijo a Rosie Rocks que tenía un hámster en una caja, pero en realidad había un par de zapatos? Bien, aquí una recompensa para el lector.

Aún no anochecía cuando tocaron timbre en el Gramercy.

Diciembre estaba histérica, digo histérico; el asunto del viaje lo tenía estresado.

Temía que la casa se viniera abajo en su ausencia o que el contador de la familia olvidara pagar alguno de los tantos vencimientos que él solía controlar minuciosamente cada mes.

—Coraje, ¿puedes atender? Debe ser la Nana Von Montpellier —sugirió el mayordomo.

La visita tomó a Coraje por sorpresa; no se trataba de la Nana, sino de Ryan Watson, el jardinero de los Gigantes de Nueva York.

El hombre vestía una camisa de manga corta y un pantalón caqui elegante.

Se lo notaba relajado, a pesar de que su equipo había sido derrotado en las eliminatorias por la serie mundial.

—Le dije que iba a ser imposible detener a los Yankees de Nueva York —bromeó Coraje invitándolo a pasar.

—Solo he venido a devolverlos tal como lo prometí. Ya no voy a necesitarlos; me retiro del juego profesional —dijo entregando el par de zapatos que le había prestado.

—Pensé que jamás los devolvería.

—Un gigante siempre cumple sus promesas.

—¿Quién es? —preguntó Diciembre desde el garaje.

—Nadie —respondió despidiendo a Ryan Watson.

Volvió a sonar el timbre. Esta vez no se trataba de Ryan Watson sino de una hermosa mujer. Coraje la miró de arriba abajo, llevaba los pies descalzos y no tardó en comprender que se trataba de una bruja y que venía a buscar algo que le pertenecía.

—Dorothy Clutter, miembro número 87 del Club de las Cien de Londres y dueña de esos zapatos —se presentó.

Dorothy Clutter había esperado más de veinte veranos para recuperar los zapatos que Sir Benjhamin y su hermano James le habían quitado en una emboscada en las afueras de Londres.

Estaba a solo medio metro de distancia de ellos, pero conservaba la calma de quien sabe esperar. La bruja no podía entrar al Nro. 16 de calle 20 del Gramercy Park; la casa estaba protegida.

—Podemos hacer esto por las buenas —dijo— o por las feas.

Coraje estiró su mano y se los entregó; la wicca no tardó en tomarlos y su rostro se relajó. —Gracias —soltó y luego dijo—: tarde o temprano, el sangre-fría va a traicionarte.