El secreto del dragón escondido SAMUEL VHARIS
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SAMUEL VHARIS

Las semanas que siguieron no fueron las mejores. Coraje sentía un malestar estomacal crónico, y comenzó a perder kilos, a pesar de que su apetito se mantenía intacto.

Producto de las molestias, se la pasó faltando a clases, y estudiando de los apuntes que Katia le traía todos los días.

Aparentemente, Bullie Rocks padecía el mismo mal. Los médicos ignoraban la causa del problema, atribuyéndolo a empacho, virus o traumas de crecimiento.

Inesperadamente, volvieron a tener noticias de Sir Benjhamin, en una medianoche típica en el Gramercy. Coraje se había despertado hambriento pasadas las doce y había bajado a prepararse un sándwich, cuando fue sorprendido por un peculiar intruso.

—Hola, mi nombre es Sam —se escuchó una voz en las penumbras.

Coraje se quedó mirando boquiabierto, jamás había escuchado esa ronca voz. Lo sorprendió volviendo de la cocina, llevaba calzoncillos largos agujereados, el torso desnudo y un emparedado triple en su boca; no esperaba ser interceptado de tan vergonzosa manera.

—Mi nombre es Sam —se presentó otra vez. El hombre estaba sentado plácidamente en el living de la mansión.

Coraje no había oído hablar de nadie llamado Sam en la familia.

Se mantuvo inmóvil, mientras pensaba sus opciones.

La primera era atacar, la segunda correr.

No eligió ninguna de las dos. Estaba oscuro y no llegaba a ver con exactitud quién era el personaje sacado de quién sabe qué libro de aventuras, sentado a sus anchas en el living de su casa.

Si la vista no le fallaba, el hombre aparentaba estar sonriente.

Le pareció que alguien más balbuceaba algo y al achinar la mirada notó que Diciembre estaba tirado en el suelo con las manos y pies atados. Un pedazo de tela tapaba su boca.

—Niños, siempre con apetito, mi nombre es Sam —dijo quejoso, poniéndose de pie con extrema vagancia, como un muerto que se levanta de su tumba después de mil años.

Coraje analizaba inerte, ¿Correr o atacar? Tic, tac, tic, tac. Definitivamente no pensaba abandonar a Diciembre con ese maniático. Tic, tac, tic, tac, seguía buscando una salida en su cabeza.

—Tu esclavo habla demasiado —dijo el intruso y removió el pedazo de tela de la boca de Diciembre, luego le soltó las manos y pies.

—No soy el esclavo de nadie, soy el tutor legal del muchacho, Diciembre Bouquet, canadiense de corazón, pura sangre francesa —protestó indignado.

Coraje cerró los puños y se puso en guardia.

—Tranquilo, corazón valiente, —aclaró el extraño —si hubiera querido lastimarte no seguirías ahí parado con esa cara de tonto.

—¿Ya les mencioné que mi nombre es Sam? —volvió a presentarse por cuarta oportunidad —dicen que hay que repetir un nombre más de tres veces para que los demás lo recuerden, espero a esta altura ya todos sepan que me llamo Sam.