EL DUKE PERRO
Drakar derribó la puerta del Gramercy; cargaba al joven Coraje en brazos. El vikingo estaba ensangrentado. Había tenido que esquivar los puestos militares debido al toque de queda y había recibido un disparo en una pierna.
—Mantas y toallas calientes —ordenó.
Diciembre y Katia se desesperaron al ver la sangre del vikingo sobre la ropa de Coraje. El rostro del muchacho estaba azulado, y su cuerpo mostraba escasos signos vitales. Coraje ya no los escuchaba.
El vikingo lo frotó con las sábanas mientras maldecía en su lengua natal. ¿Cómo iba a explicarle a Sir Benjhamin que su hijo había sido atacado por una nómade, bajo sus propios ojos? Nunca se lo perdonaría. Luego se enjuagó las barbas, y le practicó respiración boca a boca.
Cuando los pulmones de Coraje se llenaron de aire, abrió grandes los ojos y un poco desorientado recobró el conocimiento.
—Maldición —dijo escupiendo los pelos de la barba de Drakar que sabían a mostaza rancia. Coraje intentó levantarse, pero su cuerpo estaba entumecido y se quejó por el dolor. El costado derecho de su rostro presentaba una graciosa parálisis facial.
—Vivirá —sonrió Drakar aliviado.
—Tendré que cambiar la cerradura —se quejó Diciembre al ver que la puerta de entrada estaba rota por el empujón que el bruto vikingo le había dado.
—¿Qué pasó? —preguntó Katia.
—Alguien se nos adelantó a todos; cuando llegamos al Arco de la Rambla, la caja donde Ana había escondido el Diario de Maddam Thenesis, estaba vacía —les explicó Drakar, evitando detenerse en algunos detalles para que Diciembre no se alarmara.
—¿Coraje casi se muere y lo único que conseguimos fue una caja? —se quejó Diciembre abriéndola y a Katia comenzó a picarle la nariz.
—Achís —estornudó.
—Achís —volvió a estornudar—. Lo lamento —se disculpó.
Diciembre la miró extrañado, los cachetes de Katia Novik estaban rojos, y unas ampollas empezaron a brotar en su garganta.
—Achís, achís, achiiiiis —no se detenía. Su mano se hinchó de golpe, mientras su glotis comenzaba a cerrarse.
—Es la caja, huele a perro —exclamó Katia casi afónica.
Drakar la cerró y la metió en su morral otra vez —¿Dónde hay agua? —preguntó.
—Fuente, patio —Coraje señaló con debilidad.
Drakar salió al patio interno del Gramercy, y sumergió su morral junto con la caja en el agua. Poco a poco, Katia volvió a respirar.
—¡Se nos adelantó! El maldito perro se nos adelantó —protestó Drakar entrando a la casa.
—¿Qué perro? ¿De qué está hablando? —preguntó Coraje con la lengua pegada al paladar.
—El Duke Perro —sentenció Drakar —debo irme y reportarlo de inmediato.
—¿A dónde? ¿Quién es el Perro Duke? —Coraje no quería que Drakar se marchara así.
—A Europa.
—Voy contigo —dijo sin titubear.
—Nadie sale de esta casa —gritó el mayordomo.
—Pero… —se quejó Coraje.
—Pero nada; cuando cumpla dieciocho puede largarse, hasta entonces, su padre dejó órdenes expresas de que se quedara aquí.
—Pero podría ayudar.
—Tienes 16 años —lo reprendió Diciembre.
—Lo lamento, hijo —agregó Drakar con una fría palmada y se marchó. Diciembre acompañó al vikingo a la salida, y luego de una breve conversación, lo despidió.
Coraje subió a su habitación indignado, arrastrando una aguda renguera, tenía lágrimas. Katia corrió detrás; unos minutos más tarde, ella volvió a bajar al living; Diciembre, agotado, tenía una bolsa de agua en la cabeza, y jugaba con un amuleto que Drakar les había dejado.
—Está imposible —dijo la muchacha desplomándose en el sillón —su rostro aún está raro, se le pasará, ¿verdad?
—Espero que sí, —respondió el mayordomo. Un par de horas más tarde Diciembre subió las escaleras con un emparedado de los que más le gustaban.
—Permiso —dijo golpeando suavemente. Coraje no le contestó, estaba acostado boca abajo, aunque el emparedado lo había olfateado desde la escalera.
—Le traigo algo para cenar, señor.
—No gracias —contestó; su estómago indicaba lo contrario.
—Bien, lo dejaré por aquí.
—¿Drakar se fue? —preguntó dándose vuelta.
—Sí, se marchó; pero dejó este amuleto, dijo que podría servirle para encontrarlo cuando lo necesitara, —luego de una larga pausa agregó —Sir Benjhamin estaría orgulloso.
—¡Mi padre, mi padre! Siempre hay que adivinar lo que mi padre desea; estoy harto.
El mayordomo calló, esta vez el joven tenía toda la razón.
—Diciembre —dijo antes de que se retirara.
—¿Sí, señor?
—Anoche, en el desfile de brujas, cuando todos corrían en medio del caos, Drakar ayudó a una mujer, estoy seguro de que era mamá.
El mayordomo puso cara de póker, sin más palabras cerró la puerta y respiró resignado.