El secreto del dragón escondido EL PLAN
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EL PLAN

DE DRAKAR

Cuando Coraje regresó al Gramercy, se encontró a Drakar sentado en el living conversando junto a Diciembre y Katia. El vikingo tenía cicatrices recientes y una mano vendada producto del enfrentamiento con las bestias. Diciembre tenía esa cara de desaprobación que Coraje conocía de memoria.

—Señorita Novik, será mejor que nos permita unos minutos a solas —le solicitó el mayordomo.

—Cualquier cosa que tengas para decirme, Katia puede escucharla —interpuso Coraje con tono desafiante.

—Si quieren me retiro —sugirió incómoda.

—Quédese, señorita Novik —dijo Diciembre y agregó —¿Se puede saber dónde estabas?

—Salí temprano a ver al profesor Londres Naranja.

—Anoche fue un horror, el Alcalde decretó toque de queda, no se permite salir ni entrar, ¿qué parte de la palabra “obedecer” no está entendiendo? —lo retó el mayordomo

—Pero…

—Pero nada, además, ¿Qué pretendías anoche cuando perseguías a esas dos bestias? ¿En qué estabas pensando? ¿Te volviste loco? Drakar me lo contó todo. Coraje no pudo evitar hacer una mueca.

—No es gracioso —lo calló Diciembre.

—En eso el mayordomo tiene razón, si bien las dos bestias han muerto, quien las lideraba es realmente una amenaza.

Jamás había visto una wicca nómade cara a cara.

Podría haberme asesinado sin el menor esfuerzo, pero algo me dice que no le gusta matar; por algo transformó a esos dos ineptos para hacer el trabajo que ella podría haber hecho.

—Leímos sobre ellas en la biblioteca del Gramercy —dijo Katia.

—Es extraño, hace siglos que no tenemos señales de las nómades, pensábamos que se habían replegado, al igual que Maddam Thenesis.

Las nómades son las primeras brujas que Maddam Thenesis convirtió; son poderosas y muy indisciplinadas.

Son su primer intento fallido de doblegar al hombre.

Luego Maddam Thenesis se volvió un tanto más política, creando a los Clubes de Brujas, para diseminar por el mundo su poder en forma secreta.

—¿Y qué hace esa cosa acá en Manhattan? —preguntó Diciembre.

—Ha estado cazando brujas del Club de las Cien de Nueva York, pero no a cualquier bruja, solamente aquellas que estaban rastreando el diario que Ana y Hugo escondieron.

La Quimera ha ido atacando a una por una, y algo me dice que el joven Coraje está en la lista de espera si no hacemos algo.

Se trata del Diario de Maddam Thenesis, la nómade lo busca con desesperación, leyó mi mente cuando estábamos abajo en los túneles, mi cuerpo no podía mover un solo músculo, no pude resistirme, ahora sabe que los Coraje esconden el diario.

—Creo saber dónde encontrarlo —soltó Coraje.

—Olvidemos el diario, hay que desaparecer de inmediato —ordenó Diciembre.

—No puedes esconderte de ella —dijo Drakar.

—¡Huir! Eso es lo que haremos —exclamó Diciembre.

—No tiene sentido, iría detrás de nosotros pensando que tenemos el diario.

—Entonces, ¿qué?

—No lo sé, si hubiera querido venir al Gramercy, ya lo habría hecho. Evidentemente, el diario no está escondido en esta casa —afirmó Drakar.

—Yo sé dónde está el diario —dijo una vez más y esta vez Drakar levantó la vista sorprendido.

—Está en Central Park, bajo el Arco de la Rambla. El profesor Londres Naranja me ayudó a descifrar el acertijo, que encontramos en el ataúd de Ana Wilson.

Diciembre lanzó una mirada desconcertada, —¿Abriste el ataúd de tu madre?

—Yo insistí — dijo Katia levantando la mano con timidez.

—Debes llevarme a esa Rambla antes de que oscurezca, la Quimera no suele mostrarse de día —ordenó Drakar.

—No —se opuso Diciembre —además, hay toque de queda.

—Hay una sola forma de llegar al Central Park en un abrir y cerrar de ojos sin que nadie nos descubra —sugirió Drakar.

—Es muy peligroso —se encogió de hombros el mayordomo, —mi deber es velar por el cuidado del niño.

—No soy un niño, … y la carta y el paraguas, si papá no hubiera querido que ayudara, no los habría enviado —Coraje protestó.

—Tu padre es capaz de cualquier cosa con tal de obtener lo que necesita —lo descalificó Diciembre.

—En eso debo admitir que Diciembre tiene la razón —afirmó Drakar, mientras se acomodaba la armadura dispuesto a salir por sus propios medios en busca del diario, —Desde el episodio con tu madre su criterio ha empeorado.

—¿Supongo que no piensan traer ese diario aquí? —preguntó Katia.

—Me llevaré el diario conmigo. La Quimera vendrá detrás de mí, si embarco esta noche le llevaré la delantera, es lo mejor para todos.

—Solo hay que entrar y salir, —insistió Coraje llevando a Drakar hasta la biblioteca donde estaba el paraguas. Inconscientemente pensaba que su padre por fin estaría orgulloso por haber resuelto el enigma del Diario.

—Verschwinden —pronunció dándole la mano a Drakar y ambos desaparecieron. Un segundo más tarde aparecieron en medio del bosque próximo a la rambla en el Central Park, a pesar de ser apenas el mediodía el cielo se cerró entre nubes cargadas de negrura.

—Algo anda mal —dijo el vikingo mirando el cielo.

—¡Drakar! —lo alertó Coraje. Al girar vieron dos mujeres encapuchadas completamente paralizadas detrás de ellos.

—Está aquí, es obra de La Quimera —dijo Drakar —de prisa —indicó y se adentraron en el bosque mientras el cielo se seguía oscureciendo. Tardaron poco en llegar al Arco de la Rambla.

—¿En dónde lo escondería tu abuelo? —se preguntó Drakar mientras tocaba una a una las piedras del arco buscando alguna pista.

Coraje comenzó a sentir que sus piernas pesaban, quiso decir algo, pero su lengua estaba atontada. Su cuerpo se estaba poniendo tieso como una piedra. Sus músculos se tensaron, generando pequeños desgarros en los brazos y muslos. Solamente podía mover los ojos.

Se escucharon pisadas, seguidas de una silueta roja encapuchada debajo de la cual dos ojos amarillos brillaban con maldad.

Una cola de serpiente se asomaba debajo de su túnica.

La criatura pasó cual poste por delante de ellos como si no existieran y comenzó a tocar una a una las piedras del Arco de la Rambla con sus garras peludas.

Se detuvo en una y sin más esfuerzo que una señal con sus manos removió la piedra.

Escondida dentro del Arco, había una pequeña caja metálica.

La Quimera estaba a punto de abrir la caja, cuando algo que salió de la nada la sorprendió.

No hicieron falta presentaciones, las dos se conocían bien.

Se trataba de Hidra de Lerna, otra wicca nómade que también estaba en Nueva York detrás de la misma pista.

Aparentemente, los rumores sobre el diario secreto de Maddam Thenesis ya habían comenzado a generar interés entre sus pares.

Se sentía un clima de hostilidad entre ellas. Ambas se gruñeron. Drakar y Coraje seguían paralizados. En sus largos años de combate, Drakar jamás había visto dos wiccas nómades juntas.

La Quimera sonrió vilmente y abrió la caja, pero estaba vacía. Alguien se les había adelantado a las dos. La Quimera olfateó la caja metálica, luego la arrojó con desprecio al suelo y se esfumó. Hidra de Lerna desapareció detrás de ella.

Lentamente, Drakar comenzó a recuperar la movilidad.

Sin embargo, Coraje permanecía tieso; solamente podía oír y mover las pupilas.

Drakar tomó la caja vacía y la guardó en su morral.

Ya se escuchaban voces y corridas en el bosque: era un grupo de brujas del Club de Nueva York, que también habían seguido la pista de la Quimera.

—Vamos, niño, muévete —rogó Drakar frotándolo con sus manos.

Pero el dolor muscular se tornaba insoportable para Coraje, y su respiración disminuía a cada segundo.

Un frío jamás experimentado recorría cada rincón de su cuerpo.

Drakar colocó su cabeza contra el pecho del muchacho para corroborar que el corazón aún latía.

El vikingo intentó tomar el paraguas de entre sus manos, pero los dedos estaban tan rígidos que no podía separarlos.

Se escuchaban pisadas cada vez más cerca, finalmente, Drakar lo cargó en sus espaldas y se escabulló entre los árboles.