RELATO DE
UNA PERSECUCIÓN
La Señora Bottinghoward entró a su casa ensangrentada, tenía heridas profundas que no sanaban rápidamente como solían curarse siempre sus cicatrices. Se trataba de alguna especie de brujería antigua que contrarrestaba el efecto regenerativo del liquen.
Subió las escaleras hasta su habitación y se metió adentro del ropero.
El armario tenía otra puerta falsa detrás, que daba a una habitación secreta, donde una mujer descansaba.
Era una viejita escuálida; se trataba de la matriarca del Club de las Cien de Nueva York a quien la Señora Bottinghoward protegía con su vida.
—Doris —dijo sin alterar su tono de voz cuando la vio entrar, la mujer sabía que no traía buenas noticias.
—Perdimos a trece hermanas, dos en el desfile y once más en combate cuerpo a cuerpo, es curioso madre, de no haber sido por el pretoriano de la Guardia de Hohenzollern, esas ratas nos hubieran matado a todas.
—Cuéntamelo —dijo la anciana dándole la mano para leer sus recuerdos, con solo tocarla las cicatrices de Doris sanaron. Los ojos de la Señora Bottinghoward se corrieron hacia atrás y su madre, la matriarca del Club de Nueva York, se metió dentro de su mente.
Corrían detrás de las dos bestias por las alcantarillas de Nueva York, Drakar, un soldado de la guardia pretoriana de Hohenzollern proveniente de la Casa de Norte de Europa, iba delante de ellas. Doris, el matarratas y un séquito de 11 brujas más la acompañaban.
El rastro era fácil de seguir porque ambas bestias estaban heridas, una en un ojo y la otra perdía sangre por el abdomen, dejando un surco rojo por las tuberías subterráneas de la ciudad.
De pronto, perdieron el rastro misteriosamente, por sus cálculos debían estar debajo de las alcantarillas del Zoológico de Nueva York en el Upper East, cuando fueron atacadas desde la retaguardia por los dos roedores gigantes.
Las bestias parecían expertas en asesinar brujas, y rápidamente destriparon al grupo de élite que acompañaba a la Señora Bottinghoward.
El matarratas huyó entre las tuberías dejándola a merced de las dos monstruosas bestias.
De no haber sido por Drakar, el pretoriano de la Guardia de Hohenzollern, la hubieran acribillado también.
El gigante de acero las interceptó violentamente y se montó a las dos bestias con su hacha vikinga abriéndole el pecho de par en par a una y cortándole la cabeza a la otra.
Inmediatamente las dos bestias asumieron sus formas humanas, eran los delincuentes Fat George y Ugly Toe, de quienes el matarratas les había advertido.
La señora Bottinghoward estaba confundida ante el enemigo que la había salvado, cuando su cuerpo súbitamente empezó a entumecerse.
Drakar, el soldado pretoriano, también se quedó inmovilizado sin poder mover nada más allá de sus dos ojos.
Entonces, caminando en dos pies con asquerosa elegancia la Quimera se presentó.
Llevaba una túnica roja debajo de la cual podían verse sus pies de cabra y su cola de serpiente.
Su cabeza estaba cubierta por una capucha, solamente podían verse sus ojos amarillos de león.
La cosa pasó por al lado del pretoriano y gruñó.
Luego se acercó a la señora Bottinghoward y susurró unas palabras acariciándole el rostro con sus garras filosas.
La matriarca del Club de las Cien de Nueva York se mordió la lengua, la presencia de la Quimera en la mente de su más preciada súbdita y la hizo volver del trance.
—Está buscando el Diario de Maddam Thenesis, quieren proteger su secreto —dijo la anciana —sabe que lo movieron de lugar y está aquí para encontrarlo.
—¿Qué hacemos? —preguntó Doris preocupada.
—Nada querida, nadie puede interponerse en su camino.
—¿Por qué nos ataca, madre?
—No estoy segura, tal vez fue solo para despistarnos.
—Una bruja no puede atentar contra otra, solo para despistar.
—La Quimera no es una wicca cualquiera, es una nómade, nuestras reglas no aplican con ella, su procedencia es ley superior.
—Debemos vengar a nuestras hermanas —afirmó Doris apretando los puños.
—No —dijo con voz rotunda su madre.
—Pero, madre.
—Pero nada. A propósito, querida, ¿en el acto de apertura del desfile de Halloween, tocaron Madame Butterfly?
—¿Qué importancia tiene eso, madre? —se quejó Doris.
—Es una ópera hermosa.
—Así es —asintió la señora Bottinghoward mordiéndose la lengua; una nómade estaba masacrando al Club de Nueva York, y en lo único que su madre superiora podía pensar, era en títulos de operetas musicales.