El secreto del dragón escondido ANA WILSON
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ANA WILSON

Con la última nota de la Ópera se escuchó una tremenda ovación y dieron comienzo al desfile. Estaban invitados a presenciar el evento desde un privilegiado balcón en la propiedad de la familia South Hampton, sobre la 5ta Avenida desde donde la vista era preferencial.

—Vamos, muchacho lobo —se burló Katia cuando Coraje se detuvo para atarse los cordones —estamos llegando tardísimo —insistió.

—Con estas uñas es más difícil de lo que parece.

El disfraz de Coraje era gracioso, pero elegante. Tenía pelo pegado al rostro y los dedos con largas uñas postizas que le complicaban utilizar las manos. El sastre había sido Diciembre. Katia se agachó para atarle los zapatos, aunque a ella también se le complicaba.

Katia y Sussie habían acordado vestirse de momias egipcias; Diciembre le había conseguido metros de vendas blancas para enroscarse. Estaban a pocas cuadras de la casa de los South Hampton, cuando Coraje se volvió a detener.

—Timotheo Coraje, ¿ahora qué? —suspiró Katia.

—Vuelvo enseguida.

—¿Qué sucede? —preguntó fastidiada.

—Me pareció ver a alguien —contestó achinando los ojos.

Se trataba de Drakar, el amigo de Sir Benjhamin, que atravesaba el desfile.

—¡Lo siento, permiso, cuidado! Coraje no quería perder de vista a Drakar, hasta que su cabeza golpeó con el trasero de la Señora Bottinghoward.

—Perdón.

Ella lo miró con los ojos rojos encolerizados —Maldición, podría haberme roto la cadera, otra vez —se quejó.

—Lo siento —dijo y continuó corriendo.

Coraje logró pasar entre las vallas que separaban a los espectadores del desfile, se mezcló entre las comparsas, tratando de alcanzar a Drakar. Lo llamó gritando por su nombre, pero lo ignoró.

—¿Qué hace aquí? —le preguntó; llevaba puesta su armadura y saludaba a la gente como si fuera parte del desfile.

—¿Lo conozco? —dijo el vikingo haciéndose el tonto.

—Vamos, es usted, estuvo en mi casa tomando vino como un animal, lo he estado buscando, tengo muchas preguntas.

—Generalmente soy yo quien las hace, ¿Encontró el diario?

—No tengo la menor idea de dónde está.

—Debe salir de aquí, la cosa está por ponerse fea —fue lo único que dijo antes de dejar a Coraje atrás.

De pronto, en pleno desfile se escuchó una mujer gritar en forma horrorosa, seguido de apretujones y corridas.

La gente se hizo a un lado dejando un espacio vacío donde yacía una muchacha.

Llevaba túnica negra y un manto de sangre corría por el suelo.

A la mujer le faltaba la cabeza entera, metros más adelante una rata monstruosa que caminaba en dos patas, arrastraba la cabeza salpicando el suelo.

Más atrás se oyó otro grito desgarrador, otro roedor gigante un poco más gordo, estaba devorando el torso de otra mujer. Debido al bullicio del desfile, la gente en las calles aún no se percataba de la situación, sin embargo, la estampida no tardó en aparecer.

La gente corría sin dirección y, en el afán por alejarse, pisoteaba a los que iban cayendo.

Entraron ambulancias, los bomberos y la policía; la escena era pura confusión, los policías no sabían a quién arrestar, todo el mundo llevaba disfraces.

Entre tantas corridas, el escenario montado para la Ópera de Madame Butterfly se desmoronó, y los bomberos tuvieron que prestar toda su atención en rescatar a los músicos que quedaron atrapados.

El detective Clifford Lickenbridge miraba la escena indiferente desde una azotea. Dejó a un lado su cerveza y se puso a disparar dando en el ojo de una de las bestias. Si hubiera estado sobrio posiblemente hubiera errado.

La Señora Y, recientemente llegada a Nueva York, le había insistido al Señor X en que la llevara al desfile de Brujas.

Lo último que la pareja había imaginado era que iban a quedar atrapados entre la multitud.

La ola de gente los fue empujando hacia un callejón.

Cuando una de las dos bestias vio a la Señora Y levantó el hocico y sin dudarlo detectó su cualidad de bruja e inmediatamente arremetió contra ella.

La bestia bramaba espuma por la boca como bicho rabioso. Se detuvo frente a la pareja y los acorraló. Enceguecida de ira, la criatura se abalanzó con sus dientes y garras, dispuesta a asesinar a la Señora Y, cuando fue embestida por una mole de acero. ¡Era Drakar!

La bestia y Drakar se abrazaron en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

Su armadura lo ayudó a soportar las primeras mordidas, finalmente, Drakar logró herir a la feroz criatura con su corta hacha.

La rata huyó corriendo en cuatro patas, dejando un hilo de sangre a su paso.

Drakar se detuvo, miró al Señor X y a la Señora Y con sus ojos tormentosos.

Le hubiera gustado ver a esos dos acribillados, pero Benjhamin hubiera hecho lo mismo por ella.

Coraje miraba la escena sin pestañear, Drakar era una máquina de combate.

De pronto, los ojos de Drakar se atrajeron como un imán con los de la mujer.

La sensación fue similar a la del Titanic al chocar contra el iceberg.

Se le erizó la piel. Las piernas se le aflojaron y su cabeza empezó a dar vueltas.

Al muchacho le faltaba el aire, y creyó que iba a morir aplastado por la sensación.

—¿Mamá? —balbució y le subieron truculentas ganas de vomitar. Si la pérdida de su madre había sido desgarradora, recuperarla así era aún peor.

—Lo siento, muchacho, no tengo hijos, por ahora —le contestó la mujer tomándose el estómago.

Debajo de su disfraz de hombre lobo, debió haber sido difícil reconocerlo, pero él estaba seguro de haberla reconocido a ella, era su madre, Ana Wilson, la misma que diez años atrás había enterrado bajo una falsa lápida.

Inmediatamente después, llegó el séquito de guardaespaldas del Señor X —¿Dónde están cuando los necesito? —reclamó cerrando su mandíbula.

—Casi nos matan —les recriminó la Señora Y.

—Milord, no es seguro, los escoltaremos hasta el puerto —dijo uno de los escoltas.

—¿Y el Doctor Novik? —preguntó El Señor X.

—Todavía no pudimos ubicarlo.

—¿Todo tengo que hacerlo yo? Lleven a mi mujer al barco —ordenó.

El señor X miró a Coraje a los ojos y supo que era el hijo de Ana Wilson. Abrazó a su mujer por la cintura y, dándole la espalda, se alejó.