El secreto del dragón escondido NOCHE DE
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NOCHE DE

brUJAS

La Ciudad estaba revolucionada, afiches anunciaban lo que parecía ser el festival del año, en todos lados se hablaba sobre la Noche de Brujas, el primer Halloween Neoyorquino.

La gente se mostraba entusiasmada; los niños hostigaban a sus padres para que los disfrazaran.

La mayor atracción sería el desfile de carruajes por la 5ta Avenida, con la puesta del sol.

En la calle, cuando no hablaban de Halloween, lo hacían sobre el Alcalde Harper Murray, el nuevo héroe de la ciudad gracias a quien Manhattan era una ciudad libre de ratas.

El Alcalde se había atribuido la huida de las ratas como una estrategia cívico-sanitaria. Pronto la Alcaldía de Nueva York recibiría un premio nacional.

Lejos había quedado el sentimiento de inseguridad que amenazaba a los ciudadanos unas semanas atrás.

El asunto de los misteriosos asesinatos había dejado de aparecer en las primeras planas, de lo único que se hablaba era del fin de la era de las ratas, y del desfile de Halloween.

Solo pequeños recortes al final de las páginas seguían advirtiendo sobre la desaparición de algunas mujeres.

Llegó el gran día. Fue el 31 de octubre.

El sol acariciaba los techos de los edificios, y una suave brisa movía las ropas colgadas en las terrazas.

Hacía décadas que la ciudad no se vestía de fiesta; Halloween tenía a todos los neoyorquinos expectantes, en especial a los niños, que arrastraban a sus padres para que los acompañaran a ver el desfile.

Nadie quería perderse el espectáculo; la gente comenzaba a apiñarse en las veredas de la 5ta avenida por donde pasarían las comparsas con sus carruajes.

Los más osados acompañaban a sus hijos también disfrazados.

Los atuendos más avispados estaban entre los adolescentes, vestidos con forma de esqueletos, hombres lobos, vampiros, momias y muertos vivos.

El disfraz que predominaba entre niñas, madres, y abuelas era obviamente el de bruja, con largos sombreros negros, túnicas oscuras, escobas, zapatos negros en punta, y narices postizas.

Nada más lejos de cómo se ve realmente una bruja.

Los cuentos de hadas nunca las entendieron.

Ada Van Hemstra, alias Audrey Hepburn, jamás actuó en una película de brujas.

La ambientación de la ciudad era espectacular; una perfecta combinación entre fantástica y tenebrosa.

A lo largo de diez cuadras, en la 5ta avenida, habían estado trabajando los decoradores bajo los diseños del excéntrico Goggo Clark.

Habían colgado telas negras entre los edificios en forma de alas de murciélago, que tapaban el cielo, dándole a Manhattan un encanto gótico perverso.

Para el Alcalde Harper, todo marchaba a la perfección, la ciudad estaba libre de ratas, su desfile de Noche de Brujas iba camino al éxito, y por sobre todo, la gente lo amaba.

Estaba en una racha ganadora. Si todo continuaba así, a fin de año se postularía para el Senado Nacional con el apoyo de la Señora Bottinghoward y un séquito de multimillonarios que apoyarían su candidatura.

Pero el Alcalde no era ningún tonto, Nueva York seguía repleta de delincuentes, debía estar doblemente atento para evitar un desastre.

Lo último que quería oír en los diarios era ”Masacre en Halloween”.

Cada oficial del departamento de policía estaba dispuesto en las calles, algunos iban uniformados, otros de incógnito; la seguridad era su prioridad, nada podía salir mal esa noche.

Tenían orden de arrestar a quienquiera que pudiera representar una amenaza.

Todo posible alborotador debía ser reprimido.

El desfile, tal como anunciaban los panfletos y pósteres pegados por toda la ciudad, comenzaría con una ópera en vivo Madame Butterfly que daría inicio con el último rayo de luz; entre la 5ta y la 38.

El sol comenzó a descender detrás del Hudson, la 5ta avenida empezaba a oscurecer bajo los telares instalados entre los edificios.

La gente se agolpaba en las veredas para conseguir un lugar en primera fila.

Las vallas de seguridad eran el único obstáculo entre la multitud y el desfile.

Los espectadores más privilegiados, se reunían en los balcones de los edificios aledaños, desde donde conseguían una imagen más teatral. Los porteros de los edificios más bajos, ofrecían a los niños la posibilidad de subir a sus terrazas, a cambio de alguna moneda.

A las 6:03 el sol desapareció. Se encendieron cientos de antorchas que colgaban de los edificios, provocando un efecto lumínico en dominó, seguido por una ovación y aplausos.

Comenzaron a sonar los tambores, dando golpes ensordecedores, que hacían temblar el suelo asustando a los más pequeños.

Un coro fue subiendo al escenario, seguido de músicos con sus instrumentos.

Los coristas vestían ropas negras y antifaces venecianos, generando un impacto sicodélico.

El último en subir fue el director, llevaba una máscara de emperador romano con forma de mariposa.

La gente comenzaba a excitarse, los hombres subían a los más bajitos en sus hombros para que no se perdieran el espectáculo.

Los tambores redoblaron sus esfuerzos para tocar su gran final y sobrevino un silencio espacial.

Una guapa mujer avanzó hasta el centro del escenario, llevaba alas de mariposa en su espalda, tejidas con alambres coloridos; el público aplaudió con vehemencia y ella comenzó a cantar con voz celestial; sonaron violines, flautas y oboes, dando comienzo al primer acto.

Al terminar la ópera, comenzaría el desfile de carruajes, luego correrían las vallas para que todos los que quisieran pudieran desfilar por la Quinta Avenida con sus familias.

—¡Terrorífico! —dijo un niño a su madre al ver caminar a un anciano con largos pelos blancos y harapos. Llevaba jaulas con ruedas, cubiertas por un telón rojo.

—¿No le parece un poco alevoso, milord, aparecerse así en medio de esta celebración? —dijo la Señora Bottinghoward al ver pasar al matarratas entre medio de la multitud.

—Señora Bottinghoward —la saludó el matarratas.

—No me llame por mi nombre, imbécil.

—Miladi —respondió bajando la cabeza —no esperaba encontrarme con una bruja de verdad —bromeó.

—Cierre la boca, lo hemos estado buscando, ¿Habíamos acordado una emboscada?

—Miladi, la emboscada está por suceder.

—A propósito lo felicito, no ha quedado una sola rata en la ciudad, salvo por esas dos bestias que prometió entregarme, el Alcalde está feliz, van a darnos un premio.

—Es un placer servirla —respondió el matarratas, luego levantando su podrida nariz y abriendo sus horrorosas fosas nasales agregó —están aquí, puedo olerlas.

—Estamos preparadas, la fuerza de Maddam Thenesis está de nuestro lado —sonrió Doris Bottinghoward mientras hacía una señal a otra bruja para que estuviera alerta.