El secreto del dragón escondido EL SEÑOR X
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EL SEÑOR X

LA SEÑORA Y

El Señor X entró al camarote como era su estilo; indetectable. Su mujer estaba tan concentrada escribiendo notas en su cuaderno que tampoco lo oyó entrar. Se detuvo inmóvil para mirarla, encontraba un placer inusual en observarla sin que ella lo notara.

La Señora Y escribía con una mano, con la otra se acariciaba la nuca. Una taza de té humeante, una pluma y un cuaderno eran todo lo que ella necesitaba.

El camarote de lujo estaba finamente decorado con muebles de roble esloveno, herrajes fundidos y objetos de porcelana china, que los ayudantes de la marina venían a reemplazar cada vez que el barco se movía.

Eran doce los jarrones rotos desde que, hacía más de un mes, habían salido del puerto de Oslo-Tromsöe en Noruega.

Si bien la pareja vivía en una fortaleza en Reykjavic, habían estado en la Kristiania, actualmente Oslo, cerrando un importante acuerdo de negocios con el monarca de Noruega.

Descalza, la Señora Y jugaba con los dedos de sus pies.

Lo que hacía con ellos, a él no le dejaba de asombrar.

Movía el dedo gordo en forma circular y luego lo apoyaba sobre el dedo siguiente del pie, haciendo una suerte de nudo marinero.

Hacía tiempo que no la notaba tan animada, tanto de hecho, que en las últimas semanas había dejado de tomar las pastillas para estar contenta, que su médico le recetaba regularmente.

El barco se movió, ella no lo notó, seguía sumergida, nada podía afectarla. Uno de los jarrones se tambaleó y se partió en trizas contra el suelo.

—Van catorce —dijo el Señor X.

Ella seguía nadando en su imaginación, pero ya había notado la presencia de su marido en la habitación, de hecho, ella también disfrutaba la excitante complicidad de saberse observada.

—Contaste mal, van trece, querido, mala suerte.

—Catorce —contestó el Señor X, quien era demasiado supersticioso, empujando otro al piso. Ella lo ignoró y siguió escribiendo.

El Señor X era una eminencia en el mundo de los negocios, se codeaba con la realeza.

No era alguien a quien se pudiera ignorar de la manera que ella lo hacía.

Su padre también lo había ignorado cuando él era joven.

Tal vez ese era el motivo por el cual el Señor X se irritaba tanto cuando ella no le contestaba.

En esos instantes, cuando la Señora Y simplemente lo ignoraba, él sentía arrebatos poco cristianos, como ganas de clavarle un hacha en la cabeza a su esposa.

—¿Qué estás haciendo, querida? —preguntó disimulando su enojo.

—Cuando escribo el mundo se detiene, milord.

—Detener el mundo escribiendo, eso es imposible, las bombas en cambio —se burló el Señor X.

—Si todos nos detuviéramos a leer la misma línea, ¿acaso no habríamos detenido al mundo, milord? —le preguntó su mujer.

—Ni el mejor escritor del mundo podría lograrlo, princesa —a ella le encantaba que él la llamara así, —escribes demasiado, jamás me has dejado leer una línea, qué utilidad tiene escribir para nadie —se quejó el Señor X.

—Cuando escribo dejo de envejecer —contestó ella en forma burlona.

—Esa no es la causa por la que no envejeces, cuando tengas ochenta, parecerás mi hija. ¿No te asusta pensar que algún día ya no estaré para ti, princesa?

—No —dijo y lo besó tiernamente, —¿Cuánto falta?

—Por la madrugada arribaremos a Manhattan —contestó.

El hombre todavía no estaba convencido de si había sido una buena idea traer a su mujer en este viaje de negocios.

La Señora Y estaba encinta de tres meses, sin embargo, había sido imposible resistirse.

Ella estaba decidida a acompañarlo, mejor no oponerse para evitar sospechas.

El Señor X había inventado sin éxito cientos de excusas para evitar viajar a Nueva York.

La idea de que ella pusiera un pie en Manhattan le provocaba escalofríos.

Si alguien llegara a reconocerla, sería un problema.

Las posibilidades de que eso sucediera eran bajas, la Señora Y, estaba cambiada.

No obstante, perder a la Señora Y no era algo que el Señor X pudiera afrontar en este momento de su carrera; ella era la llave de su alianza con los covens de Europa.

La protección que ellas le brindaban lo hacía intocable, pero sin la Señora Y, ese beneficio desaparecería en un abrir y cerrar de ojos.

El Señor X estaba en el negocio armamentístico, su fortuna se duplicaba a diario, estaba creando la fábrica de armas tecnológicas más grande de la historia. Armas que garantizaban guerras, y guerras que garantizaban más armas. La sed de grandeza y el deseo desmedido de poder aclaraban su mente.

—Odiarás Nueva York, máximo exponente de la podredumbre —murmuró.

—¿Cómo podría odiar el lugar donde nos conocimos, milord?— preguntó ella.

Hacía muchos años que la Señora Y no visitaba Nueva York, de hecho, había pasado tanto tiempo que ni ella recordaba cuándo había sido aquella visita. Solamente sabía que allí se había enamorado de su actual esposo, el resto eran recuerdos nublosos.

—Están tan podridos, que ellos mismos han aplicado leyes para prohibir el alcohol, —dijo sirviéndose un vaso de whisky.

—¿Por qué lo sabes todo?

—Porque tú preguntas tanto, princesa —respondió y la besó.

—¿Y cuándo dejaremos estos tontos apodos?, ¿Por qué no pueden llamarnos por nuestros nombres en Norte América? —se quejó arrojando su vaso contra la pared. La Señora Y era bipolar.

—Es por seguridad, princesa.

—¿Cuánto tiempo estaremos? —preguntó bajando un poco los decibeles.

—Menos de una semana.

—Un mes en barco, para una semana en Nueva York; no es justo —se quejó.

—Te lo advertí antes de venir, pero tú tenías que insistir, además, el que sufre de mareos soy yo —le recordó su marido.

—Dime algo bello en japonés —le rogó su mujer.

—Saki-do.

—Me gustaría aprender más idiomas.

—Las mujeres no necesitan saber idiomas —sentenció el Señor X.

—Eres un arrogante —se mofó la Señora Y.

—Latín para dominar a los ancianos, alemán para ordenar a las fieras, inglés para robar a los ricos, mandarín para disfrazarnos de amables, y soviético para pasar el invierno.

—¿Y el español?

—Para la poesía, princesa.

—¿Cuándo me llevarás a bailar otra vez? —preguntó la Señora Y dando un giro.

—Eres pésima bailando —se tentó de la risa su marido.

—Algún día te voy a cortar la lengua —bromeó, pero al Señor X no le causó gracia, a las brujas en general les gustaba cortar lenguas.

—Si es mujer, se llamará Dafne como mi tía, si es varón Timotheo, sueño con ese nombre desde que tengo recuerdos —soltó tocándose la panza.

El Señor X se retorció. Pensó en lo que sería capaz de hacerle su mujer si se enterara de que ella ya tenía un hijo, y que el mismo vivía en Nueva York, la sola idea de que se llegaran a cruzar le generaba estupor.

Golpearon la puerta, el Señor X salió. Un oficial lo saludó haciendo una seña militar.

—Milord, recibimos un cable, el objetivo fue localizado, sin embargo tenemos malas noticias, un oficial soviético lo interceptó antes.

—Puede retirarse —contestó cerrando la puerta. El Señor X se sentó en su escritorio, abrió uno de los cajones con una llave que colgaba de su cuello y sacó un guante con forma de garra de león que acarició pensativo.

Su misión en Nueva York era breve, entrar y salir sin llamar la atención.

Su objetivo era capturar al Doctor Nero Novik, un científico clave para el futuro de su negocio armamentístico.

Sabía que un espía soviético buscaba adelantársele para regresar al Dr. Novik a Moscú.

Lo llamaban Cresta Azul. Era un ex-soldado ruso, rápido y peligroso aunque al lado del Señor X, todos eran lentos como elefantes e inofensivos como cabritos.