El secreto del dragón escondido LOS NOVIK
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Coraje le dio una palmada a Diciembre en la espalda y partió a ver a Katia. Tenía ganas de contarle todo lo que había sucedido el día anterior, los zapatos de Bullie Rocks, la conversación con Ryan Watson. Además, la extrañaba.

Las veladas en la casa de los Novik eran divertidas, el Dr. Novik era un hombre gracioso lleno de inventiva que hacía lo imposible por mantener feliz a su hija.

A pesar de estar limitado por el uso de una silla de ruedas se las ingeniaba para que no se notara.

El Dr. Novik era un científico, trabajaba para el gobierno de los Estados Unidos.

Un hombre de ciencia, exiliado de la vieja Rusia junto con su hija.

Cuando Coraje llegó había dos patrulleros en la entrada.

—Es papá, se lo llevaron —dijo Katia envuelta en llanto —salí a hacer unos mandados y cuando regresé ya no estaba.

Un tercer auto arribó, el detective Lickenbridge bajó de su automóvil, olía a alcohol.

El departamento estaba en perfectas condiciones, no había señales de que alguien hubiera forzado la cerradura, ni signos de violencia.

Solamente faltaban algunos trajes del ropero y sus carpetas de trabajo.

Los peritos comenzaron a registrar la casa, tomando muestras de huellas digitales y evidencias que pudieran ser útiles.

—No será fácil de encuadrarlo como secuestro, no hay señales de violación a la propiedad, ¿Le pareció ver algún comportamiento extraño en su padre? —le preguntó el detective.

—Últimamente estaba un poco nervioso, casi no quería salir de la casa.

—Bien, vamos a darle algo de tiempo al asunto, no sería la primera vez que alguien desaparece unos días. Si no tenemos noticias en las próximas cuarenta y ocho horas, tendremos que comenzar una investigación.

—¿A dónde podría haber ido en una silla de ruedas? Cuarenta y ocho horas es una eternidad, detective —contestó Katia indignada.

—¿Qué tipo de secuestrador se lleva a un rehén y le da tiempo para hacer su valija?

—sugirió el detective Lickenbridge mientras se acomodaba el sombrero y miraba un punto fijo en el suelo.

Se agachó para mirar más de cerca y humedeciendo la yema del dedo índice levantó un pelo.

Le llamó la atención su color; era azul.

—La casa permanecerá clausurada mientras revisemos cada rincón, ¿Tiene dónde hospedarse, jovencita?

—La señorita Novik se hospedará en el Gramercy —afirmó en voz alta.

—Será mejor que prepare sus cosas, esto puede tomar varias semanas.

—Necesito usar el teléfono —dijo Coraje y marcó al Gramercy para poner a Diciembre al tanto de la situación. Unos minutos más tarde el mayordomo pasó a recogerlos.

Diciembre conducía pensativo. Coraje se mantenía en silencio, si había algo en lo que el muchacho era experto, era en sufrir la ausencia de ambos padres; gentilmente tomó la mano de Katia, y ella se recostó en su hombro.

Cuando llegaron, le prepararon una de las habitaciones de huéspedes, y un té caliente al que Diciembre le colocó su toque de ingredientes para el sueño.

Cuando Katia despertó, deseó con su corazón que todo fuera parte de una pesadilla, al abrir sus ojos estaría en su casa junto a su padre.

Contó uno, dos, tres, y abrió los ojos; pero aún estaba en el Gramercy.

Intentó concentrarse en pensamientos positivos, si bien ella no sabía dónde estaba su padre, él, en cambio, sabía su paradero. Seguramente intentaría comunicarse.

Diciembre y Coraje conversaban en el comedor cuando ella se presentó, Boomerang estaba acostado debajo de la mesa, —señorita Novik, su presencia no hace más que iluminar esta casa —exclamó Diciembre para levantarle el ánimo.

—Adulador —contestó haciendo una mueca. Boomerang se acercó y la saludó estirándole su mano.

—Achís —estornudó Katia.

—No se preocupe, señorita —sonrió Diciembre, mañana por la mañana pasarán a buscarlo, el perro se irá a pasar una temporada a la casa de campo en Vermont.

—Estoy apenada, Boomerang, por culpa de mi estúpida alergia te enviarán al campo, no es justo.

—El viaje del perro ya estaba planeado, no se apene; a propósito, un hombre pasó a verla mientras dormía, intenté retenerlo, pero no tenía intenciones de pasar, solo dijo que el Doctor Novik estará bien.

—¿Quién era? —preguntó Katia con los ojos brillosos.

—No se identificó, pero su aspecto era inconfundible, tenía el pelo de color azul.

El resto del día intentaron mantener a Katia entretenida con juegos de cartas, ingenio, y comidas deliciosas, mientras tanto, a no muchos kilómetros, un barco se aproximaba a Manhattan, en él, una hermosa mujer, cuyo verdadero nombre ni ella recordaba, viajaba en un camarote de primera clase.