El secreto del dragón escondido RATAS DE
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RATAS DE

NUEVA YORK

A la mañana siguiente, Coraje se despertó con los escobazos de Diciembre retumbando por toda la casa, el mayordomo daba golpes contra todo lo que encontraba a su paso.

—¡Vamos, arriba! —dijo sacudiendo la puerta de su habitación.

—¿Desde cuándo se encierra con llave? —le cuestionó.

—¡¿Desde cuándo te importa?! —contestó mientras se tapaba la cabeza con la almohada.

—Sería aconsejable que se levantara, necesito ayuda; largo de aquí — gritó, y dio un fuerte escobazo contra el suelo.

—¿Se puede saber qué es tan importante? —contestó —son apenas las siete de la mañana.

—¡No hay tiempo, toma esto, maldita! —se escuchó seguido de otro golpe.

Boomerang también estaba alterado, pedía a ladridos salir de la habitación. Cuando Coraje destrabó el cerrojo el perro comenzó a correr por la mansión en forma disparatada.

—¿Qué pasa? —preguntó semidormido.

—¿Es un mal chiste? —contestó exasperado el mayordomo moviendo la escoba en el aire como si fuera una espada samurái. Coraje todavía tenía los ojos pegados y no se había percatado del desastre.

—Ratas, señor, es una plaga napoleónica.

Coraje se refregó la cara, y cuando volvió a abrir los ojos alcanzó a ver una rata que caminaba por la cornisa de su ropero, y otras dos que se escondían debajo de la cama.

—¿De dónde salieron? —preguntó sonriendo, todo el asunto parecía una gran broma.

—No entiendo qué le causa gracia, jovencito, espero que usted no tenga nada que ver.

—Juro que no —contestó mientras el mayordomo acertaba otro golpe de escoba sobre una laucha.

—Entran por las tuberías; si no las echamos acabarán derrumbando la casa, mastican todo, parecen termitas —explicó, —algo debe andar muy mal allá abajo para que hayan salido todas juntas.

Coraje abrió un cajón para sacar un par de calcetines y se encontró con una rata masticando sus cosas. Boomerang volvió a entrar en la habitación y saltó sobre una rata que logró escapar.

—Ni para cazar ratones nos ha servido este perro —se quejó Diciembre. Coraje terminó de vestirse como pudo, tomó el bate de baseball y el guante de Ryan Watson.

—Cuidado con esa cosa muchachito —le advirtió el mayordomo.

Después de luchar cuerpo a cuerpo durante unas horas contra los roedores, lograron expulsarlos de la casa.

Habían atrapado más de treinta, algunas de ellas todavía se movían dentro de una bolsa arpillera donde Diciembre las había metido.

Agotados se sentaron en silencio en el living para recuperar el aliento, entonces pudieron escuchar que afuera, en la calle, la gente se agrupaba.

Al salir se asombraron. Había decenas de ratas escabulléndose a lo largo de la calle, y los vecinos las corrían con palos y escobas echándolas de sus casas.

Los roedores salían de los agujeros de las alcantarillas y corrían calle abajo.

En un abrir y cerrar de ojos Coraje contó más de doscientas ratas cruzando Gramercy Park.

—Están por todo Manhattan —dijo un vecino que estacionó su auto en la acera, pisando un roedor —salen desde las napas, se dirigen a la costa oeste, parecería como si las ratas estuvieran evacuando la ciudad.

—¿Evacuando? —gritó alterada la señora Foster, una vieja vecina del Gramercy.

—Fuerzas policiales bloquearon el puente de Brooklyn, para evitar que salgan por allí, la policía les dispara balas de sal para no gastar municiones; a las que quedan vivas las atrapan con redes, y jaulas —agregó el hombre mientras bajaba del auto,

—en Jersey las están esperando armados para que no entren a la ciudad; todos los municipios vecinos están en estado de alarma.

—Ratas, crimen organizado, bestias monstruosas que atacan mujeres, estamos condenados, esta ciudad se está hundiendo —insistió la Señora Foster, al borde de un ataque de nervios.

—¿Alguien sabe qué sucedió? —preguntó Diciembre quien empezaba a sospechar si la Señora Foster no tendría razón y toda Nueva York se estaba sumergiendo en su esplendorosa miseria.

—No están seguros —dijo otro vecino, mientras aplastaba una rata con una pala — solo que decidieron salir a pasear todas juntas.

—Espeluznante —suspiró Diciembre.

—¿Qué se supone que debamos hacer? —preguntó la señora Foster.

—Aconsejan no hacer nada, simplemente abrir las puertas de las casas y dejarlas salir, las ratas están huyendo en grupo hacia la costa, intentan salir nadando.

—Detenerlas solo empeora las cosas —dijo otro vecino que se sumó a la conversación.

—Es el fin del mundo —exclamó la Señora Foster, la mujer ya no razonaba, sus piernas se aflojaron y tuvieron que atajarla antes de que cayera desmayada.

Llegaron tres patrulleros con policías uniformados quienes se pusieron a ayudar a los vecinos. Poco a poco las calles del Gramercy fueron volviendo a la normalidad, las ratas se habían ido; y las que quedaban muertas, estaban siendo recolectadas por los servicios de barrido y limpieza.

—Diciembre, ¿me ayudaría a revisar mi casa? Tengo miedo de que quede alguna merodeando. —rogó la Señora Foster.

—Claro, vamos muchacho —dijo con pesadumbre el mayordomo, la Señora Foster podía tenerlos horas y horas revisando su mansión.

—Me encantaría acompañarlos, pero me esperan en casa de los Novik —se excusó con una mueca burlona.