El secreto del dragón escondido EL MATARRATAS
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EL MATARRATAS

En la casa de la Señorita Doris Bottinghoward, alias Sirod, en el alto Manhattan, sonó el timbre por segunda vez en el día.

—¿Qué hace aquí? Teníamos un trato; pase rápido, pueden vernos.

—Bonita casa —presumió el hombre haraposo mostrando sus dientes podridos.

—Le juro por Hécate que tiene cinco minutos antes de que lo degüelle —lo amenazó con los ojos rojos encolerizados.

—Tengo información valiosa, pero solo hablaré si promete que no me regresará al cuadro otra vez.

—Tiene mi palabra —contestó Doris esquivando la mirada.

—Las brujas no tienen palabra. Quiero ver el cuadro para asegurarme.

Doris Bottinghoward llevó al hombre a su despacho y destapó un atril cubierto por una manta —¿Lo ve? Está aquí.

El hombre haraposo se acercó a la pintura que retrataba una habitual imagen del año 1800, un hombre harapiento arrastraba una jaula llena de gatos salvajes, un genuino matarratas, que era contratado por nobles y burgueses para acabar con las pestes roedoras en aquellos tiempos.

—¿Quién está ocupando mi lugar? —preguntó señalando el cuadro.

—Aleje sus grasosos dedos, ¿Tiene idea lo que sale un Rembrandt?

—Pobre diablo —sentenció el matarratas.

—Hable —lo amenazó Doris Bottinghoward mientras pensaba que no quería ensuciar con sangre su alfombra de catálogo.

El matarratas sacó un papel de su bolsillo y le entregó una dirección, —aquí pueden encontrarlos, son dos hombres, uno es gordo y el otro flaco, se esconden en el sudoeste de la isla, parecen dos tipos normales hasta que se convierten… en dos ratas gigantes.

—Las bestias —susurró Doris.

—Los llaman Fat George y Ugly Toe; se transforman de noche, pierden el control por un rato, pero luego parecen dos bichos inteligentes, trabajan en equipo. Algo me dice que saben perfectamente cómo distinguir a una bruja de una mujer común. Si quieren atraparlos deben pillarlos entre varias.

—¿Por qué mejor no caerles de día, cuando están en su forma humana? —preguntó Sirod.

—Porque son intocables, durante el día Fat George y Ugly Toe son protegidos por una Wicca Nómada.

—Es imposible, no ha habido registros de nómadas en más de 500 años.

—Que se maldiga a Voltaire; que se eleve a Torquemada, y que se convierta en nada: razón, luz, ciencia y saber. Que se destruya en su ser, a la humana inteligencia; que caiga el arte, la ciencia; que el genio se enerve y muera, y que sea una Quimera.

—No estoy para adivinanzas y poemas.

—La Quimera, la nómade de las cuatro caras, está aquí, y viene por todo su clan.

—Es imposible —susurró Doris aterrorizada.

—Una limpieza de sangre —dijo el Matarratas pasando su lengua por sus labios con profunda perversión —algo muy malo deben haber hecho para merecer esta desgracia.

Doris Bottinghoward no pudo evitar pensar en Ana Wilson.

¿Tendría algún vínculo con todo esto? ¿Una venganza por haberla desterrado?

Era imposible, eso había sucedido hace más de 10 años.

Enrojecida en cólera, hubiera sido capaz de eliminar a ese malviviente con un chasquido, pero se contuvo acompañándole hasta la entrada.

—Nos contactaremos cuando sea oportuno —dijo Doris y agregó —procure no hablar de este tema con nadie; y termine de una vez su trabajo, si no bajamos el índice de ratas en la ciudad, el Alcalde dejará de hacer sus donaciones.

—Miladi —contestó el matarratas haciendo una reverencia antes de salir.

—¿Quién era? —preguntó una voz decrépita desde la sala de living.

—Nadie, madre —respondió la señorita Bottinghoward.

—Puedo oler el miedo en ti —respondió la anciana.

—No voy a permitir que nadie te haga daño, madre.

—¿Cuál es tu plan? —le preguntó.

—Primero acabaremos con esas dos ratas gigantes, luego iremos tras la Quimera, la atraparemos.

—No seas tonta, ninguna bruja en el Club de Nueva York puede hacerle frente a una nómade, debemos averiguar qué hace aquí, quién la envió y por qué nos ataca. Piensa, Doris; eres buena con la mente.

—Donde no hay señales, es donde hay que mirar, la Quimera puede estar desviando la atención mientras hace otra cosa en Nueva York —respondió Doris.

—Bien pensado muchacha —le contestó la anciana aunque Doris ya era una mujer bien mayor —¿Qué otra cosa hay en Nueva York, aparte de liquen y de nuestro oro, que pueda interesarle a una nómade?

—¡El Diario de Maddam Thenesis!

—Me alegra que aún puedas pensar con la cabeza, querida —dijo la voz al otro lado del armario.

—Las brujas que fueron asesinadas estuvieron relacionadas con la búsqueda del diario, ¿Cómo no lo observé antes? Theresa Sowers, ella creía que el diario estaba en casa de los Coraje y quería convencer a un profesor para que lo obtuviera por ella.

—Debes alertar al Rectorado ahora mismo, no podemos tener más bajas, un aquelarre débil es una invitación al desastre.

—Ana Wilson, ¿Crees que pueda tener algo que ver?

—No querida, esto es mucho más grande que esa pobre wicca.

Doris Bottinghoward abrió la ventana de su habitación. Unas plumas negras y brillantes empezaron a crecer en su cuerpo, en unos segundos aleteaba por la ciudad. Debía alertar al Rectorado del Club de Nueva York sobre la llegada de la Quimera.