El secreto del dragón escondido FRAUDE WATSON
18%

FRAUDE WATSON

Eran seis tipos. Uno tenía el pelo largo y un tatuaje de payaso en su brazo.

El segundo llevaba rapada la cabeza, el tercero era gordo y transpiraba sin parar.

El cuarto tenía una horrible cicatriz en su cara y el quinto era más feo aún, llevaba una gorra, y le faltaba una oreja, en su lugar solo tenía un agujero.

El sexto parecía ser el líder, perfectamente peinado con un jopo húmedo.

—¿Qué miras? —dijo el que le faltaba la oreja al notar que Bullie Rocks no dejaba de observarlo.

—Tal vez podemos cortarle una para reponer la que perdiste —bromeó uno de ellos.

—Demasiado grandes —se rió otro.

—Bien, niñitas —dijo el de pelo más largo que traía el tatuaje —billeteras, monedas, cinturones, zapatos, mochilas y nada de estupideces, si no quieren salir lastimados. Los dos amagaron a correr, pero estaban rodeados.

—Por nada del mundo entregues esa mochila —murmuró Coraje apretando sus puños y bajando la cabeza. La cosa se estaba por poner fea, el más gordo sacó una filosa navaja.

De pronto, llegó un auto a toda velocidad, clavó los frenos, y un hombre bajó del auto. Era Ryan Watson.

—Hey —dijo apagando un cigarrillo sobre el capot de su auto —los estoy buscando hace horas, su madre se pondrá furiosa si no los devuelvo antes de que oscurezca.

—¡Ryan Watson! —exclamó el del tatuaje, conocían al jugador de los Gigantes de Nueva York.

—¿Conoces a estos mocosos? —preguntó uno de los seis.

—Claro, el más flacucho es mi ahijado —dijo pasando la mano sobre el hombro de Coraje —sigue la corriente, muchacho —le susurró.

—No importa si es tu ahijado o el príncipe de Escocia, estábamos por cerrar un negocio —dijo el líder de los seis, quien hasta ahora no había abierto la boca.

Watson sacó de su bolsillo un billete de 50 dólares.

—¿Así está bien, Laurence? —lo llamó por su nombre.

Ryan Watson los conocía del barrio, había tenido algunos cruces con ellos en el pasado.

Laurence se pasó la mano por el jopo, tomó el dinero con una mano y con la otra golpeó a Watson en el estómago.

—Si usaras ese brazo para lanzar, Laurence —se lamentó Watson, sin responder a la agresión; no tenía intenciones de entrar en una pelea.

—Niños, al auto —ordenó y los dos subieron sin emitir sonido, Coraje se sentó adelante, y Bullie detrás. Pasaron varios minutos hasta que Watson abrió la boca.

—¿Por qué me seguían? —preguntó —¿Y cómo consiguieron esos zapatos? —agregó mirando a Bullie Rocks por el espejo retrovisor.

—Theresa Sowers —fue todo lo que Coraje pudo responder.

—En paz descanse, espero me haya perdonado.

—Asesinó a la señorita Sowers y robó sus zapatos —lo acusó manteniendo la calma. Bullie Rocks estaba listo para lanzarse sobre él.

Watson lanzó una carcajada —tienen razón sobre los zapatos, aunque fue ella quien me los prestó, estaba pasando una mala racha. Luego se postergó la devolución, es difícil bajarse de la fama, gracias a estos zapatos volví a tener una oportunidad en el baseball, pero no soy un asesino.

—La asesinó para evitar el fiasco —lo incriminó Bullie Rocks.

—Imposible, ella jamás me hubiera delatado.

—¿Entonces, qué hacía anoche en su departamento?

—¿Y cuántos años dicen que tienen mocosos? —se volvió a reír —estaba buscando otro par de zapatos; desde que Theresa murió, estos están fallando. ¿Cuánto quieren? —dijo abriendo la billetera.

—No están en venta —replicó Coraje.

Estaban llegando a Manhattan, cuando Ryan Watson detuvo el automóvil, debajo del asiento sacó torpemente un revólver.

—Lo voy a preguntar una vez —dijo quitando el seguro del arma.

Una bala se disparó accidentalmente agujereando el techo —¿A quién engaño?

No puedo matar ni una hormiga, vamos, fuera de mi auto, largo.

Watson prendió un cigarrillo y se recostó en el asiento.

Luego bebió un trago de whisky de una petaca.

Su hombro estaba hecho pedazos. Necesitaba hielo.

—Dáselos, Bullie —ordenó Coraje.

—No esperen que se los devuelva hasta que termine la temporada —aseguró Ryan Watson estudiando los zapatos, luego abrió su bolso y les regaló un guante de baseball —consérvenlo como garantía —dijo y arrancó su auto echando polvo.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó Bullie Rocks.

—Es un fraude, pero tiene buen corazón.