PROSPECT PARK
Una tímida multitud miraba desde las gradas que se habían instalado provisoriamente para que la gente pudiera observar el entrenamiento de los Gigantes en Prospect Park.
Los Gigantes de Nueva York tomaban su trabajo en serio; hacía pocos días que habían vencido a los Yankees de Babe Ruth, y a pesar del éxito, entrenaban duro. Uno de los bateadores dio un tremendo hit, que Ryan Watson interceptó dando un increíble salto.
—Bien hecho, Watson —lo felicitó el entrenador.
Cuando Coraje intentó detener a Bullie Rocks, ya era demasiado tarde. Había entrado al campo de juego y se dirigía directo al entrenador, llevaba puestos los zapatos.
—¿Qué edad tienes, hijo?
—Dieciocho —mintió.
—Una bola —dijo el entrenador dándole un guante.
Ryan Watson estaba por retirarse, pero se sentó en las gradas a observar al intrépido niño. El pitcher lanzó la bola. Luigi Costa conectó un batazo que fue a parar al pecho de Bullie Rocks, sin darle tiempo a reaccionar. El niño cayó al suelo y escupió sangre.
—Una más —rogó Bullie.
El pitcher volvió a lanzar y Luigi Costa volvió a batear otro tremendo hit, la pelota estaba comenzando a elevarse por encima de la cabeza de Bullie cuando este dio un espectacular salto elevándose casi un metro del suelo y la atrapó con un chasquido.
El entrenador le colocó una tarjeta en su bolsillo, —ven a verme con una autorización de tus padres —fin de la práctica.
Ryan Watson se despidió de sus compañeros, y tras firmar algunos autógrafos, se alejó caminando al estacionamiento.
—Señor Watson —se acercaron; el auto ya estaba en marcha—. ¿Podría darnos su autógrafo? —le preguntaron, pero Watson aceleró bruscamente.
—Taxi —exclamó Coraje sacudiendo la mano, —siga a ese automóvil. Persiguieron a Watson hasta el centro de Brooklyn hasta que el taxi quedó embotellado; pagaron y continuaron la búsqueda a pie.
—Allá —exclamó Bullie Rocks divisando el auto dos cuadras más abajo.
Coraje se lanzó a la carrera, Bullie Rocks a la par.
Watson conducía despacio, fumaba y echaba el humo por la ventanilla, no tardó en detectar a dos muchachos corriendo detrás de su automóvil.
¡Lo habían descubierto! Aceleró barranca abajo.
Coraje se fue rezagando, en cambio Bullie comenzó a dar zancadas cada vez más largas, con sus zapatos.
Al final de la barranca había un cruce de vías y el tren se aproximaba. El maquinista sonó la bocina para alertar a Watson, que continuó acelerando. El automóvil cruzó un segundo antes de que la locomotora lo estrellara. Bullie Rocks venía descontrolado, frenar no era una posibilidad.
Limpió el sudor de su frente buscando un punto de apoyo; aceleró el paso y haciendo una maniobra que ni él pudo comprender, puso su pie izquierdo sobre un enorme bote de basura y brincó lo más alto que pudo.
El salto de Bullie fue claro, alto y elegante; saltó sobre el techo del tren agazapado; apoyó un pie y la rodilla para amortiguar, y volvió a brincar desde el techo del tren al otro lado de la vía.
Cuando aterrizó se detuvo para mirar hacia atrás, tratando de entender lo que había sucedido, acababa de saltar por encima de un tren en marcha.
Pudo ver que el auto verde se alejaba doblando por la esquina, mas no sintió fuerzas para perseguirlo, sus piernas temblaban y tuvo que sentarse en el cordón de la vereda para calmarse.
Coraje esperó a que la barrera se levantara para alcanzarlo.
—Eso fue la cosa más increíble que vi en mi vida —exclamó —vas a tener que devolverme esos zapatos, me estoy perdiendo toda la diversión. Bullie Rocks se sacó los zapatos y los guardó en su mochila.
—Será mejor que regresemos antes de que mi tía Rosie me dé un sermón.
—¿Dónde estamos? —preguntó Coraje viendo que se trataba de una zona un tanto deshabitada.
—Pero ¿qué tenemos aquí? Dos neoyorquinas —dijo una voz burlona desde atrás. Al darse vuelta vieron que eran seis.