LA ESTRIGE
VENENOSA
Caminaron hasta la Estación Central y tomaron el tren a Prospect Park, donde los Gigantes de Nueva York estaban realizando una práctica a puertas abiertas. El plan de Coraje era confrontar a Ryan Watson.
Faltaba poco para llegar a Brooklyn; el vagón se encontraba prácticamente vacío, solamente una mujer mayor sentada un par de asientos detrás.
—¿Cómo vamos a acercarnos? —preguntó Bullie.
—No lo sé.
—Al menos conseguiremos algún autógrafo —protestó Bullie Rocks.
—Es una gran idea —sonrió, y Bullie se sorprendió, sus ideas solían ser rechazadas a menudo.
De pronto, algo extraño le sucedió a Bullie Rocks, una especie de visión.
Le pareció ver una figura borrosa, era una especie de reflejo en el aire.
Según le explicó más tarde, se trataba de una versión desmejorada de Coraje, estaba más flaco, ojeroso e incluso un poco más alto.
Llevaba un extraño paraguas consigo, y tenía aspecto de preocupado.
El reflejo de Coraje se le acercó y le dio un abrazo como si fuera el último en su vida.
Luego Bullie Rocks pestañeó y volvió a enfocar.
—¿Estás bien? Parece como si hubieras visto un fantasma —le preguntó Coraje.
—Sí. Solo que me pareció verte dos veces. Parecías desesperado —dijo y describió lo que había visto.
—Tal vez necesites anteojos.
—Antes muerto —se rió Bullie Rocks.
La mujer que estaba en el vagón había avanzado lentamente de asiento en asiento hasta sentarse justo detrás de ellos. Era una anciana, tejía sin parar. Coraje giró la cabeza, parecía inofensiva.
—A las viejecillas no nos gusta viajar solas —susurró la anciana.
—¿Desean unas galletas de chocolate? —les ofreció amablemente.
—Claro —aceptó Bullie sin dudarlo y se metió dos en la boca.
—¿Y tú, no pruebas una? —preguntó la mujer mirándolo fijo. Coraje notó un destello rojo en sus ojos que le generó desconfianza, como si pudiera presentir la desgracia. Tomó una por educación. Estaba sabrosa.
—Huele a Dorothy —dijo la anciana señalando la caja.
—No sé quién es Dorothy —respondió Coraje—, es un hámster.
—Me recuerdas a alguien —agregó la anciana, —una mujer que una vez conocí, tenía los mismos ojos.
—Si se refiere a mi madre, dudo que la haya conocido, murió en un accidente varios años atrás —le explicó.
—La mía también, —agregó Bullie Rocks con la boca llena de migas, —ahora vivo con mi tía, está ciega como una tapia pobrecita, pero su olfato es único.
—¿Rosie Rocks? —sugirió la anciana con cara de horror.
—Sí. ¿La conoce? —preguntó Bullie Rocks.
—Aquí es mi parada —dijo y caminando muy lento bajó en la siguiente estación. Sin saberlo, la estrige había envenenado también al sobrino de Rosie Rocks, una respetada wicca del Club de las 100 de Nueva York.