LA LIBRETA AMARILLA
—¿A dónde va tan de prisa? —lo detuvo Diciembre, —¿Pero, qué le pasó en la cara? —le preguntó. Coraje no se molestó en explicarlo, se metió una tostada entera en la boca y salió hecho una saeta de la mansión en el Gramercy.
Tomó el primer tranvía y luego el Ferry hasta Williamsburg donde vivía el profesor Londres Naranja. Subió por las escaleras hasta la puerta Número 11. Golpeó.
—Está abierto —se escuchó. El Profesor estaba preparando un desayuno que olía a buenas noticias.
—Vaya forma de entrar y salir —exclamó Londres Naranja—. ¿Esta vez no trajo el paraguas?
—Lo siento —se disculpó.
—Disculpas aceptadas, aunque creo que en parte me ha hecho un favor —dijo mostrándole la libreta amarilla con una sonrisa.
—He leído la libreta de punta a punta; la profesora Sowers llevaba una doble vida, ¿Café?
—¿Puedo verla? —le preguntó.
—Antes me debe una explicación.
—¿Versión larga o corta? —respondió Coraje.
—Tengo toda la mañana.
Coraje le contó la verdad. La falsa muerte de su madre y la extraña capacidad del paraguas de llevarlo a donde quisiera, siempre y cuando conociera el destino.
También le contó sobre los libros en la biblioteca del Gramercy, que describían a los covens y su forma de organizarse.
El profesor estaba absorto. En su estudiosa vida, jamás había escuchado algo así. Estaba por reventar.
—Me llamó la atención que su nombre apareciera en el cuaderno de la señorita Sowers —señaló el profesor abriéndolo—. Parece que también lo estaba espiando a usted: Timotheo Coraje, calle 16, número 20, Gramercy Park, mayordomo desconfiado, casa protegida imposible acceder salvo en forma de cuervo.
—Era una espía —soltó Coraje.
—Siempre sospeché que no era una maestra de música ordinaria, pero jamás pensé que viviera del espionaje.
—Profesor, ¿Quién estaba en el departamento de la señorita Sowers anoche?
—No lo sé, un ladrón supongo, no pude ver bien su cara, aunque su rostro me resultó familiar. El muy pillo huyó dando un fenomenal salto por la ventana, solo una persona muy atlética podría saltar desde un primer piso y salir ilesa.
—¿Cree que sea el asesino?
—No lo sé, un departamento vacío es una invitación para cualquier malandra. El profesor abrió una página del cuaderno amarillo al azar, había nombres tachados, decenas de direcciones, mapas, claves, números, fechas de entrega.
A Coraje le llamó la atención un listado de nombres, con una anotación a su lado.
No confiar. No mirar a los ojos. Correr si la cruzas.
Ladrona. Asesina. Trepadora. Mentirosa. Hueca.
Muy astuta. Nunca darle la espalda. También había recortes de diarios de otras mujeres que habían desaparecido recientemente.
En sus anotaciones el nombre de Maddam Thenesis y el Secreto del Dragón Escondido volvían una y otra vez, la mujer estaba obsesionada.
Se sorprendieron al ver una fotografía de la Profesora Sowers cuarenta años atrás, estaba idéntica, como si el paso de los años no la hubiera afectado.
—Era una bruja —afirmó Coraje.
—Una muy adorable —contestó el Profesor.
—No lo está entendiendo, ella era una bruja —insistió.
—¿Qué importancia tiene? Está muerta.
El profesor no comprendía lo que Coraje estaba viendo; el cuaderno amarillo estaba lleno de pistas, el muchacho las veía cada vez más claras.
La profesora Sowers era una vigía del Club de las Cien de Nueva York.
Su trabajo como profesora de música era solo una fachada.
Coraje comprendió por qué ella siempre llegaba tan cansada a clase; era falta de sueño.
—Profesor, ¿Alguna vez Theresa mencionó algo sobre ser miembro de un Club?
—Jamás.
—¿No le llama la atención lo joven que se mantenía?
—Ahora que lo menciona.
Desde que Coraje había recibido el paraguas, había estado investigando libros en la biblioteca del Gramercy, con la ayuda de Katia, obviamente, porque a Coraje le costaba leer de corrido.
Hasta donde habían llegado, las brujas bebían un líquido conocido con el nombre de Liquen para mantenerse más jóvenes.
—Profesor, —dijo el muchacho poniéndose de pie y colocando una mano en su espalda, —su novia era una bruja.
—Me cuesta creerlo, pero el argumento explica muchas cosas —respondió Londres Naranja recordando algunos momentos no aptos para todo público.
—Ryan Watson —murmuró el Profesor.
—¿Quién? —preguntó Coraje.
—El que estaba ayer en su apartamento —dijo el profesor apretando sus dientes.
—¿El jardinero de los gigantes de Nueva York? —preguntó Coraje.
—El mismo. Antes de conocerme, Theresa mantuvo un romance con ese tal Watson, cada tanto el idiota se embriagaba y se presentaba en su apartamento hablando pavadas sobre unos zapatos. Nunca le di demasiada importancia; anoche, cuando lo vi, supe que había sido él.