THERESA SOWERS
El reloj en la pared dio las once en punto.
Coraje estaba decidido, Londres Naranja era la llave.
Bajó las escaleras con un candelabro en una mano, y un par de zapatos para evitar hacer ruido en la otra.
Pasó por la alcoba de Diciembre para asegurarse de que estuviera dormido, abrió la puerta unos centímetros para espiar. Roncaba con dignidad.
Cruzó el living y caminó hasta la biblioteca donde estaba el paraguas de su padre.
Visualizó el departamento del profesor Londres Naranja, había estado allí el semestre anterior tomando clases de apoyo de literatura.
Coraje imaginó el número 11 en la puerta de entrada del apartamento, la mesa de comedor redonda, el sofá de una plaza gastado, la alfombra de arabescos, y su colección de libros en el living.
—Verschwinden —pronunció en voz baja y desapareció.
—¿Quién anda ahí? —gritó el Profesor, dándole un sartenazo en la cara.
—Coraje —contestó el muchacho agarrándose la nariz.
—Va a matarme del susto, ¿Pero qué hora es? —preguntó. Luego trajo un poco de hielo para contener el hematoma. El rostro de Coraje se había inflamado en forma desproporcionada.
—Será mejor que se vista, profesor.
Londres Naranja llevaba calzoncillos largos y una camiseta rota, sus pocos pelos volaban hacia arriba desafiando la gravedad.
Creo que estuvo a punto de echarlo a patadas, pero el sartenazo le daba algo de culpa —tardaré un minuto, más vale que tenga una buena excusa.
Unos minutos más tarde volvió alguien bastante más parecido al Profesor, pantalones pinzados, camisa, chaleco y sus anteojos de botella.
—Me pregunto: ¿qué es tan importante que no podía esperar al lunes? ¿Acaso llueve? —agregó al ver el paraguas.
—No hay tiempo, solo deme su mano, será rápido, piense en el departamento de Theresa Sowers.
—Está loco —se quejó el profesor tratando de zafar su mano, —no quiero pensar en su departamento, ni en ella, qué clase de broma…
—Verschwinden —dijo el muchacho quien lo tenía todo planeado y ambos desaparecieron.
El apartamento de Theresa era pequeño, estaba ubicado en los suburbios de Brooklyn y olía a encierro. Se escuchaban las voces de los departamentos vecinos a través de las paredes.
—Tiene que haber alguna pista —dijo el muchacho, sin percatarse que el profesor todavía le sostenía la mano con fiereza mientras leía en la pared el nombre de Maddam Thenesis, escrito con sangre.
—Una libreta amarilla, Theresa anotaba todo allí, jamás me dejaba leerla —le indicó en estado de shock.
—Alto —lo detuvo el profesor, —lo haré yo, después de todo, mis huellas están por todos lados; y luego me vas a explicar cómo diablos llegamos hasta aquí. De pronto, se escuchó un ruido en la alcoba; no estaban solos.
—Salgamos de aquí —dijo apretándole la mano, pero el profesor la soltó un instante antes, cuando vio la libreta amarilla debajo del sofá.
—Verschwinden —dijo Coraje y desapareció, dejando al profesor Londres Naranja en el departamento de Theresa Sowers.
Unos instantes más tarde, Coraje apareció en la casa del Gramercy Park, más precisamente en la sala de la biblioteca de su padre.
Acomodó silenciosamente el paraguas en el atril y corroboró que Diciembre aún roncaba con dignidad.
Regresó sin hacer ruido hasta su cuarto, donde en vano intentó dormir, girando sobre la almohada lleno de culpa.
Había abandonado al profesor Londres Naranja en el departamento de la Señorita Sowers. Era imposible volver a rescatarlo, no recordaba las calles, ni la puerta, toda esa información estaba en la cabeza del profesor. Había cometido un grave error.