PROFANADORES
A pesar de la expresa negativa de Diciembre, Coraje decidió que Katia tenía que saberlo.
La citó en Gramercy y luego de conversar un buen rato le enseñó el paraguas y sus capacidades.
Una parte de Coraje lo hacía para impresionarla, el paraguas era una oportunidad para volver a acercarse.
Además necesitaba compartir este secreto con alguien que no fuera su viejo mayordomo o este entrometido narrador.
La historia sobre el falso entierro de su madre la conmovió. Ella también había perdido a su madre antes de migrar desde Rusia a Nueva York junto a su padre, un reconocido científico experto en biomecánica.
Katia conectó con la teoría de las brujas más rápido de lo que Coraje imaginó.
A partir de ese momento la biblioteca de Sir Benjhamin pasó a ser su lugar favorito en Manhattan.
Entre los cientos de libros detectó algunos que hacían referencias a los tratados de brujas, y a las particularidades de su forma de relacionarse.
El liquen, una sustancia difícil de conseguir, las mantenía bellas, jóvenes y con la fuerza de hasta 10 hombres.
Lejos estaban de asemejarse a las brujas de los cuentos clásicos, no llevaban sombreros, ni zapatos estirados, mucho menos narices horrorosas.
Solamente eran congregaciones de mujeres con un solo objetivo, cuidarse de los hombres.
Sus clanes de nunca más de 100 mujeres tenían roles y jerarquías, cazadoras, corredoras, espías, misivas, herbolarias, venenosas, así como también roles de dirección, rectorado, y hasta consejos de economía y guerra.
La líder operativa de cada Club era la Secretaria General aunque la líder suprema, la matriarca, era siempre la wicca más antigua.
Cuanto mayor su antigüedad, más poderoso el coven.
Katia disfrutaba de la lectura, pero más de las largas charlas con Coraje en la biblioteca del Gramercy, hasta que venía la imagen de Gigi Summers; esa era la alerta para retirarse del juego.
Fue Katia la que insistió para que el lunes, después de clases, Coraje, Bullie Rocks y ella, tomaran un autobús con destino al Bronx.
El hombre de seguridad los saludó. Había visto a Coraje unas semanas atrás cuando llevaron flores junto a Diciembre a la cripta de Ana Wilson.
Esta vez, Coraje llevaba la llave del candado, la había tomado sin que el mayordomo lo notara.
Cuando Coraje visitaba a su madre solía dejar las flores en la entrada, pero jamás ingresaba en la bóveda. La idea de un cajón y un cuerpo petrificado lo mantenía a raya. Las cadenas del candado hicieron un pesado ruido golpeando contra el suelo. Técnicamente, estaban por profanar una tumba.
El lugar estaba húmedo, bajaron por una escalera espiralada estrecha hasta la cripta. Encendieron las velas para poder ver mejor. El lugar era bastante grande, y había un solo cajón en una suerte de altar. La placa sobre el cajón de madera decía Ana Wilson, amada esposa y madre.
—Hay que abrirlo —afirmó Bullie Rocks.
—¿Y si está allí? —los interrumpió Katia.
La tapa estaba sellada, pero Coraje ya lo había previsto.
Apoyó su mochila en el suelo, dejando escuchar el ruido de la llave gancho que había metido dentro.
Colocaron la llave en la ranura de la tapa y haciendo palanca junto a Bullie Rocks liberaron las dos tapas.
La primera de madera, la segunda de acrílico, para mantener sellado el olor de los muertos.
La suave tela blanca de terciopelo fue lo único que encontraron, efectivamente su madre no estaba allí. Estaban por cerrar el cajón cuando Bullie Rocks encontró una pequeña nota dentro del ataúd.
Si el diario de Maddam Thenesis deseas hallar,
al campo de batalla debes caminar.
Donde guardan los Lenapes su corazón ancestral
y el fin de las flores anuncia su final.
Allí solo florece el violeta amarillo otoñal.
Mas avanza con sigilo al acercarte al portal:
fuerzas oscuras la entrada del bosque han de velar,
para que el secreto del Dragón jamás se logre revelar.