VISITAS INESPERADAS
Algunas personas son gratamente invitadas y otras simplemente pasan sin que las llamen.
La puerta de entrada en el número 16 de la calle 20, en el exclusivo barrio del Gramercy Park, se abrió violentamente.
La sombra de una bestia de dos metros de altura se asomó, y a Diciembre se le detuvo el corazón.
El mayordomo había leído la noticia en los diarios, la prensa sensacionalista no dejaba de publicar notas sobre una bestia peluda, una suerte de roedor gigante que caminaba en dos patas y que atacaba gente inocente al azar.
Diciembre creía que tenía algo que ver con brujería, pero estaba un poco perdido, ya que las víctimas habían sido hasta ahora solamente mujeres. Boomerang, el perro que estaba debajo de la mesa, encogió las orejas y se ocultó temblando entre las piernas de Coraje.
Coraje tenía una extraña manera de reaccionar al peligro, como si su cerebro inhibiera la facultad de sentir miedo, para concentrarse únicamente en enfrentar la adversidad.
Si había que saltar, saltaba, si había que pelear, peleaba, si había que poner el cuerpo, iba primero.
En sus venas corría sangre de un tal Capitán Alatriste.
El muchacho sacó una espada de la pared y se puso en guardia.
Diciembre, más práctico y menos épico, sacó un revólver del bargueño y disparó sin mirar. La bala pegó en el pecho del intruso y rebotó haciendo un ruido a hojalata. La bestia dio un paso al frente, y la casa tembló, la luz de la ventana iluminó su rostro.
—¿Usted? —le reprochó Diciembre.
—Esperaba un mejor recibimiento —contestó Drakar. Llevaba una armadura de acero sobre su pecho y protectores metálicos en codos y rodillas. Sobre su cabeza usaba un casco vikingo con forma de búfalo.
—¿Qué hace aquí? —preguntó el mayordomo.
—Vino rojo por favor, afloja la lengua; algo para comer no estaría mal —agregó el bárbaro sentándose a sus anchas en la mesa.
—A pesar del calor, la comida norteamericana es excelente —festejó mientras se limpiaba la tupida barba.
—Estamos en invierno —afirmó Diciembre.
—Siempre tengo calor.
—¿Perdón? —los interrumpió el joven Coraje bajando la espada y esperando una explicación.
—Lo siento, Drakar, Coraje, Coraje, Drakar —los presentó el mayordomo.
—Hola —sonrió el joven.
—Drakar es amigo de tu padre, y también lo era de tu abuelo, es experto en…
—Brujas, tu padre se enamora de ellas; yo, en cambio, las mato.
—¿Qué hace aquí? No me diga que vino a buscar al muchacho para llevarlo a Hohenzollern porque no voy a permitir que viaje con un borracho. Además, falta un mes para que terminen las clases. El vikingo negó con la cabeza, mientras el vino se le derramaba por la barba.
—Entonces, ¿qué hace aquí?
—No puedo decirlo, es secreto.
—¿Tiene que ver con el Diario de Maddam Thenesis? —adivinó Coraje.
—No, —contestó rascándose la nariz.
—Entonces, ¿qué hace aquí? —se quejó Diciembre.
—Acaso esta no es la casa de mi buen amigo Sir Benjhamin, a propósito, tu padre sí que se pasó de la raya esta vez; presentarse en el Consejo de Wilspurg fue la estupidez más grande que hizo con el paraguas hasta ahora. Tiene suerte de seguir con vida.
—¿Qué es Wilspurg? ¿Qué hacía mi papá allá?
—Una pregunta a la vez —advirtió Drakar mientras devoraba como troglodita —es una reunión, se celebra una vez cada diez años en Wilspurg, Bélgica, asisten wiccas de todas partes del mundo, presentarse allí de imprevisto fue imprudente y pudo haberle costado la vida.
—¿Wiccas? —preguntó sin entender de qué hablaban.
—Brujas de las feas —afirmó el Vikingo.
—¿Nos va a contar a qué debemos su adorable visita? —preguntó Diciembre, poco a gusto con su presencia.
—Ya les dije que es un secreto, solo puedo contarles que han muerto cuatro brujas en Nueva York en el último mes, algún tipo de bestia las está cazando, y no somos nosotros. Estoy aquí para investigar. Algo huele feo en la isla.
—En esta casa, ¿qué hace aquí en esta casa? —le reprochó el mayordomo.
—Buscaba un trago, —dijo con la lengua pastosa —Oigan, ¿cómo es eso de que está prohibido el alcohol en todo Nueva York? —agregó tambaleándose medio borracho, mientras se acercaba hasta la puerta.
—La ley seca —aclaró Diciembre.
—Pues apesta —se quejó Drakar.